Páginas de Filosofía, Año XX, Nº 23 (enero-diciembre 2019), 92-115
Departamento de Filosofía, Universidad Nacional del Comahue
ISSN: 0327-5108; e-ISSN: 1853-7960
http://revele.uncoma.edu.ar/htdoc/revele/index.php/filosofia/index
http://id.caicyt.gov.ar/ark:/s18537960/xdxtang:n

 

ARTICULOS/ARTICLES

HANS KELLNER, CUATRO DÉCADAS GETTING THE STORY CROOKED

HANS KELLNER, FOUR DECADES GETTING THE STORY CROOKED

Verónica Tozzi Thompson
Universidad de Buenos Aires
Universidad Nacional de Tres de Febrero
CONICET
veronicatozzi@gmail.com

Resumen

La contribución específica de Hans Kellner a la Nueva Filosofía de la Historia se dirige a dar cuenta del revival de la narrativa a partir de los 80 en términos de un revival de la retórica. Sus relecturas de los textos históricos, metahistóricos, literarios y filosóficos nos invitan a apreciar las estrategias retóricas implicadas en ellos, desplegando aquello que habilitan o imposibilitan decir acerca del pasado. Kellner invita a eludir el planteo fundacionista que se ciñe a la cuestión de la validez epistémica del texto, sin caer por ello en la actitud determinista lingüística que fija las estrategias discursivas en tanto estructuras artificiosas y distorsivas de la realidad. Kellner nos desafía a abandonar la metáfora de la distorsión para caracterizar la relación entre representación y realidad. Si en cuanto filósofxs de la historia nos interesa trazar líneas de continuidad y comunidad en la indagación historiográfica, debemos enfocar en sus fuentes retóricas más que en la evidencia documental o la experiencia del pasado cuyo rasgo manifiesto es la fragmentariedad. Su propuesta promueve que nos focalicemos, por un lado, en las innumerables elecciones tomadas entre las diversas modalidades de conocimiento disponibles. Por el otro, nos advierte de la ansiedad provocada por dicha elección en contra de otras opciones descartadas que podrían habernos hecho pensar las cosas de otra manera

Palabras clave: Giro lingüístico; Giro retórico; Discontinuidad evidencial; Continuidad retórica

Abstract

Hans Kellner’s specific contribution to the New Philosophy of History lies in his account of the revival of narrative for history (since the 80’s) in terms of the revival of rhetoric. His re-readings of historical, metahistorical, literary and philosophical texts are suggestions to appreciate the rhetoric strategies involved in them, through the revelation of what is permited and not permited to say about the past. Kellner invites us to avoid the kind of foundationist approach that is tied to the question of the epistemic value of historical text, but without falling in some linguistic determinism, that is, to think that rhetoric resources are no more than artificial and distortive structures of reality. Kellner challenges us to abandon the metaphor of distortion in the characterization of the relation between representation and reality. If as philosophers of history we are interested in drawing lines of continuity and community in the historiographical inquiry we must focus on its rhetorical sources rather than on documentary evidence or the experience of the past whose manifest trait is fragmentarity. His proposal promotes to focus, on one hand, on the innumerable choices made among the diverse modes of knowledge available to us. On the other, it warns us of the anxiety provoked by this choice against other discarded options that could have made us think things differently.

Key Words: Linguistic turn; Rhetoric turn; Evidential discontinuity; Rrhetoric continuity

Historical discourse does not escape servitude to the forms of language that make it possible; these forms exact a certain payment from all linguistic acts in return for granting them existence. - Kellner 1989, 161

Si tuviera que describir la obra de Hans Kellner, diría que es una caminata de la mano de un sutil y paciente naturalista de los textos. Kellner nos guía sin prisa en la lectura de los escritos historiográficos, entrenando nuestra paciencia, al tiempo que produce un cierto embrujo en la espera. La suya es una lectura desenfocada, oblicua, torcida. No apunta de un modo directo o controlador a la comparación entre el texto y la realidad que pretenda presuntamente representar, más bien excava en la escritura para desenterrar otras fuentes de producción de representaciones del pasado. Esa otra fuente exhumada no es otra cosa que la retórica, al punto que nos habilitamos a afirmar que la contribución específica de Hans Kellner a la Nueva Filosofía de la Historia es el dar cuenta del revival de la narrativa a partir de los 80 en términos de un revival de la retórica. Sus relecturas de los textos históricos y metahistóricos nos invitan a apreciar las estrategias retóricas en cuanto a lo que habilitan o imposibilitan decir acerca del pasado. Desenfocarnos tanto de la cuestión de la validez epistémica del texto así como también de la actitud determinista lingüística que fija las estrategias discursivas en tanto estructuras artificiosas y distorsivas de la realidad es la misión que se autoimpuso Kellner, invitándonos a emprender maneras “más humanas” de leer historia. Kellner nos desafía a abandonar la metáfora de la distorsión para caracterizar la relación entre representación y realidad y nos enfoquemos en las ansiedades que provocan las discontinuidades en las fuentes de las que nos embebemos para presentar una imagen plausible del pasado. Es una invitación a abandonar el rol de policía de la distorsión que ha caracterizado las discusiones en torno al status cognitivo de la narrativa histórica y a que nos focalicemos tanto en las innumerables elecciones tomadas entre las diversas modalidades de conocimiento disponibles, como así también en la ansiedad provocada por dicha elección en contra de otras opciones descartadas que podrían habernos hecho pensar las cosas de otra manera.

En términos generales, Kellner pertenece al “giro lingüístico”, aquella tendencia del pensamiento de finales del siglo veinte a mirar al telescopio (sus prismas y lentes) más que a través de un telescopio (figurativamente hablando; Kellner 1983, 14). Su aporte específico reside en mostrar que prismas, lentes y telescopios de los que están constituidos los textos históricos1 tienen una naturaleza retórica. Es más, si en cuanto filósofxs de la historia nos interesa trazar líneas de continuidad y comunidad en la indagación historiográfica debemos enfocar en sus fuentes retóricas más que en la evidencia documental o la experiencia del pasado cuyo rasgo manifiesto es algo así como la “disyuntividad”2 (disjunctiveness) y fragmentariedad (ibíd., 34). El esfuerzo por dar una caracterización profunda de la tradición retórica y de su utilización en la lectura y relectura de los textos históricos y metahistóricos es una constante en la obra de Kellner. El ejemplo más acabado de la realización de ese doble esfuerzo lo encontramos en un maravilloso escrito, “Narrating The «Tableau» Questions of Narrativity in Michelet”, escasamente tenido en cuenta por lxs propixs protagonistas de la Nueva Filosofía de la Historia, en el cual Kellner nos muestra, gracias a una magistral erudición, la raíz narrativa romántica del aclamado ejemplo paradigmático de escrito anti o no narrativo, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, de Braudel.

El “Tableau de la France” como evento narratológico.

“Narrating The Tableau…” es en realidad primaria y centralmente acerca de la concepción historiográfica de Jules Michelet y de los recursos retóricos que habilitaron su escritura de la Historia de Francia. Las veintidós páginas del escrito de Kellner es una promenade al interior y al exterior del libro III, “Tableau de la France” de la Histoire de la France de Jules Michelet. Su valor ha trascendido, escindiéndose, la obra en la que originalmente estaba incluido. Se ha convertido en un tótem para la nueva historia social en Francia (ibíd., 108), siendo publicado una y otra vez en forma independiente a lo largo de los siglos XIX y XX. El “Tableau” es presentado por Michelet, refiere Kellner, a partir de una pausa en la narración de los eventos históricos del año 1000 (ibíd., 109). En él se exponen una serie de viñetas, provincia por provincia, describiendo el entorno natural, bosquejando el carácter de sus poblaciones a través de anécdotas y referencias a personalidades célebres. No se relata la historia de ninguna provincia “…ni hay movimiento temporal en su viaje alrededor del país” (ibidem.). El punto de vista es el que se obtiene desde un mirador (belvedere) gracias al cual obtenemos una visión de Francia como un todo (ibíd., 110). El texto es un punto de referencia obligado en la historiografía del siglo XIX como precursora de la Escuela Historiográfica de los Annales en tanto promueve las formas no narrativas de dar cuenta del pasado (ibíd., 108).

Y, ciertamente, coincide Kellner, el “Tableau de la France” no es una historia narrativa dado que no contiene eventos representados que pertenezcan al relato (la Historia de Francia interrumpida en el libro II). Toda anécdota y todo relato encontrado en el “Tableau…”, refuerza Kellner, sirven a una función no narrativa de ilustrar clases de personalidad o miradas prolépticas en el futuro de cada provincia. El tour geográfico a través de Francia no refiere a ningún momento temporal en el cual los eventos puedan tener lugar. Las palabras correctas para caracterizar el “Tableau…” son “descripción”, “geo-historia”, “retrato” pero de ningún modo “narrativa histórica” (ibíd., 114). Por otra parte, es innegable que el “Tableau…” sí tiene elementos de la narrativa; por ejemplo, hay narrador y hay narratee (la persona a la que el narrador se dirige) (ibidem.) no obstante, es necesario reiterar que la presencia de estos componentes no lo hacen una narrativa histórica. Los eventos y personajes descritos en el “Tableau…” carecen de un componente temporal que los involucre en un proceso de cambio, en definitiva no hay trama (plot; ibidem.). Sin embargo, Kellner retuerce la lectura, esto es, vuelve sus propias palabras condescendientes con las lecturas que caracterizan la antinarratividad inherente de esta insoslayable pieza micheletiana, para focalizarnos en la estructura misma del “Tableau…”. Kellner nos hace reparar en el movimiento descriptivo que va de las provincias y regiones (partes) para alcanzar la descripción de la totalidad (Francia), para llevarnos fuera del texto de Michelet y conducir nuestra mirada hacia su predecesor implícito, Víctor Hugo, y así apreciar que el “Tableau…” es la inversión del movimiento descriptivo del capítulo II, “París a vista de pájaro” de su inmortal Nuestra señora de París (1831)3. Allí Hugo hace una pausa en el relato para describir en un movimiento espiralado desde la totalidad (la París amurallada de 1482) a las partes, la ciudad, la universidad y el vecindario (ibíd., 118-119).El texto no narrativo de Michelet se liga directamente con uno de los pilares de la novela romántica del siglo XIX. Pero las lecturas oblicuas no terminan aquí, Kellner nos vuelve a expulsar del texto de Michelet para trasladarnos al legado más elocuente del propio Tableau, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la era de Felipe II (Braudel 1949). Si nos enfocamos, imitando a Kellner, en la sección de trescientas páginas “El rol del medio ambiente”, atestiguaremos el mismo movimiento de espiral alrededor de los círculos concéntricos (hugueanos) que van de la geografía del mar, al país y finalmente a la ciudad.

Kellner “narra” el texto no narrativo de Michelet trayendo a escena la cuestión misma de la narratividad histórica. El evento narrado aquí es el propio “Tableau…”, solo que es un evento narratológico. El “Tableau…” es una pausa en el relato y en tanto tal un evento que fractura la narración histórica de Francia. Haciéndose explícitamente eco de las reflexiones de Ricoeur e indirectamente de las de Carr acerca de que la narrativa es el modo genuino de definir, describir y dominar la realidad humana en términos humanos, Kellner nos recuerda -les recuerda a los cultores de la “experiencia narrativa”- que las formas narrativas concretas que podamos encontrar en los escritos históricos ciertamente no son universales (en el sentido de estar transculturalmente extendidas).4 Más específicamente, las nociones de narrativa y relato contempladas por los historiadores son más estrechas que las que nos han legado los estudios narratológicos en los últimos tiempos. Si Ricoeur y Carr tienen razón en su preocupación por lo que ellos consideran la narratividad inherente de nuestro entendimiento humano del tiempo, Kellner no los acompañaría en la identificación que ambos autores hacen de la historia narrativa con la historia evenementielle, lo cual los lleva, en cierto modo, a aceptar las propias autodescripciones de Annales como habiendo superado y abandonado la narrariva a favor del análisis científico.5

Sumariamente, la lente retórica de Kellner se enfoca en la estructura espiralada de Michelet, de las partes (provincias y regiones) a la totalidad (Francia) como reverso del movimiento espiralado narrado por Victor Hugo en torno a la mirada del jorobado desde lo alto del campanario (desde la totalidad, París la ciudad amurallada, a las partes. al interior de la muralla, la universidad y el vecindario) y como figura (precursora) del movimiento espiralado de Braudel en su Mediterráneo (de la Geografía a lo social y a lo político).

Seguramente podría incomodarnos que al narrar el “Tableau…”, ubicándolo en tanto evento narratológico en la trama que estructura el texto mismo de Michelet, en relación con su predecesor romántico Víctor Hugo y como precursor de Braudel y su Mediterráneo, Kellner adopta una actitud irónica. Efectivamente, esta lectura desenfocada que rastrea los orígenes de las tendencias cuantitativas antinarrativistas de la nouvelle Histoire mostrando su ancestro en la novela romántica, implica una actitud irónica en relación con las pretensiones realistas de la historiografía científica (Kellner 1983, 119). Pues, justamente, lo que se nos revela es el hecho de que son más bien los rasgos literarios (formales y retóricos) antes que los geo-históricos del escrito de Victor Hugo los que Michelet se apropia y que Braudel emplea.(ibíd., 119) Pero, por otra parte, esta lectura irónica no tiene como objetivo desacreditar el valor cognitivo del texto revelando desde una posición privilegiada (la del narratólogo) la artificiosidad literaria del mismo.

Narrar el “Tableau…”, extraer el pasaje, fracturar el texto, sacarlo de contexto y ligarlo por la lógica de precursores y sucesores, o, como dirá White unos años después, la lógica genealógica de la figura cumplimiento, es desenfocar, abandonar la lectura recta (policíaca como la denominé al principio) de comparación entre texto y realidad, para apreciar no sólo la naturaleza construida de nuestro conocimiento del pasado, sino las fuentes retóricas que hicieron posible dicha construcción y que suelen ser ocultadas y no reconocidas (ibíd., 7).

II. La “disyuntividad” del registro histórico

El texto histórico se propone ofrecernos una imagen coherente pero no fragmentaria de algún fragmento del pasado, el cual se supone continuo en sí mismo, no fragmentario. La narrativa histórica es el resultado de un gran esfuerzo para capturar esa continuidad y representarla. No obstante, las fuentes informacionales a través de las cuales accedemos a ese pasado, no son continuas, entonces, ¿cómo se justifican esas imágenes continuas? ¿De dónde viene esa ansiedad por la continuidad de nuestras representaciones? En rigor de verdad, el problema al que se enfrenta el filósofo de la historia no es la dicotomía orden vs caos, esto es, la representación narrativa como imposición de un orden construido sobre el caos de la experiencia o la realidad. La cuestión que provoca nuestras peores ansiedades tiene que ver con las fuentes que hacen posible la producción de continuidad a partir del hecho mismo de la discontinuidad de la evidencia informacional y la fragmentariedad de la registración del pasado.

El tratamiento de esta cuestión por parte de Kellner es de una notable sofisticación para un campo que oscila entre el realismo ingenuo o el textualismo cínico. En lugar de quedar atrapado en las redes del escéptico tratando de ofrecer un argumento metafísico para dar cuenta del abismo entre representación y realidad (como hacen las versiones imposicionalistas; cf. Norman 1991), Kellner recurre a las disciplinas (teorías psicológicas y teorías lingüísticas) que indagan específicamente en la cuestión de la producción, conservación, transmisión y pérdida de información.

El sentido común historiográfico presupone la continuidad del pasado histórico y que el objetivo de la conciencia histórica es reproducir esa continuidad a partir de la evidencia disponible. Se afirma con ello que existe mucha investigación y bibliografía metodológica acerca de usos y clases de evidencia disponible, dando a entender que esa evidencia aunque fragmentaria nos da los indicios para reconstruir la continuidad del pasado. Lo que esta imagen soslaya, según Kellner, es lo que la enseñanza de las más recientes teorías científicas sobre la información nos muestran, esto es, que la conciencia involucra destrucción de información. Por un lado, prestemos atención a los desarrollos del psicoanálisis clásico, la psicología conductista y la fisiología y atestiguaremos su coincidencia en torno a que la conciencia misma comparte con el pensamiento histórico los problemas de la disyuntividad, la interferencia y la destrucción de la información, así como también del olvido y la fatiga (ibíd., 34). Por el otro, podemos seguir a la teoría de la información y los modelos estructurales que no solo ofrecen sendos análisis del fenómeno de la destrucción de la información sino que también develan la estructura misma de la información no disponible (ibíd., 29 y 30).6

En suma, Kellner reconoce que a la hora de reflexionar sobre la naturaleza del pensamiento histórico o, más concretamente, sobre las fuentes de construcción de conocimiento histórico, abundan las consideraciones sobre su relación con la ciencia o el arte (ibíd., 33). Su propuesta, totalmente original, promueve tener seriamente en cuenta los modelos (científicos) de conciencia humana que indagan en la destrucción de información7(ibíd., 53).

Las imágenes continuas que nos ofrecen los textos históricos no derivan de fuentes documentales ni de una presunta disposición de la conciencia a la continuidad, pues parte importante de la actividad cognitiva se dirige no a obtener y transmitir la mayor cantidad de información sino a destruirla. Por supuesto, enfatiza Kellner, lxs historiadorxs no pueden dejar esos vacíos en su prosa, pero sí pueden ofrecer consideraciones reflexivas acerca de la evidencia perdida o no disponible o no considerada. Ahora bien, de ningún modo diríamos que los vacíos quedan representados o reflejados gracias al acto reflexivo. Esto es, dar consideraciones reflexivas sobre los vacíos no es representar la fragmentariedad de la evidencia8. Entonces, si la conciencia es discontinua (no solo construye sino destruye), si el registro es igualmente discontinuo, ¿de dónde vienen esas imágenes coherentes del pasado? ¿cómo obtienen su legitimación? Lo que la lectura desenfocada nos ha permitido ver, como ha sido en el caso del Tableau, es la continuidad en las formas (modos, recursos) gracias a las cuales nuestra cultura representa la realidad (ibíd., 1). Cuando Kellner dice que la presunción acerca de que el pasado es continuo es una suposición literaria no pretende desacreditar el trabajo histórico, por el contrario, nos está instando a indagar en esa habilidad heredada de narrar y hacer que el registro aparezca continuo y en las decisiones que hemos tomado al elegir algunas y descartar otras.

La ansiedad de la representación en general y de la representación narrativa en particular es justamente su incapacidad para representar la discontinuidad aunque se haga cargo de ella, señalando los vacíos en el tiempo, la acción y la documentación. Tal vez la manera más elocuente de ponderar la arbitrariedad de la continuidad enunciada se aprecie si nos detenemos, junto con Kellner, en la utilización de pasajes y citas en los textos históricos. No hay casi discusión acerca de textos en los que no aparezca, desapercibida, la palabra passage, pasaje, la cual une en su definición la acción misma de pasar con la metonimia del medio para dicha acción de movimiento, el camino o la vía (ibíd., 55). “Crear un pasaje es citar, citar es crear nuevos comienzos y finales al interior de medios, remover algo de un contexto y ubicarlo en otro diferente para hacer propias las palabras de otros”(ibíd., 57). La cita se hace con diversos propósitos: didácticos, ejemplificadores, legitimadores, evidenciales, enfáticos o para señalar algo negativo con el cual confrontar. Pero la cita es un acto de violencia, una fractura que al mismo tiempo sobrecarga de significado al pasaje extraído (ibíd. 58). La cita, ese movimiento de extracción y extrapolación, es arbitraria, nada en la naturaleza del pasaje, del extracto, implica un significado esencial. Pero arbitrario no significa engañoso o caprichoso, sólo es una llamada de atención a la consideración de las “otras” fuentes de la historia.

III. La “otra” fuente de la historia: la retórica

¿Qué significa específicamente que la retórica es una fuente para la producción de conocimiento acerca del pasado? ¿Qué se gana al leer las operaciones de investigación historiográfica en términos de prácticas retóricas? En principio, para dar respuesta a esta cuestiones, es crucial desenfocarse de lecturas rectas hacia una presunta realidad independiente para torcer la mirada prestando atención al texto histórico mismo con el propósito de identificar las convenciones compartidas por una comunidad para la producción discursiva. En el estudio de diversas modalidades de escritura acerca del pasado encontraremos la elocuente reiteración y/o reutilización de ciertos géneros convencionales de articulación de un discurso social persuasivo para comunidades concretas. La lectura retórica desenfocada invita a prestar atención al texto histórico tanto como objeto estético (sus convenciones genéricas) así como también en tanto práctica de persuasión, habilitándonos, según Kellner, a alcanzar una comprensión más amplia y más profunda de cómo y por qué representamos el pasado (Kellner 1983, 2). Decir que la historia es un artefacto retórico no se orienta a valorar las lentes en función de su capacidad de invisibilizarse en favor de visualizar la realidad tal cual es, sino a visualizar su presencia (la de la lente) en tanto sugerencia persuasiva de ver las cosas de cierta manera (con esa misma lente).

Las lentes son las convenciones lingüísticas y retóricas disponibles en tanto son utilizadas y reutilizadas por lxs historiadorxs constituyendo de este modo la autoridad de su propio texto a partir de la autoridad de otros usos previos de las mismas convenciones. No implica rechazar las pretensiones de representación realista sino, por un lado, visualizar aquellos modos convencionalmente aceptados, legitimados, de representar realistamente. Y, por el otro, recordarnos que la reutilización de estas convenciones es un acto de elección, entre otras posibilidades, en función de un propósito del cual nos haremos responsables (Kellner 1989, 18).

En definitiva, “…leer las operaciones de investigación como la práctica de una retórica es sostener que los «hechos» de la historia (acerca de los cuales generalmente no hay discusión) no son los «dados» sino más bien los «tomados»” (ibíd., 11) y que estos hechos son tomados en gran parte de las convenciones lingüísticas compartidas por la comunidad.

Por este rodeo desenfocado de lectura oblicua, llegamos a una sorprendente consecuencia. Si estamos interesadxs en trazar rastros de continuidad en lo relativo a nuestras prácticas de representar el pasado, de manera que las discusiones y debates entre adversarios no oscilen entre la búsqueda de un lecho rocoso que obre como fundamento del conocimiento o la pluralidad de voces entre oídos sordos (propia del relativismo del todo vale), recabemos en las reiteraciones de prácticas retóricas. Son las continuidades en el uso de las fuentes retóricas las que habilitan explorar nuestros vínculos comunitarios.

Es justamente esta lectura retórica del “Tableau…” de Michelet la que nos permitió visualizar las continuidades y vínculos comunitarios (retórico-culturales) entre la historia autoproclamada antinarrativa y la novela romántica, por la reutilización de la misma fuente (recurso) retórica.

IV. Consecuencias idealistas de la inflación kantiana de los tropos

Es momento de preguntarnos cómo repercuten las reflexiones kellnerianas a la hora de evaluar las consecuencias del trabajo del más relevante exponente de laNueva Filosofìa de la Historia. Me refiero a la Teoría de los Tropos de Hayden White de quien el propio Kellner es uno de sus discípulos más agudos.9 ¿Cómo alcanzar un equilibrio entre la potencia analítica del instrumento de análisis sin caer en reduccionismos lingüísticos? La poderosa capacidad que la teoría de los tropos proporciona para hacer explícitas las maneras en que el lenguaje captura y crea realidad nos posiciona en el dilema de su origen. ¿Son a priori o incluso podríamos hablar de “estructuras naturales del entendimiento” a la manera de un Kant o Freud, o estamos simplemente ante “convenciones” culturales (como afirmarían White o Barthes) (Kellner 1989, 191)? Si bien, White nunca ha dejado de reconocer el carácter convencional de los tropos, frecuentemente ha coqueteado con la consideración kantiana. Es justamente el caso cuando, como dice el propio Kellner, infla el tropo desde una mera figura del habla a una figura de pensamiento gracias a la cual, pretende White, los contenidos de la experiencia son capturados en la aprehensión consciente (ibíd., 34)10. En temperamento kantiano, White nos presenta una grilla que define cómo cada tropo promueve ciertas combinaciones y elecciones de narración, ideología y explicación. Pero, en el tratamiento whiteano de la tétrada a la luz de Vico y Burke, nuestra tensión es dirigida al movimiento inter-tropológico. La grilla deja paso a la serie. La ambigüedad está en el propio White, cuando bascula entre un sintagma diacrónico, una serie de etapas de la mente que se conoce a sí misma a través del tiempo, o un paradigma sincrónico organizado poéticamente, una grilla espacial de posibilidades “inherentes” al lenguaje natural.(ibíd., 216) Como categorías a priori o como el despliegue del espíritu en su autoconocimiento. Ninguna de las dos alternativas resultan a mi juicio atractivas para los espíritus antiesencialistas del siglo XX y XXI y entiendo que a Kellner tampoco. En “Leyendo a Hayden White como lector” (Kellner 2016) señala una cierta motivación fundacionista en los tempranos escritos de su maestro White junto con un talante expansivo de aplicar sus tropos a dominios extrahistóricos.11

Es la propia consideración kellneriana, en términos retóricos y pragmáticos, la que evade tanto el idealismo como el determinismo frecuentemente asociados con el giro lingüístico. Pues la retórica, recuerda Kellner, atiende a la producción discursiva en relación con la audiencia a la que se dirige en una situación concreta de conflicto. Se interesa por la argumentación en relación con debates o problemas situados. Más que la búsqueda de la verdad o la belleza, la retórica apunta a la estrategia de ganar la discusión. Ganar y el disfrute por el buen rendimiento es el genuino objetivo (Kellner 2013a, 150). Una aproximación retórica al texto histórico apunta a enfatizar la importancia de la argumentación como fuerza guía y factor primario del mismo. Es decir, nos aleja de las aproximaciones representacionalistas y rectas (straights) que se concentran en la cuestión de la distorsión o no de la realidad, para enfocarnos en lo local, lo relevante para el argumento en cada situación concreta, para una audiencia concreta.

En definitiva, coincido con Hans Kellner en que el giro lingüístico, en todas sus derivas [analíticas o literarias] puede no haber prestado atención a la retórica y a la práctica de la argumentación en el caso de los discursos históricos. Esto es, como abordaje alternativo al de la reconstrucción lógica por ejemplo. En sus palabras, el quíntuple canon de la retórica (invención, disposición, estilo, memoria y difusión/distribución/actio) nos dará una mejor comprensión del discurso histórico como una forma de acción histórica (ibíd., 151). Kellner celebra el énfasis de White y Ricoeur en el “entramado histórico”, lo que Aristóteles llamó muthos, como uno de los más importantes avances en las reflexiones sobre el trabajo historiográfico. Pero será el propio Kellner con su propia radicalización de la lectura retórica del giro narrativista quien escenifica los múltiples recursos de producción discursiva en términos de prácticas y decisiones contingentes para una audiencia específica y en relación con los recursos disponibles compartidos (Kellner 1989, 9)

V. Deflacionando a White y a la nueva filosofia de la historia

La palabra lectura, como dije al principio, es una constante en la obra de Kellner, y ello no es casual. Desplegar la actividad histórica y metahistórica como acto de lectura torcida es deflacionar los aportes whiteanos. Y, a su vez, detallar dicha lectura en términos de prácticas retóricas es humanizarla: “La tarea tradicional del humanismo lingüístico desde el Renacimiento ha sido transformar una lógica escolástica moribunda en una retórica que ofrezca una forma más vital y más libre de pensamiento” (Kellner 1989, 216). Desde esta perspectiva entonces, los componentes de la tétrada (los tropos) no deberían ser ni reificados al estatus de categorías kantianas ni idealizados como el despliegue autopropulsado del significado. Los tropos existen si y solo si son usados, “…existen si se revelan a sí mismos una y otra vez en ciertos textos que alegorizan en alguna forma un movimiento de tropo a tropo” (ibíd., 189-190).

Otro tanto podrá decirse de todas las conceptualizaciones proporcionadas por White a lo largo de más de 40 años: “entramado”, “narratividad”, “figuralismo”, “voz media”, “sublime histórico” y “pasado práctico”. Sus significados, a la manera de Wittgenstein, encarnan en el propio acto de lectura, no preceden ni suceden a los actos concretos de uso, por fuera de dicho uso. En otras palabras, lo que precede y sucede a act os concretos de leer con esas categorías son otros actos concretos de leer y releer, no es otra cosa que uso y re-uso de utilizaciones ejemplares. No hay determinismo ni por categorías trascendentales ni autopropulsión de un sentido, sino reiteración de hábitos estandarizados de lectura. Michelet lee a Hugo y Braudel a Michelet; en dichas lecturas y relecturas hay continuidad y comunidad en la iteración de recursos literarios. Lee el historiador y lee el metahistórico y leen los historiadores como metahistóricos en sus propias reflexiones acerca de sus propios trabajos. Son lecturas desenfocadas porque siempre son sugerencias de mirar nuestra propia manera de mirar al pasado, de mirar al pasado con una determinada lente mirando también la lente. “Leer es siempre consumar y optar” (Kellner 2016, 108).12 El propio White, señala Kellner, ha tomado prestadas sus categorías de otras fuentes críticas, ampliándolas y generalizándolas en la aplicación a otras obras, otros ámbitos. Esas ampliaciones son a su vez las que configuran los términos o categorías como productos ampliamente aplicables (ibídem).

Llegadxs hasta acá, estamos en condiciones de abordar al que considero el punto nodal de la Nueva Filosofía de la Historia. Me refiero a la cuestión hipersensible sobre sus consecuencias para la historiografía académica. Ser tropologizadx o ser enfocadx con la lupa metahistórica puede ser perturbador y humillante, provocando reacciones hostiles a las herramientas de análisis discursivo, por parte de lxs historiadorxs. “To read tropologically is a powerful thing, but to be read (or to read oneself) tropologically is unsettling.”(ibíd., 189-190) Metahistoria, del mismo modo que cualquier análisis metahistórico (sea del análisis literario, la filosofía analítica del lenguaje ordinario o la retórica), no es acerca de lo que lxs historiadorxs realmente hacen y creen que hacen en sus investigaciones. De hecho, como bien señala Kellner, han sido lxs propixs historiadorxs desde su constitución disciplinar lxs que han presentado reparos acerca de la objetividad y la neutralidad valorativa de sus productos. Parte importante del juego crítico de la práctica historiográfica es la desmitificación ideológica. Pero por alguna razón, lxs historiadorxs no se han sentido cómodxs con el “escepticismo lingüístico” (Kellner 1989, 207).

Por todo lo dicho hasta aquí, Kellner rechaza considerar a White como un crítico absurdista13. “White [según Kellner] nunca habla como como un oráculo y nunca lee como un gnóstico” (2016, 106). White ha rechazado no solo la forma elemental moralizante de la crítica y las formas del sociologicismo reductivo, sino también el elitismo metacrítico que desenmascara el fetichismo del lenguaje (ibíd., 105 y 106). Si leer es optar y consumar, los lectores maestros, las figuras electas para consumar son Vico, Frye y Auerbach, Collingwood, Mink y Jameson.14

VI. Tropologizar a Kellner

Los tempranos revisores de Language and Historical Representation expresaron su admiración por la erudición y perfección expresiva de la segunda parte del libro, aquella que, como el propio Kellner enuncia, está organizada en clave tropológica para iluminar las estrategias retóricas de cuatro grandes historiadores.15 Una mini Metahistoria al interior del libro. Pero el mismo Kellner advierte que todo su libro está organizado en cuatro partes y se interroga si alguien se ofrecerá a tropologizarlo. Me permito dedicar la parte final de este escrito para tomar el desafío de Kellner y rastrear el derrotero de las figuras que constituyen cada parte.

La parte I, “Las otras fuentes de la historia: historia y lenguaje”, nombra la operación preliminar, la metáfora a través de la cual aprehender la actividad metahistórica. Hacer metahistoria es leer fuera de foco. Kellner, como lector desenfocado, no abandona las metáforas visuales, tan caras a nuestra cultura occidental, sino que nos invita a desenfocar lo que estamos mirando a través de nuestras lentes, prismas o cristales para oblicuamente mirar a lentes, prismas y cristales. Hacer metahistoria es leer (releer) la lectura misma.

En la parte II, “El lenguaje de los historiadores. Cuatro naufragios”, Kellner lee desenfocadamente cuatro historiadores: Guizot, Michelet, Spengler y Braudel. Si bien la sección ha sido organizada bajo la lupa de la tétrada tropológica (los cuatro ejemplifican un movimiento tropológico de la metáfora a la ironía), en los cuatro casos Kellner opera una reducción metonímica: son cuatro naufragios, los cuatro buscan la totalidad, se esfuerzan por producir el significado a partir a la integración de las partes, pero en su tentativa se topan con los límites de la totalidad que no son otros que los límites de sus propios medios de representación. Son confrontados con los límites de sus propios cristales16. Pero estos fracasos son los que hacen a los experimentos conceptuales en la historia más valiosos, pues, podríamos decir, gracias a ellos, los prismas (los recursos lingüísticos) son revelados (ibíd., 75). El fracaso en la representación histórica por el límite o las fallas de los medios de representación es también la revelación de lo que nuestros medios nos muestran, nos habilitan. Estas cuatro lecturas kellnerianas desenfocadas, (lecturas no mainstream, no en términos de lo que los consagró) nos revelan en el naufragio (en el sentido, de que cada obra no es la realización pura del tropo elegido por cada uno) la grandeza del propio trabajo de éstos.

En “Guizot y los poetas”, se nos desenfoca del Guizot conocido, como figura política impopular o como popular y respetado historiador, para atraernos al Guizot hombre de letras en su juventud17. Guizot llevó adelante una genuina historia social de la literatura cuyo objetivo era “encontrar un orden en el flujo de estilos y gustos en el arte europeo…” (ibíd., 100). La noción guía es la de “fluir desde”: el estilo fluye del estado cambiante de la sociedad. Lo que está presupuesto aquí es, por un lado, la noción de “fluir desde”, que depende de una analogía formal –esta es, la similiridad de las descripciones verbales, esencialización- (ibíd., 100). Por otro lado, la unidad de los elementos de una cultura y sociedad. Guizot lee a la literatura (parte de la cultura) y a la sociedad como una masa de “hechos” -tales como clases, instituciones e ideas- con una relación coherente entre sí (ibíd., 75-76). Pero no reconoce que esa unidad sea una creación conceptual, aunque en sus análisis concretos de Shakspeare la unidad es desafiada. En Corneille et son temps, la historia social de la literatura conecta miméticamente los estilos con la situación social18. En Inglaterra, una sociedad medieval mezclada dictó la mezcla de estilos de la comedia inglesa19, dando lugar a la unicidad peculiar de la comedia shakespiriana. Pero en su lectura de La tempestad, El mercader de Venecia y Timón de Atenas, estas obras no encajan, no fluyen de una determinada unidad social, no se acoplan a la lógica de la totalidad de la civilización (ibidem.). Guizot inicia su indagación dando cuenta de la relación entre el orden social y su producción literaria, lo cual funcionó en el caso de Corneille, para revertir el fluir en el caso de Shakespeare, esto es, se justifica un nuevo “orden” social pero ahora el mismo basado en el efecto literario de sus representantes literarios.20

En “Narrar el «Tableau»”, Kellner por un lado describe la operación metonímica de Michelet de la destrucción del sujeto histórico: la Francia unificada por la unidad de la lengua. La historia de Francia comienza con la lengua francesa pero al final del libro III todas las voces retornan en un “carnaval heteroglósico” (ibíd., 118). El “Tableau de la France” había de ser la garantía de la narrativa perfecta pero lo que termina sucediendo, si leo bien a Kellner, es la transferencia de la estructura de trama dominante, el romance, del reino de los eventos narrados al reino de los eventos narrativos (en tanto tematiza las interacciones entre narrador y lector implicado). Por un lado, el romance ofrece la historiador un foco próximo a su tema moral, el conflicto renovable entre las fuerzas positivas y negativas que conducen la narrativa hacia adelante (ibíd., 115). Pero, por otro lado, la peculiaridad de la trama romántica es su difusividad, su carencia de centro real. Ello puede remediarse ubicando un héroe en el centro para mantener los episodios juntos. El “ Tableau de la France” cumple dicha function narratológica, tiene un héroe. La unidad del texto depende de la unidad de la narrativa diacrónica de la historia francesa, la cual encarna y depende de la identidad sincrónica y geohistórica del “Tableau21(ibíd., 116).

No solo este no-narrativo “otro” -el “Tableau…” - que separa la muerte de un mundo (el carolingio) del nacimiento de otro (la Francia moderna)- está saturado con narratividad en cuanto nos enfocamos en la relación narrador-lector en lugar de en los “personajes”; sino que también sirve a un propósito narrativo dentro de la estructura de la Histoire. Su inserción en un “reino de la conversación” entre el narrador y el lector bosqueja su propia narratividad, mientras que su posición en el contexto discursivo de la History le presta una cuasinarratividad, la cual no refiere o no presenta una imitación de acciones humanas. Su publicación de modo separado en 1875,22 lo arranca de un contexto discursivo (la Histoire) al tiempo que lo hace un pleno discurso en sí mismo.23 En definitiva, mal que les pese a los antinarrativistas, el “Tableau…” suelto no pierde sus lazos narrativos sino que los reposiciona (ibíd., 120),

En “Figuras en la Rumpelkammer, Goethe, Fausto, Spengler”, Kellner rastrea la “fuente” de La caída de Occidente (la “otra fuente” de la historia, sus estrategias de construcción discursiva o de una imagen integrada del pasado) en el Fausto de Goethe. Lo faustiano llega a ser una figura del deseo por lo infinito y este deseo solo puede ser satisfecho por un tropo, la sinécdoque. Spengler creía que toda comprensión era morfológica, un patrón de relaciones de formas de desarrollo. Las innumerables analogías (Alejandro/Napoleón, Pitágoras/Descartes) no son ornamentales sino que obtienen su estatus en la coherencia interior de las culturas -fisognomía orgánica- (ibíd., 131). En una sinécdoque perfecta, la parte (el microcosmos) representa al todo (el macrocosmos) sin pérdida. Pero Spengler, irónicamente, no decide si la caída de Occidente es resultado de la realidad vivida de los Hombres-destino (Alejandro, Escipión, César, Napoleón) que encarnan la superestructura de la cultura occidental, o es la obra de un pensador, de un hombre de libros. La genuina totalidad requiere una salida de las palabras, un escape de las meras figuras del habla, el anhelo de acción pero al mismo tiempo exige la autoconciencia respecto a la figuralidad del propio lenguaje, por lo cual vuelve el proceso total en una aprehension irónica. La sinécdoque, la figura que habilita a apprehender la totalidad de la historia, es enviada al Rumpelkammer, el cuarto trasero.(ibíd., 152)

En “Conducta indisciplinada (Disorderly conduct), Braudel y la sátira mediterránea)”, Kellner señala que si bien la organización de El Mediterráneo … ha sido destacada, no se la ha apreciado como constitutiva del contenido sino como meramente ornamental.(ibíd., 160-161) Su forma es lo que Frye catalogó como anatomía o sátira menipea24, mezcla de verso y prosa. En las anatomías modernas la prosa absorbe el verso, se satirizan las ideas y actitudes abstractas, se cae en el enciclopedismo y la progresión narrativa avanza por medio de la división, la digresión y el detalle (ibíd., 162). El Mediterráneo no mezcla prosa y verso pero sustituye el verso por una nueva no-prosa en su utilización de mapas, cartografías, tablas, gráficos, imágenes seriales y satelitales, fotografías.(ibíd., 172)25. Así el libro tiene una forma absurdamente trágica (trágica porque se mueve del orden y la estabilidad al caos y la ilusión, y absurda porque siendo una descripción sincrónica no muestra movimiento en el tiempo) que podría ser revertida y hecha cómica en el sentido de Dante, desde el dolor y la ilusión del infierno al orden y eternidad del paraíso (ibíd., 168)26.

La vigencia del Mediterráneo no reside en su tema, aparato o técnicas ni en la naturaleza metahistórica de sus afirmaciones. Sino en su ambivalencia e indecidibilidad. Por ejemplo, afirma explícitamente que la estructura profunda y las largas duraciones en la historia son el lecho rocoso de la realidad y los eventos el polvo, pero la primera sección nos arroja a tierras movedizas, la parte “natural” de su libro es altamente antinatural, una orgía de desfamiliarización de palabras y cosas27(ibidem.). Comparte con los textos maestros del pensamiento humanista occidental la duda sistemáticamente auto-reflexiva que atrae a los lectores sin ningún interés específico en el tema y sin ninguna confianza en que sus obras sean un tratamiento definitivo de algo (ibíd., 176).

Estos estudios son escasamente citados o tenidos en cuenta en la literatura secundaria alrededor de la obra de White. Yo los incluí extensamente aquí pues son a mi juicio la realización más acabada de lo que implica un análisis metahistórico desde una perspectiva retórica: ni idealismo ni determinismo lingüístico sino la continuidad en los esfuerzos de utilización eficaz y responsable para producir representaciones realistas del pasado.

Los artículos de la parte III, “Tropología y Narratividad”, suelen ser leídos de forma separada del texto total, tienen un destino afín al del “Tableau” ya que exponen de manera detallada la potencia teórica de la tropología y del análisis literario en general, mostrándose como una sistematización omniabarcante de los discursos. Es la integración sinécdoquica, el organicismo en su esplendor, pero ahora no como teoría de la realidad pasada sino como teoría de toda teorización. La inflación tropológica (o, en otros términos, el determinismo y el idealismo lingüísticos) ubica las diversas obras históricas concretas como partes de una totalidad lingüística que les da significado, no por aquello que intentaron representar (la realidad) sino como encarnación de los sentidos o finalidades del despliegue del propio lenguaje.

Considero que leer la parte tres separada del libro desnaturaliza y desfamiliariza el propio instrumento de lectura que la tropología y las diversas analíticas literarias nos proporcionan, las cuales solo adquieren carnadura en acción, esto es, en el análisis concreto de obras concretas, en este caso, de los cuatro capítulos de la parte segunda. Kellner deflaciona los diversos movimientos que en el siglo XX han orientado las reflexiones teóricas hacia el lenguaje en el que se realizan describiéndolo como un revival de prácticas retóricas. Logra deflacionar al giro lingüístico al tratar a las estrategias discursivas como fuentes y no obstáculos engañosos para la representación. Si hay continuidad en la historia esta se da en la persistente reutilización de los recursos de producción discursiva. El rastreo de las fuentes retóricas de Guizot, Michelet, Spengler y Braudel habilita apreciar a los historiadores como perteneciendo a una cierta comunidad que se reconoce por afrontar las mismas dificultades, por las limitaciones, pero también por las posibilidades que nos ofrece el trabajo con dichas fuentes.28

Los dos escritos que conforman la parte IV, “Alegoría y ansiedad”, invitan a una lectura desenfocada de los teóricos de la historia29 para escudriñar la otra fuente interviniente en los respectivos tratamientos teóricos filosóficos de la disciplina histórica, esto es, sus respectivos usos de la retórica. La retórica es la persistente (aunque no necesariamente visible) presencia en la historia, la filosofía de la historia. Si hay una continuidad entre ellas esta es rastreable por la retórica más que por la evidencia neutral o la lógica abstracta (ambas están también cargadas de retórica o retóricamente cargadas). El libro ha tratado con la naturaleza alegórica del discurso histórico, al desplegar el papel de la retórica y la tropología en toda representación verbal, lo cual provoca ansiedad en lxs historiadorxs profesionalxs así como también en varias líneas teóricas y filosóficas que asumen la tarea de “defensa” de la historia30. Náufragxs son los propixs filósofxs de la historia, que descubren la propia raíz retórica de sus reflexiones metahistóricas. Es la ironía de la ironía misma que pone freno a su vez a la ironía -en el sentido de que se arriesga a ser dogmática si persiste en ella- y empuja a salirse de sí en la producción de nuevas metáforas. Como no se cansará de decir a lo largo de su generosa trayectoria de lector, mostrar que los tópicos “netamente” históricos tienen una raíz en los “tópicos comunes” de la retórica clásica, esto es, básicamente la fuente de todas las "preguntas históricas" y "modelos", lo que no implica para nada devaluarlos como genuinas preocupaciones históricas (ibíd., 266). Uno de esos tópicos es el establecimiento de los hechos (lo que yo denominaría el tesoro de la historia) y la invención de vocabularios adecuados para su constitución.

En las lecciones sobre la Historia de la civilización, Guizot se refiere a los hechos como la “parte inmortal” de la historia. Mientras que las opiniones, las teorías, las ideologías, clases y regímenes pueden ir y venir, los hechos perduran (ibíd., 325). En Historical Knowledge, Leon Goldstein (1976) ensaya (ironiza Kellner) una versión moderada de la inmortalidad de los hechos en términos del acuerdo entre historiadores. Los hechos son instituidos como resultado de la actividad de una comunidad específica que define, nombra partes, ordena estados de cosas, objetos, selecciona comienzos y fines. La facticidad es resultado del acuerdo comunitario específico. Ahora bien, a la hora de abordar el hecho mismo del acuerdo en torno a la facticidad estaremos testificando, señala Kellner siguiendo a Fish, el poder de una comunidad interpretativa para constituir los objetos sobre los que se puede acordar. Un proceso que si bien se hace cada vez más sofisticado a medida que la empresa histórica se desarrolla, es al mismo tiempo ineludiblemente retórico (Kellner 1989, 326). La naturaleza comunitaria y contextual de la constitución de los facta ha sido frecuentemente reconocida y bienvenida por diversas teorías y filosofías de la historia. No goza de la misma apreciación su naturaleza retórica, del mismo modo que la reflexión teórica sobre dicha constitución31. En suma, no hay grado cero de la evidencia, no hay enunciados de hechos básicos pilares de la infraestructura. Lo que sea un hecho y el significado de un enunciado de hecho depende de algún contexto. “Los contextos -concluye Kellner- son representaciones alegóricas erigidas para funciones específicas a partir de los materiales disponibles en pos de hacerlos significativos por el hecho de relacionarlos entre sí” (ibíd., 332).

Justamente la cuestión de la narrativa y la tropología en los últimos años viene a tematizar la cuestión de la creación de contextos. Los tropos sirven al modelo elemental de formación de contextos al especificar cómo los elementos pueden ser relacionados, pero es inherente al análisis tropológico el apuntar siempre a otras posibilidades existentes. En lugar de ver la tropología como escepticismo o relativismo es solo la advertencia de que las cosas pueden ser vistas de otra manera.32

VII. Conclusión

En cierto sentido, la estrategia kellneriana de lectura podría ser considerada como de término medio entre aquellos que no quieren disolver la historia en la pura textualidad, ni aceptar la representacionalidad del escrito histórico en sus propios tradicionales términos de “getting the story straight” (ibíd., 295). Pero por otro lado, su trabajo es también un naufragio, una reducción a la retórica, una reducción irónica de todo intento de dar cuenta, con herramientas filosóficas, de la relación entre el pasado y nuestra representación, incluso de los intentos de mostrar el absurdo de dicha tarea. A lo largo de su obra el maestro Kellner ha tematizado la tematización misma. Tematizar es desenterrar los elementos de voluntad y deseo y dar el contexto que habilita o imposibilita su cumplimiento. El plot de la contextualización es la sátira. Tematizar es satirizar pero para ir más allá de la sátira misma, pues nos arriesgaríamos al dogmatismo si creyéremos que ese es el final del camino. La ironía misma de la retórica empuja a ir más allá de la ironía y explorar otras posiblidades que el juego lingüistico ofrece.

Finalmente, considero que es Kellner y su Language and Historical Representation, quien captura más tempranamente el punto del giro narrativista en la filosofía y teoría contemporáneas de la historia y sus implicaciones para la práctica historiográfica disciplinar. Las estrategias de figuración lingüística no funcionan como herramientas de procesamiento de los “descubrimientos” que nos ofrece la evidencia, de modo de reformularlos en alguna forma literaria para que sean accesibles al legx. Las categorías retóricas son básicas en las etapas iniciales de la invención y generación de la misma evidencia. Las maneras en que ellas son usadas y reutilizadas son las que efectivamente crean comunidades de personas, tales como historiadorxs, pero también, al ser estrategias culturales disponibles para cualquiera, habilitan rastros de continuidad no solo entre comunidades diferentes de historiadorxs sino con la sociedad en general(ibíd., 266)33. En definitiva,

Leer historia fuera de foco, entonces, en una forma torcida que promueva maneras humanas de conocer, al menos provisionalmente, el estatus de las “fuentes primarias” de nuestra comprensión del pasado, es quizás un signo del “más profundo respeto por la realidad”, un respeto que alegremente insiste en que aún la realidad (cuya noción está siempre en construcción para un propósito) no debería controlar nuestras vidas, las cuales deben permanecer en la incómoda oblicuidad de interminables reexaminaciones, reentramados y reinterpretaciones. Después de todo, getting the story straight es lo que debemos hacer solo para cambiarla y verla de otra manera.34

VIII. Bibliografía

Recibido el 01 de mayo de 2019; aceptado el 03 de agosto de 2019.

1 Kellner 1989, cap. 5.

2 Otro modo de referir a la tesis de la subdeterminación de la teoría por los datos.

3 Publicado el año anterior a que Michelet preparara las conferencias que dieron lugar al “Tableau…”.

4 “…entre la actividad de narrar una historia y el carácter temporal de la existencia humana existe una correlación que no es puramente accidental, sino que presenta la forma de necesidad transcultural” (Ricoeur 1995, 113).

5 Para Carr, el Mediterráneo es no narrativo (cf. Carr 2015, 180-181) y para Ricoeur es cuasinarrativo, podríamos decir, en cuanto a “si la primera parte conserva un carácter histórico, pese al predominio de la geografía, es en virtud de todas las señales que apuntan a la segunda y a la tercera parte y levantan el escenario en el que el resto de la obra coloca los personajes de su drama.(cf. Ricoeur 1995, 338) Ninguno de los tres sostienen sus consideraciones sobre el Mediterráneo o el “Tableau…” (aquí solo en el caso de Ricoeur y Kellner) sobre la base de la atribución de una intención autoral por parte de Michelet o Braudel. No obstante, Kellner se ocupa de resaltar aquellos pasajes en los que nuestros historiadores reflexionan sobre los límites y habilitaciones de sus propios recursos lingüísticos.

6 La bibliografía que refiere Kellner es amplia y remite a Gardner, M. (1975) “How the Absence of Anything Leads to Thoughts of Nothing.” Sientific American, Feb.; Stent, G. S. (1972) “Cellular Comunication,” Scientific American 227, Sept.; von Bertalanfy, L. (1962) Modern Theories of Development, New York, Harper; Shannon, C. E. (1948), “The Mathematical Theory of Communication.” En Bell System Techinical Journal, July-Oct. y Broadbent, D. E. (1958) Perception and Communication, London, Pergamon Press.

7 “My purpose is bifocal. First… to point out the kind of knowledge and observation that could create structural principles about the survival of historical information;…to integrate and categorize a particular kind of historical creation that cannot be fitted within the categories of critical, positivist history” (Kellner 1989, 41). Kellner ofrece una fenomenología de la información no disponible, no recobrada o inimaginada en tanto: 1- no registrada, 2- registrada pero destruida, 3- no encontrada, 4- no existente ni en tiempo ni en espacio, 5- no imaginable. El asunto es que se está obligado a tenerlas en cuenta si aceptamos la discontinuidad de nuestra conciencia del pasado (ibíd., 42-43).

8Giving indications of missing evidence of whatever description is by no means the same as representing the essentially fragmented and even arbitrary nature of historical sources, defined as the texts from which history is fashioned (ibíd., 54).

9Véanse las tempranas reseñas de Language and Historical …por parte de Gorman (1991) y Todd (1991).

10La exposición más clara por parte de White de la tropología en términos de las categorías kantianas la encontramos en White 1978.

11 La inflación kantiana de los tropos ha sido y es una constante preocupación por parte de Kellner, tal como queda reflejado en Kellner, H. (1992), "Hayden White and the Kantian Discourse: Freedom, Narrative, History" en Sills, C. y Jensen, G. (comp.), The Philosophy of Discourse, Portsmouth, NH: Boynton/Cook, pp. 246-267 y Kellner, H. (1993), "Twenty Years After: A Note on Metahistories and Their Horizons", Storia della Storiografía, 24, pp. 109-118. Viene bien recordar aquí nuevamente la introducción a Tropics of Discourse (White 1978), en la que White, recorriendo las obras de Piaget, Marx, Freud, Hegel y E. P. Thompson, encuentra que todos ellos estructuraron sus reflexiones sobre diversos modos de conciencia bajo la grilla tetrádica. La referencia a Kant es explícita en este escrito y Kellner mismo da cuenta de ello. Por mi parte, he discutido en profundidad este tema específico en Tozzi 2017.

12Es este procedimiento el que en su momento denominé «inflacionario», refiriéndome al «tropo inflable» (…) Robert Doran también ha empleado el término para describir la inflación del figuralismo más allá de lo que Erich Auerbach hubiera tenido en mente” (Kellner 2016, 108).

13Barthes, Foucault o Derrida, señala Kellner. Remite a White, H. “El momento absurdista en la teoría literaria”, en White 1978.

14Ahora bien, si reenfocamos hacia la propia consideración whiteana acerca de que en última instancia la construcción discursiva (prefiguración tropológica) es resultado de una opción moral o estética apreciaremos, señala Kellner ya desde 1980, la invisible presencia de Jean-Paul Sartre con su énfasis en la coexistencia del elemento de decisión con la necesidad. La ironía en esta paradoja nos empuja continuamente en el presente a elegir un futuro (ibíd., 212).

15En sus respectivas reseñas de Language and Historical…, Gorman y Todd coinciden en la maestría de los cuatro capítulos de la segunda parte, es más, podría haber sido un libro en sí mismo.

16El término “naufragio”, indica Kellner, es usado por Braudel como metáfora justamente para ese momento en el que, en el ejercicio mismo de la historia, nos rendimos a una noción de realidad siempre en tensión con nuestros medios de representación.

17Etudes sur les beaux-arts en générale, Corneille et son temps (París, 1813) y Shakspear et son temps, étude littéraire (París, 1852) Guizot mismo ignoró, aclara Kellner, su trabajo temprano en su obra posterior.

18“A frivolous aristocracy produces a frivolous love poetry. The frustration of the oppressed under despotism produces satire, the embodiment of subterranean class struggle. The artificiality of allegory mirrors the motion without movement of sixteenth-century court life, and so forth” (Kellner 1989, 91). “The separation of French classes and the various forces that effect and sustained this separation thus populate a paradigm of «distinctions» of the strict sense of decorum and otherness that is the essence of the classical style and mind” (ibíd., 93).

19“English feudalism, according to Guizot, created a relationship of lord and vassal so close that a social bond emerged from the economic relationship of agriculture, and a cultural tie from the social tie” (Ibidem).

20“What is not thinkable in Guizot’s social history is a disorderly, unsystematic vision of reality. …a chaotic reality that cannot be capture in language and its rules of morally unacceptabl” (Ibid., 101).

21”England is an empire; Germany, a country-a race; France is a person”(182).

22Tableau de la France: geographie physique, politique et morale.

23sin un “Taleworld” narrative que lo rodee.

24Frye, Anatomy of criticism, p. 308 y siguientes.

25En el siglo veinte, no obstante, las filosofías del lenguaje, sean neokantianas, heideggerianas o estructuralistas tendieron a disolver la distinción entre prosa y verso y a afirmar la naturaleza figurada (es decir, poética) de todo lenguaje. Al mismo tiempo, el lugar que la prosa ocupaba en la dicotomía prosa/poesía lo toma el pretendido lenguaje no figurado, la cuantificación (irónicamente el lenguaje de las figuras; ibíd., 173).

26Una observación de Braudel en la segunda edición dice que un amigo le sugirió que podría haber escrito la obra al revés, comenzando con la “espectacular y a menudo confusa procesión de eventos” y siguiendo a los cimientos (bedrock) de la historia. Y sin dar una justificación dice que su trabajo puede verse como un reloj de arena eternamente reversible.(II903) Es más, la segunda edición revierte el orden en lo que es el cambio formal más grande del trabajo (dentro del capítulo “Sociedades”, el orden del análisis de clases es alterado, con la burguesía precediendo la nobleza en la primera edición, ocurriendo lo inverso en la segunda (ibíd., 169).

27Los desplazamientos abundan; el Sahara llega a ser “la segunda cara del Mediterráneo”, mientras los mares bálticos y norte llegan a ser “el Mediterráneo del norte” (I224, inglés).

28Dedico poco espacio a este tema pues será tratado por Murad y Lavagnino en este mismo dossier. Nuestro autor retoma más recientemente el tema en Kellner 2013b.

29“Triangular Anxieties: The Present State of European Intellectual History” y “Narrativity in History: Post-Structuralism and Since”.

30“For most historians pure rejection, using the classic defense of the specialist («that’s not my field»…«it’s not really history») has sufficed,…” (Kellner 1989, 265).

31En una lectura oblicua, Kellner desentierra la retórica inherente a la tematización de Goldstein de la cuestión epistémica en términos de las metáforas de la infraestructura/superestructura, lo visible/lo invisible y las figuras del productor/consumidor (ibíd., 327-328).

32La narrativa “es en sí misma un contexto y la narratividad un medio inescapable de contextualizar los fragmentos discontinuos de las crónicas en una representación completamente enmarcada” (ibíd., 332).

33“These core discussions of argumentation, audience, and ethos are thoroughly rhetorical, although they have little to do with formal considerations and are rarely understood as part of the linguistic turn I shall demonstrate that the five canons of rhetoric, as antique as they may seem, remain a remarkably vital and comprehensive way of looking at a discourse such as history. In invention, arrangement, style, memory, and delivery, we find a theory of discourse with more than merely historical interest, despite several thousand years of service. What the canons can teach us is that there is a certain unity to the many disparate historical manifestations mentioned here – the unity of human intentions and motivations” (Kellner 2013a, 151, itálicas en el original).

34“To read history out of focus, then, in a crooked way that promotes human ways of knowing, at least provisionally, to the status of the «primary sources» of our understanding of the past is perhaps a sign of the «deepest respect for reality», a respect that playfully insists that even reality (the notion of which is always a construction for a purpose) should not control our lives, which must remain in the awkward crookedness of unending examination, re-emplotting, and re-interpretation. Getting the story straight, after all, is what we must do only in order to turn it about and see it another way” (Kellner 1989, 25).

Páginas de Filosofía, Año XX, Nº 23 (enero-diciembre 2019), 92-115