ARTÍCULO

Literatura, política y experiencia: Rodolfo Walsh y la CGT de los Argentinos

Literature, politics and experience: Rodolfo Walsh and the CGT de los Argentinos

 

Valeria A. Caruso
caruso.valeria@gmail.com
Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani - Facultad de Filosofía y Letras - UBA. Argentina

Recibido: 17|02|16
Aceptado: 10|07|16

 


Resumen
Este artículo analiza la experiencia de Rodolfo Walshen la CGT de los Argentinos (CGTA). Se exploran las novedades conceptuales que el escritor de Quien mató a Rosendo? Elaboró, tanto en su actividad literaria, como en sus inquietudes políticas en función de su participación en la central obrera. Se examinan los cambios en la reflexión del autor a partir de la revisión de su diario personal desde una perspectiva de análisis que retoma las directrices teóricas y metodológicas planteadas por Quentin Skinner para el abordaje de las ideas políticas. Esta línea de análisis permite complejizar las narrativas actuales en la historiografía sobre las relaciones entre arte y política que se dieron en la Argentina durante la década del 1960.

Palabras clave: Rodolfo Walsh; Política; Literatura; CGT de los Argentinos; Quentin Skinner.

 

Abstract
This article analyzes Rodolfo Walsh’s experience in the CGT de los Argentinos (CGTA). We explore the conceptual innovations introduced by the author of Quien mató a Rosendo? about the articulation between literature and politics in relation to his participation in the central union. We examine the observable changes the author experienced by reviewing his personal diary from an analytical perspective that restart the theoretical and methodological framework to address political ideas laid out by Quentin Skinner. This enables a more complex analysis of the current historiographical narratives between art and politics that took place in Argentina during the 1960’s.

Key words: Rodolfo Walsh; Politics; Literatura; CGT de los Argentinos; Quentin Skinner.


 

INTRODUCCIÓN

Desde el retorno de la democracia en la Argentina se han realizado distintos estudios situados en el ámbito de “historia de ideas,” los cuales han explorado las motivaciones que impulsaron a un sector de la intelectualidad local a involucrarse en las luchas políticas que se dieron en el país y en Latinoamérica durante las décadas del ‘60 y ‘70 (Sarlo 1985; Sigal 1991; Terán 1991; de Diego 2001; Gilman, 2003). En estos trabajos, la cuestión parece centrarse en el peso específico de dos diferentes esferas: por un lado, la opción por la actividad intelectual inscripta dentro de los marcos de sus prácticas específicas, y por el otro, la acción política, leída como el inicio de una renuncia a la especificidad profesional, signada por un profundo anti-intelectualismo.

Consideramos que el abordaje de las trayectorias individuales de los sujetos que participaron en ese proceso habilita otros análisis, y la posibilidad de acceder a nuevos marcos de comprensión para examinar las relaciones que se desarrollaron entre los tardíos ‘60 y los tempranos ‘70 en los ámbitos culturales y políticos argentinos. Nuestra propuesta no es la de reducir el proceso a la experiencia de vida del sujeto analizado, sino la de aproximarnos -en la medida que el registro documental nos lo permita- a cómo fue vivenciado ese proceso de involucramiento político, y observar los momentos en los que los actores fueron modificando sus posicionamientos intelectuales y profesionales respecto a los acontecimientos de su tiempo.

En esa dirección apunta este análisis sobre la trayectoria política y literaria de Rodolfo Walsh. Al explorar sus escritos personales es posible acceder a una dimensión un tanto más compleja que la mera renuncia al quehacer literario en beneficio de la política. En otros términos: esa posibilidad de exclusión se encuentra ausente en su reflexión. Por el contrario, la cuestión que emerge, de manera constante y permanente, es la preocupación del autor por encontrar la manera de compatibilizar esos dos mundos: el de la literatura y el de la política. Esta inquietud -que comienza a enunciarse explícitamente en su diario personal a partir de 1968-, emerge como corolario de su participación en la CGT de los Argentinos.

Cabe destacar que la vida y obra de Walsh ha despertado el interés de distintos investigadores. Por ejemplo, la compilación de artículos realizada por Jorge Lafforgue (2000) en donde son explorados distintos aspectos de la narrativa del autor de Operación Masacre. Sin embargo, ninguna de las colaboraciones allí reunidas aborda específicamente la experiencia del literato en la CGTA.

En ese sentido, la biografía elaborada por Eduardo Jozami sobre Rodolfo Walsh, reconstruye el recorrido ideológico y político del escritor en relación al modelo de “intelectual peronista” propuesto por John William Cooke en “Bases para una política cultural revolucionaria”1 (2006: 177). En su obra, Jozami intenta inscribir los cambios en las elecciones políticas de Walsh en relación a su progresiva identificación con el peronismo, señalando el tránsito desde su inicial nacionalismo antiperonista para abrazar en 1972, la lucha por la causa del líder exiliado (Ibíd: 30)2. Sin embargo, a lo largo de esta investigación hemos encontrado sobrados indicios que nos conducen a revisar las conclusiones antes mencionadas.

Asimismo, el corpus de entrevistas realizadas por el periodista Enrique Arrosagaray (2006), ha sido un gran aporte para la reconstrucción de la trayectoria política y personal de Walsh. Los testimonios de Horacio Verbitsky, Lilia Ferreyra, Rolando Villaflor -entre otros- compilados en su libro, nos permiten aproximarnos al itinerario político e ideológico que el escritor de “Un oscuro día de justicia” transitó entre 1962 y 1977. No obstante, más allá de la información que aportan los reportajes realizados por Arrosagaray, la compilación carece de una síntesis interpretativa que permita explicar el singular entrecruzamiento entre literatura y política que marcó la vida y la obra de Walsh.

Nos proponemos recorrer esas “transformaciones moleculares” reconocibles en la subjetividad del escritor de ¿Quién mató a Rosendo?, que se manifiestan explícitamente desde fines de la década del ‘60, y continuarán hasta el momento de su asesinato en 1977. Nuestro interés es el de reconsiderar esos cambios no sólo desde el ámbito de las novedades conceptuales que el autor elaboró respecto a la literatura y la política, sino por sobre todo, desde los “usos” que pretendió darle a esas nuevas formas de entender el métier literario y el accionar político. En esa dirección retomamos las perspectivas teóricas y metodológicas planteadas por Quentin Skinner (2000) para el abordaje de las ideas políticas en tanto propone que “el significado de la idea debe ser sus usos para referir de diversas maneras. Es decir, “una historia necesariamente concentrada en los distintos agentes que usaron la idea y en sus diversas situaciones e intenciones al usarla”, considerando que esas ideas “constituyen una respuesta a circunstancias más inmediatas’ y en consecuencia no debemos estudiar los textos en sí sino más bien ‘el contexto de otros sucesos que los explican’” (Ibíd: 178-180)

Nuestra propuesta de análisis busca indagar en qué medida la experiencia del escritor de Los oficios terrestres en la CGTA marcó su actividad literaria y su pensamiento político.3 Para ello, iniciamos esta exploración en torno a los cambios de la percepción del autor con respecto a las intencionalidades que buscó darle a su literatura y analizaremos los contenidos políticos de su obra. Posteriormente, recorreremos el itinerario realizado por Walsh en 1968, año en el que inició su colaboración en la CGTA. Luego examinaremos de qué manera, el escritor buscó resignificar y reconfigurar su propia práctica profesional. Por último, retomaremos las evaluaciones realizadas por el literato respecto a la viabilidad del proyecto político y sindical de la central “Paseo Colón”.

LITERATURA Y POLÍTICA

En este apartado repasaremos las primeras aproximaciones a la coyuntura política observables en la narrativa de Rodolfo Walsh, fijando especial atención en las intencionalidades de intervención política que buscaba otorgarle a su prosa.

En ese correlato, Operación Masacre ocupa un lugar central, porque -como se ha señalado en retrospectiva-, inaugura una tradición vinculada con la non fiction, en donde su autor buscó denunciar los crímenes cometidos por el Estado sobre la sociedad civil (Walsh 2004).4 Preocupaciones similares a las que orientaron la indagación sobre los asesinatos de José León Suárez, impulsaron a Walsh a investigar el asesinato del abogado Marcos Satanowsky.5 Tanto Operación Masacre como Caso Satanowsky contenían una denuncia respecto al accionar del Estado, en la que, siguiendo a Eduardo Romano (2000: 92), el escritor buscaba descubrir “algo que la palabra oficial -la que detenta el poder y establece legalidad- necesita silenciar, ocultar, mantener fuera del circuito público”.

Walsh expresaba en el prólogo a la primera edición de Operación Masacre: “Escribí este libro para que actuara… Investigué y relaté estos hechos tremendos para darlos a conocer en la forma más amplia, para que inspiren respeto, para que no puedan jamás repetirse” (Walsh 1957: 9). Si en las primeras ediciones de estaobra, inscripta en el género testimonial, Walsh procuró probar los crímenes cometidos por la dictadura que había puesto fin al segundo gobierno peronista, en las reediciones posteriores, el escritor introdujo modificaciones en las que es posible observar nuevas intencionalidades políticas respecto a los efectos que buscaba generar en los lectores a través de su prosa. Tales modificaciones son aprehensibles a partir de la lectura comparada de los epílogos de la segunda edición de 1964, respecto de la tercera de 1969. En el texto de 1964 adicionaba un apartado en el que daba a conocer a los lectores el contexto de escritura que había motivado la investigación:

Cuando escribí esta historia, yo tenía treinta años. Hacía diez que estaba en el periodismo. De golpe me pareció comprender que todo lo que había hecho antes no tenía nada que ver con cierta idea de periodismo que me había ido forjando en todo ese tiempo […] Amparado en semejante ocurrencia, investigué y escribí enseguida otra historia oculta, la del Caso Satanowsky. Fue más ruidosa, pero el resultado fue el mismo; los muertos probados, pero sueltos (Walsh 1964: 144).

Aquí se presentan dos cuestiones. Por un lado, la resignificación de la tarea periodística en lo concierte al develamiento de delitos hasta entonces desconocidos para la opinión pública; la intencionalidad de contribuir desde su práctica profesional, aportando la evidencia necesaria para probar los crímenes cometidos, y condenar a los culpables. Por otro lado, el contraste entre expectativa y experiencia dejaba ver la escasa efectividad de la denuncia para el ejercicio de la justicia. Las causas de esa impunidad son explicitadas por Walsh en el “Epílogo” de la edición de 1969, en el que incorpora la siguiente reflexión: “La respuesta fue siempre el silencio. La clase de esos gobiernos se solidariza con aquel asesinato, lo acepta como hechura suya y no lo castiga simplemente porque no está dispuesta a castigarse a sí misma” (Walsh 1969: 192). Es decir, presenta una nueva denuncia: el silencio gubernamental, no es una anomalía, sino el efecto de su funcionamiento criminal.

Estas reformulaciones reflejan los cambios de percepción que el autor experimentó respecto de las potencialidades de intervención de su narrativa sobre la coyuntura política local. Si al iniciar las investigaciones periodísticas antes referidas, Walsh anhelaba el juzgamiento de los culpables por los crímenes cometidos, al promediar la década del ‘60 intentará escudriñar otros efectos políticos a través de su obra de ficción.

Tal como es posible observar en los cuentos “Nota al pie” (Walsh [1967] 2013: 419-444)y “Un oscuro día de justicia” (Walsh [1968] 2013: 461-480), el escritor comenzará a plasmar otra modalidad de intervención política. La novedad se encuentra en la intencionalidad de Walsh por trabajar sobre las capacidades de “agencia de la prosa”, entendida como la capacidad de construir ficciones que interpelen políticamente a los lectores en sus potencialidades de transformación de lo social. Es decir, trascender el ámbito de la denuncia y promover otros “efectos de sentido” en el lector; destinados al develamiento no solo de las contradicciones subyacentes en la sociedad, sino también en sus facultades para modificar el orden político y social vigente.

El cuento Nota al pie es un ejemplo de esta búsqueda narrativa. El relato es construido en dos planos. En el primero son plasmadas las sensaciones de Otero, el empleador de León de Sanctis, quien asiste al domicilio de éste tras su suicidio. El relato es acompañado por una pequeña nota al pie en la que se reproduce la carta de despedida que de Sanctis dejó a su jefe. A medida que el cuento transcurre, el texto secundario -desplegado en la nota al pie- crece hasta ocupar el centro de la narración. En él, de Sanctis informa sobre su pasado, y su decisión de desafiar los límites del trabajo manual para adquirir el oficio de traductor, al que consideraba el medio para acceder a una vida mejor. Sin embargo, el desencanto de esa expectativa es la causa principal de su última decisión:

Había conseguido ya esa habilidad que me permitía traducir cinco carillas por hora, me bastaban cuatro horas para subsistir. Me creían cómodo, privilegiado, ellos que manejan guinches, amasadoras, tomos. Ignoraban lo que es sentirse habitado por otro […]; prestar la cabeza a un extraño, y recuperarla cuando está gastada, vacía, sin una idea, inútil para el resto del día. Ellos, prestaban sus manos, yo alquilaba el alma. Los chinos tienen una expresión curiosa para designar a un sirviente. Lo llaman yung-jen, hombre usado (Walsh [1967] 2013:444)

Las esperanzas de redención a través del trabajo intelectual parecen esfumarse a medida que el personaje se afirmaba en su nuevo oficio. La toma de conciencia de la enajenación de su capacidad creativa al servicio de otros, se despliega a lo largo del texto, encontrando en la muerte la única escapatoria a la explotación. Esa conciencia adquirida en la experiencia, se presenta atravesada por la derrota de una vida que parece no encontrar salida a la alienación.

Un descubrimiento de otra índole será el que realizan los personajes del cuentoUn oscuro día de justicia”, una prosa marcada por las expectativas de salvación de un grupo de niños (al que denomina “pueblo”). Esas expectativas se dirimen al comienzo del relato, en torno a la llegada de un héroe que los redima de los peligros que los acechan. Sin embargo, el aprendizaje para esa comunidad consistirá en un descubrimiento: reconocer que el poder de redención anhelado se encontraba en su seno, en la conciencia de esa capacidad de agencia develada en la experiencia. El cuento concluye con una especie de moraleja: “el pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, la astucia y la fuerza” (Walsh [1968] 2013: 480). Walsh consideraba que este relato expresaba su primer acercamiento a la literatura estrictamente política. En él, el escritor manifestaba su primer esfuerzo por elaborar una prosa con capacidad de generar un efecto de concientización política en el lector, interpelándolo en la necesidad de actuar para transformar la realidad social.6 Es decir, una narrativa pensada como herramienta de construcción política, situada más allá de la esfera de la denuncia.

EL ‘68 Y LA CGT DE LOS ARGENTINOS

Estas nuevas intencionalidades, presentes en las búsquedas literarias y políticas de Walsh, entraron en diálogo con varios de los postulados discutidos en el Congreso Cultural de La Habana de enero de 1968.7 Las conclusiones a las que llegaron los intelectuales que participaron del encuentro fueron difundidas a través de la Declaración General del Congreso Cultural de La Habana. En ese documento se establecieron las directrices que debían de orientar las acciones de los intelectuales latinoamericanos comprometidos con la gesta revolucionaria:

[…] La medida revolucionaria del escritor nos la da en su forma más alta y noble, su disposición para compartir, cuando las circunstancias lo exijan, las tareas combativas de los estudiantes, obreros y campesinos. La vinculación permanente entre los intelectuales y el resto de las fuerzas populares, el aprendizaje mutuo, es una base del progreso cultural (“Declaración General del Congreso Cultural de la Habana”. Vida universitaria. N° 209. La Habana. 1968: 28)

En el proceder que el escritor desarrolló en los meses siguientes, es posible observar la puesta en práctica de varias de las premisas contenidas en esta Declaración. Luego de participar en el evento antes mencionado, Walsh recaló en Madrid, en donde logró entrevistarse con Perón en febrero de 1968.8 Allí además coincidió con el secretario de la Federación Gráfica Bonaerense, Raimundo Ongaro. Ese encuentro, marcará el comienzo de un camino de militancia coyunta con el sindicalismo combativo que confluyo en la CGTA.

Una vez en Buenos Aires, Ongaro contactó a Walsh para que organizase la prensa de la central.9 Los lineamientos programáticos de la misma, explicitados en “1ro de Mayo: mensaje a los trabajadores y al pueblo argentino”,10 parecen remitir a los postulados que el escritor esgrimía en “Un oscuro día de justicia”. En el Mensaje…, tras explicitar sus principios, fines y objetivos, concluía con el lema: “sólo el pueblo salvará al pueblo”.11 El “pueblo”, considerado como agente de su propia redención, precisaba descubrirse poseedor de la capacidad de “rebelarse”contra las limitaciones políticas y sociales por entonces existentes. La “rebelión de las bases” -otro de los grandes lemas lanzados desde la CGTA- buscaba expresar la modalidad de acción que posibilitaría ese umbral de redención. Es decir, sólo a través de la acción de las bases sociales subyugadas, podrían ser desafiados los límites impuestos por el orden vigente.12 En ese contexto, el carácter combativo de la central obrera, radicaba en su intención de desafiar las prohibiciones decretadas por la dictadura comanda por Juan Carlos Ongania.13 De allí que la consideración sobre las reivindicaciones de los trabajadores precisaban ser articuladas con otros sectores sociales golpeados por el Onganiato, para así conformar un “frente civil de resistencia”.

La prensa de la central funcionó como el ámbito en dónde poner en práctica esas expectativas políticas de transformación de lo social. Al mismo tiempo que, un espacio de aprendizaje político, tal como lo rememora Horacio Verbitsky:

Esto es muy importante para toda la evolución posterior de Rodolfo [Walsh], porque Rodolfo empieza ese proceso de esa manera. […] Rodolfo andaba con un grabador Phillips colgado […] recorriendo las asambleas ahí, en el edificio de los gráficos; ahí siempre había reuniones de agrupaciones afines […] Yo lo recuerdo a él, y sólo a él, que los entrevistaba, charlaba, escribía artículos para el periódico, reflexionaba mucho sobre el lenguaje, como los trabajadores decían las cosas (Arrosagaray 2006: 70-71)

Quienes participaron activamente de esta experiencia, entendían que para construir una fuerza revolucionaria resultaba imprescindible la participación de las bases. En ese sentido, el Semanario fue concebido para constituirse en un canal de contra información para comunicar lo excluido por los medios del sistema, e interpelar a los lectores respecto a esas omisiones. Además, se buscaba articular a través de este circuito informativo un espacio de organización política, en donde la denuncia respecto a los intereses representados por la dictadura -asociados al capital monopólico-14, y sus cómplices -los medios de comunicación, el sindicalismo participacionista y el vandorismo-15, debía actuar como la dínamo vinculante que permitiera la conformación del frente civil de resistencia que desde la CGTA se intentaba forjar.

En ese contexto Walsh desplegó su interéspor acceder a las historias, al lenguaje y a las inquietudes de aquellos con los que busca actuar. El primer atisbo de esa inquietud, en términos literarios, se encuentra en las notas semanales que comienzan a publicarse en la prensa de la central en torno al asesinato del sindicalista Rosendo García.16 La investigación, además de reactualizar un crimen que permanecía impune, buscaba demostrar el carácter gansteril del sindicalismo liderado por Augusto Timoteo Vandor. Cuestión que a su vez, fortalecería los planteos sindicales y políticos de la CGTA respecto al vandorismo, impugnando la capacidad de este último para representar los intereses de los trabajadores.17

La materia prima con la que contó Rodolfo Walsh para la investigación fue suministrada por Raimundo y Rolando Villaflor, dos obreros que, desde 1964, integraban Acción Revolucionaria Peronista, organización dirigida por John William Cooke. Su esposa, Alicia Eguren fue quien puso en conocimiento al escritor sobre el trasfondo de los eventos que se desarrollaron en “La Real” de Avellaneda el 15 de mayo de 1966. A través suyo, Walsh entró en contacto con los Villaflor, testigos presenciales de los asesinatos de Rosendo García, Domingo Blajakis, y Juan Zalazar (Arrosagaray 2006: 132).

El primer encuentro entre el escritor y los Villaflor se concretó en mayo de 1968. Pero la relación que Walsh entabló con ellos, terminó por exceder los fines de la investigación; aquellos militantes parecen haber generado en el escritor un nuevo tipo de descubrimiento. Según el testimonio de Lilia Ferreyra:

Rodolfo estaba impactado por la historia de toda esa familia […]. Pensá que él […] venía de estar en medio de la lectura, de la escritura, distanciado; tomar contacto directo, en un momento de gran ebullición, pasión, compromiso… Tomar contacto con gente que a Rodolfo lo conmovía, que eran los verdaderos militantes, gente muy de base, desposeídos, con ese empuje, esa fuerza (Arrosagaray 2006: 133).

Salir del enclaustramiento, para entrar en contacto con la experiencia de lucha de la clase obrera, pareció ser el factor que motorizó las inquietudes intelectuales de Rodolfo Walsh durante el estadio iniciado en 1968. Esos contactos terminaron por forjar una amistad y un camino de militancia con los hermanos Villaflor que trasciende la temporalidad de este trabajo.18 Esa estrecha relación que el escritor entabló con “los de Avellaneda” y con su experiencia de lucha, es la que buscaba vivenciar en otras manifestaciones de los trabajadores vinculados con la CGTA.

LAS DISCUSIONES INTERNAS

A poco de andar en la CGTA Walsh fue matizando sus expectativas respecto a la potencialidad política del proyecto de la central. Las primeras señales manifiestas de este cambio se presentan en sus anotaciones personales, al constatar el estancamiento del tiraje del Semanario que dirige. En su diario personal apunta “El intelectual en su trampa. Cuatro meses, quiero decir cuatro meses entirely devoted, totalmente dedicado a la clase obrera, que lo aprecia a razón de veinte mil ejemplares por mes, que no son nada, para lo bien que está hecho ese periódico (“12 de agosto de 1968”, Walsh 2007: 104). Es preciso situar esta reflexión en relación con las modalidades de distribución de la publicación. El Semanario era distribuido entre los dirigentes y militantes sindicales, a quienes correspondían las tareas de difusión entre las bases obreras. La imposibilidad de incrementar el número de ejemplares, en relación con la cantidad de afiliados, parecía dar cuenta de la escasa circulación de la prensa de la central entre los trabajadores. Walsh consideraba que el Semanario CGT debía de funcionar como una herramienta de construcción política. Sin embargo, la poca difusión del periódico entre las “bases” obreras, parecía poner en evidencia “la trampa”, es decir, la idealización del instrumento que la teoría señalaba como el medio para articular el accionar de los obreros, a los que se suponía sus principales destinatarios. Esa cuestión, lo llevará a evaluar por primera vez, la disyuntiva entre la consagración literaria y el compromiso adquirido con la CGT:

Sin tiempo para contar nada, sumergido, violando promesas, juntando arrepentimiento, y sabiendo que lo que hago está bien, apreciándome, digo en mi resolución, mi ascetismo, mi renuncia al bestsellerismo, el leonismo y toda la facilidad que brinda una Buenos Aires consumidora, brillante, fausta, finalmente aburrida (Ibíd.: 105)

Esas promesas son las realizadas a Jorge Álvarez -su editor desde 1966-, quien había adelantado el pago por la novela que Walsh publicaría en 1969.19 No obstante, el aliciente, parecía encontrarse en el auto-reconocimiento de la importancia de su apuesta política e intelectual, en detrimento de lo banal que el mundo de la literatura tenía para darle. Aunque esa percepción -el de las dos apuestas a costa de una renuncia-, no fue realizada sin revisiones, sin replanteos, sin discusiones internas que pueden observarse a lo largo de su itinerario personal. Esas disquisiciones intentarán ser resueltas a través de la búsqueda de una fórmula literaria que le permita conciliar sus dos pasiones: la política y la literatura, junto con la progresiva constatación de la dificultad de integrar sus nuevas experiencias e inquietudes políticas dentro del género novela.20

Mi relación con la literatura se da en dos etapas: de sobrevaloración y mitificación hasta 1967, cuando ya tengo publicados dos libros de cuentos y empezada una novela; de desvalorización y paulatino rechazo a partir de 1968, cuando la tarea política se vuelve una alternativa. La línea de Operación Masacre era una excepción: no estaba concebida como literatura, ni fue recibida como tal, sino como periodismo, testimonio. Volví a eso con Rosendo, porque encajaba con la nueva militancia política […] Quedaba en pie sin embargo una nostalgia, la posibilidad entrevista de redimir lo literario y ponerlo también al servicio de la revolución. […] Ésta sería en un primer análisis la contradicción principal: quiero fijar algunos datos de nuestra experiencia como pueblo, de nuestra empresa colectiva, de las mejores vidas volcadas en eso; pero también quiero encarnarme sobre ese impulso. (“16 de agosto de 1968,” Walsh, 2007:107)

Durante el año 1968 comienza para Walsh un proceso de reformulación de su propia práctica profesional en relación con los contenidos, formas y fines que debe expresar su literatura. Su reflexión se encuentra atravesada desde entonces por la búsqueda de un tono, de un estilo que, por un lado, dé cuenta de ese descubrimiento -el de la política en términos revolucionarios-, pero que además exprese las luchas populares e influya en ellas, conservando potencialidad literaria. Esa búsqueda emerge de la percepción de encontrarse ante una nueva situación, al advertir “Me he pasado ‘casi’ enteramente al campo del pueblo que además -y de eso sí estoy convencido- me brinda las mejores posibilidades literarias. Quiero decir que prefiero toda la vida ser un Eduardo Gutiérrez y no un Groussac, un Arlt y no un Cortázar” (“Diciembre, 31, 68,” en Walsh 2007: 119). El escritor consideraba que las luchas por la emancipación debían de proporcionar las bases para la construcción de una nueva cultura, superadora de los lineamientos fijados por el establishment. Por otro lado, esa ruptura con el género novela debía de impulsar una renovación en las formas de escribir literatura que expresaran la emergencia de nuevas maneras de entender y vincularse con el arte. En su diario personal, aparece recurrentemente esta inquietud, marcada por la preocupación por hallar una fórmula literaria que le permitiera el desarrollo de una nueva narrativa que cristalice esas intenciones:

En 1968 he actuado mucho más en función política que anteriormente, incluso que en Cuba.
Quiero decir, con muchas menos dudas, y con una conciencia más clara.
No por eso el qué hacer se ha presentado en forma menos acuciante. Al contrario. Mi reingreso en la órbita del marxismo ha puesto al día todas las llagas de la conciencia. La disyuntiva entre el trabajo agitativo del semanario, y el sinuoso, paciente, elaborado de la literatura se presentó con caracteres graves, que no he superado. Ahora mismo, vgr., fantaseo que la Novela es el último avatar de mi personalidad burguesa, al mismo tiempo que el propio género es la última forma del arte burgués, en transición a otra etapa en que lo documental recupera su primacía (“28.1.69,” en Walsh 2007: 126-127)

De allí el progresivo rechazo -explicitado públicamente en 1970-, por el género novela, al cual el escritor consideraba la máxima expresión de la literatura burguesa:

[…]La denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, no molesta para nada, es decir, se sacraliza como arte. […] me he criado dentro de esa concepción burguesa de las categorías artísticas y me resulta difícil convencerme de que la novela no es en el fondo una forma artística superior; de ahí que viva ambicionando tener tiempo para escribir una novela. […] Creo que […] gente más joven va a aceptar con más facilidad la idea de que el testimonio y la denuncia son categorías artísticas por lo menos equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos y esfuerzos que se le dedican a la ficción, y que en un futuro incluso se inviertan los términos: que lo que realmente sea apreciado en cuanto a arte sea la elaboración del testimonio o del documento […]es muy probable que se pueda caracterizar a la ficción general como el arte característico de la burguesía del siglo XIX y XX principalmente, y por lo tanto, no como forma eterna e indeleble sino como una forma que puede ser transitoria; a lo mejor no, pero puede ser transitoria (Reportaje a Rodolfo Walsh, reproducido en Walsh2013: 511-512. Las cursivas son nuestras)

Consideramos que esta caracterización de la novela como expresión de la sacralización del arte, responde a una interpretación en la que la literatura se encuentra escindida de las problemáticas sociales existentes, y por ende, los efectos de sentido que produce, domestican la capacidad de transformación de lo real. De allí, la apuesta por una literatura alternativa, atravesada por la potencialidad política de la denuncia y el testimonio; géneros capaces -a su entender- de corroer las bases de la ficcionalización de lo real, y con capacidad para transmitir la experiencia concreta de las luchas populares. Su legitimación como género literario resultaría -desde la perspectiva de Walsh- de las transformaciones por venir.21

Estas reflexiones son el resultado de un proceso de búsqueda y tensión que el escritor profundizó en su transcurrir en la CGTA. Sin embargo, sus expectativas respecto de la viabilidad política del proyecto de la central en el corto plazo, parecen confrontar con las limitaciones intrínsecas de la central obrera.

LOS LÍMITES

En el contexto del llamado a la unidad de la CGT, realizado por Perón durante el mes de septiembre de 1968, comienza a debatirse en el interior de la central “Paseo Colón” las acciones a emprender en relación con la convocatoria lanzada por el líder exiliado. Walsh participó de esas discusiones según consta en sus papeles personales. En esa coyuntura específica -que a nuestro entender, implicó el comienzo del fin de la CGTA-22, el escritor terminó de constatar los problemas que inhibían la “rebelión de las bases” que en sus inicios, la central combativa buscaba forjar. Por entonces, escribía en su diario personal:

Me fui lleno de congoja, pensando -como otras veces- que estamos derrotados. Pero yo hace poco que ando con ellos, y es la primera vez que escribo espontáneamente la palabra “estamos”.
Como una repentina vislumbre de que este amargo, deslucido camino, puede ser el camino. La comprensión de que los pobres son pobres, los desgraciados son desgraciados. No semidioses ni héroes.
No había nadie que galvanizara esa reunión, que con Ongaro habría sido otra cosa. Pero Ongaro está en España, tratando de convencer a Perón. […] Lo que ocurre es que todavía no “participo” a fondo, porque no encuentro la manera de conciliar mi trabajo político con mi trabajo de artista, y no quiero renunciar a ninguno de los dos (“17 de septiembre de 1968,” Walsh 2007: 108. Las cursivas son nuestras)

Estas anotaciones expresan la evaluación de la condiciones de posibilidad del proyecto político y sindical de la CGTA. Por un lado, la influencia de Perón neutralizando las iniciativas de la Central “Paseo Colón” en favor del vandorismo. Pero por sobre todo, la percepción de que el trabajo político y organizacional que desde allí se intentaba articular no cuajó en el conjunto del movimiento obrero organizado. Ese doble reconocimiento, resultado de circunstancias políticas concretas y no de teorizaciones, es el que le permite a Walsh percibir el carácter imperfecto de sus compañeros obreros, humanizarlos. Es decir, elaborar un juicio que resulta de un camino de lucha compartido, y no de la idealización de la clase obrera como sujeto redentor. Más aún, la comprobación de que la situación de explotación no genera por sí sola iniciativas transformadoras, ni liderazgos. La inexistencia de cuadros políticos y sindicales que medien las diferencias y organicen las acciones a emprender, dejaban en evidencia los problemas que albergaban los planteos de la CGTA, situación que se pronunciará en los meses siguientes, cuando gran parte de los gremios adherentes a la central “Paseo Colón” se pasen al vandorismo.

Para diciembre de 1968, la inviabilidad del proyecto político y sindical de la CGTA resultaba evidente para Walsh. En esa coyuntura, reflexionaba sobre las motivaciones que lo impulsaron a participar en la iniciativa sindical y política comandada por Ongaro. También, acerca de las razones de su creciente desencanto. Al respecto escribía en su diario personal:

Es indudable que la figura de Ongaro me atrajo de inmediato. Vi en él un revolucionario - como lo había visto a Masetti- un jefe, alguien capaz de llegar al sacrificio por sus ideas. Todo esto, probablemente sea cierto aún. […] es evidente sin embargo que CGTA ha fracasado en los objetivos que nos proponíamos, y que con ella hemos fracasado nosotros. Ongaro es un constructor de emociones, pero carecimos de un espíritu de organización. La única organización que sigue en pie es el periódico (“9 de diciembre de 1968,” Walsh 2007: 115-116. Las cursivas son nuestras)

La evaluación realizada por Walsh, pone en el centro de la cuestión las limitaciones de la conducción de Ongaro en el despliegue del programa de la CGTA contenido en el “Mensaje del 1ro de Mayo”. La falta de organización del accionar concreto del sindicalismo combativo parece emerger como la clave de aquello que comienza a percibirse como una derrota. Una vez más, la enunciación de un nosotros ante el desencanto de las potencialidades políticas de la central combativa. Cabe preguntarse sobre la esfera de pertenencia que abarca ese nosotros: ¿A quiénes se incluye en la escritura de ese pronombre? ¿A aquellos llegados desde la exterioridad del mundo sindical, interpelados por la posibilidad de participar junto al “sujeto revolucionario” en un proyecto político que parecía expresar sus expectativas de transformación económico-sociales? En este examen, aparece cuestionada la confianza depositada en esta iniciativa obrera, pero por sobre todo, no haber evaluado las limitaciones que desde el inicio se presentaron en ella, tal como se observa en el siguiente apartado:

Había […], un impulso positivo de franquear las barreras ideológicas del peronismo, de quebrar la tradición macartista […] Lo que quedaba organizado, como burocracia a sueldo y vestigio de lo antiguo era la derecha del movimiento obrero: Ortigoza, Ferraro, etc.
La estructura de la CGT, heredada de la conducción anterior, se aceptó sin modificación alguna, sin preguntarse si esa estructura sirve al movimiento obrero en esta etapa, o no.
Es claro que no se trata simplemente de anular esa estructura […]. Se trata de una conversión gradual de la estructura a otra más eficaz. Convertir, si se quiere, un vasto aparato postulante en un aparato más pequeño pero más erguido de lucha. Esto no se hizo.
La rebelión de las bases quedó en los papeles. Las bases no tuvieron expresión real, no se integraron orgánicamente en la CGT. De ellas no surgieron dirigentes, activistas, cuadros.
De este modo, por cierto, los movimientos de protesta fracasaron. La CGT fue quedando cada vez más desnuda frente al enemigo, y el gobierno no tuvo necesidad de intervenirla. La maniobra de unidad promovida por Perón le asestó un golpe decisivo. (“19 de diciembre de 1968,” en Walsh 2007: 115-117. Las cursivas son nuestras.)

Desde la perspectiva del escritor, la falla medular que determinó el fracaso del proyecto político y sindical de la CGTA se hallaba en la estructura misma sobre la cual se pretendió construir un sindicalismo alternativo, que impidió romper con las viejas prácticas burocráticas y, forjar un nuevo tipo de dirigencia sindical conectada con las bases obreras. La apertura a otras fuerzas políticas y sindicales, primer signo positivo de la propuesta combativa, no logró articularse en formas concretas de acción que posibilitaran la organización del “frente de masas policlasistas” que en sus inicios proyectaba forjar. La radicalidad de los combativos quedaba reducida a las proclamas. El carácter renovador de las palabras enunciadas en el “Mensaje del 1ro de Mayo” no se tradujo en nuevas modalidades de intervención sindical y política que lograran neutralizar la influencia de Perón sobre la órbita sindical. Walsh era consciente de las habilidades del líder exiliado para incidir sobre el contexto local según sus planes políticos. Al respecto, Horacio Verbitsky dice a su entrevistador: “Él [Walsh] […] tenía una desconfianza absoluta respecto de Perón y esas discusiones se acentuaron a medida que llegaba el ‘72, con toda la campaña del retorno de Perón” (Arrosagaray 2006: 69). Sin embargo, el carácter aguerrido de Ongaro y la propuesta sindical y política lanzada en mayo del ‘68, parecieron disponer -en un primer momento-, de la capacidad para “franquear las barreras ideológicas del peronismo.” A poco de andar, las limitaciones de la central obrera parecían demostrarle lo contrario. Esa percepción lo condujo a replantearse -una vez más- los fines de su propia práctica:

[…] Estoy cansado y derrotado, debo recuperar una cierta alegría, llegar a sentir que mi libro también sirve, romper la disociación que en todos nosotros están produciendo las ideas revolucionarias, el desgarramiento, la perplejidad entre la acción y el pensamiento, etc.
Tiene que ser posible recuperar la revolución desde el arte. […] Recuperar, entonces, la alegría creadora, sentirse y ser un escritor; pero saltar desde esa perspectiva el cerco, denunciar, sacudir, inquietar, molestar. […] Puedo, incluso, incorporar la experiencia realizada en CGT, no como tema, sino como visión del mundo y las formas de lucha. El libro tiene que ser una denuncia, clara y diáfana, etc…
¿Podré? (Ibíd: 117-118. El destacado es nuestro)

Los objetivos fallidos de la CGTA conducen a Walsh a repensar de qué manera participar en la gesta revolucionaria, aunque sin renunciar a lo específico de su disciplina: la creación literaria. Persiste en él la intención de encontrar la manera de conciliar acción y pensamiento, de hallar el modo en que el arte contribuya a la transformación de las condiciones políticas y sociales existentes sin perder su capacidad creativa. Crear una literatura que inquiete a quienes detentan el poder. La clave de esa operación literaria parece encontrase en el plano de la denuncia, concebida como el medio para configurar una literatura política y revolucionaria. Lo cual no implicó una renuncia al arte de escribir, sino el desafío por encontrar nuevas maneras de hacerlo.

CONCLUSIONES

Desde las primeras intervenciones públicas de Rodolfo Walsh, es posible observar una preocupación por intervenir en el ámbito político desde su especificidad profesional. Si los crímenes perpetrados por la autodenominada “Revolución Libertadora” habían posicionado al escritor en el lugar de la denuncia, su experiencia política en la CGTA marcó el inicio de una nueva fase político-intelectual, en donde lo denunciado pretende ser una herramienta de construcción política. La distancia entre una y otra etapa parece dejar en evidencia para el autor que las pruebas y las acusaciones no bastan para lograr el efectivo juzgamiento a los culpables por los crímenes cometidos. Entre uno y otro estadio, comprende la participación y complicidad estatal en los delitos denunciados. En el medio, el proceso abierto por la Revolución Cubana, junto con las luchas de liberación nacional que se estaban desarrollando por entonces en Argelia y Vietnam, parecían dar cuenta de la inauguración de un tiempo nuevo, en el cual era posible contribuir a la formación de una nueva cultura.

El espacio de experiencia abierto por esos acontecimientos habilitó un horizonte de expectativa con el que muchos intelectuales se identificaron, y con el cual varios intentaron contribuir desde la especificidad de sus profesiones. Por ello entendemos que las interpretaciones que tienden a explicar la “politización” y “radicalización” de los intelectuales en términos de necesidades insatisfechas producto de las limitaciones del “campo intelectual” argentino pierden de vista no solo las especificad de dicho proceso, sino también las instancias de resignificación y producción intelectual en los términos de la época (Caruso 2015; 2016).

En ese sentido, consideramos que en ese horizonte de expectativa es donde debe inscribirse la constante resignificación de la obra de Walsh. Hacia 1968, la CGTA se presentaba como el espacio propicio para contribuir con la gesta por la liberación nacional. Ese fue el contexto en donde desplegó la intención de dotar a su arte de nuevas dimensiones nutrido por un conjunto de experiencias colectivas. Fue en ese ámbito donde profundizó su preocupación por conciliar su práctica profesional con sus expectativas revolucionarias. Esas motivaciones, no implicaban a fines de la década del ´60 la renuncia a alguna de esas dos dimensiones que parecen interpelarlo. De hecho, su experiencia como intelectual estuvo signada por un compromiso bifronte: con la literatura y con las gestas políticas de su tiempo.

Notas

1. El artículo fue publicado en Rosa Blindada. N°6. 1965.

2. Es de destacar que no presenta ningún documento ni testimonio -más allá de su interpretación-, que sustente esa afirmación.

3. Retomamos las reflexiones realizadas por Joan Scott (2001:49,50) en relación al concepto de experiencia, en tanto considera que “No son los individuos los que tienen la experiencia, sino los sujetos los que son constituidos por medio de la experiencia. En esta definición la experiencia se convierte […] en aquello que buscamos explicar, aquello acerca de lo cual se produce el conocimiento.”

4. La versión preliminar de la investigación fue publicada en diciembre de 1956 en la revista Propósitos, dirigida por Leónidas Barletta. Sin embargo, las presiones que este último recibió por parte de los servicios de inteligencia del Estado luego de las primeras entregas de la pesquisa, cancelaron las posibilidades de continuar su publicación. A ello se debe que los avances posteriores de la investigación se difundieran entre enero y marzo de 1957 en Revolución Nacional, la revista dirigida por Benito Cerrutti Costa. Ante la imposibilidad inicial de hallar un editor que publicara la investigación en formato libro, Walsh se vio obligado a difundir la versión definitiva de la obra en nueve entregas en la revista de tendencia nacionalista Mayoría, dirigida por Bruno y Tulio Jacovella, entre el 27 de mayo y el 31 de julio de 1957.

5. Las dificultades para su publicación fueron similares a las que experimentó con los preliminares de Operación Masacre. Finalmente, los avances sobre el caso Satanowsky, fueron publicados en Mayoría en dos series: la primera compuesta por quince reportajes que aparecieron entre el 9 de junio y el 15 de septiembre de 1958, mientras que la segunda estuvo integrada de doce entrevistas publicadas entre el 6 de octubre y el 28 de noviembre de ese año. La investigación fue editada como libro por la editorial De La Flor quince años después de su finalización.

6. Según manifestaba en la entrevista que Ricardo Piglia le realizara en 1970. Allí planteaba: “Creo que ése es el pronunciamiento más político de toda la serie de cuentos, y muy aplicables a situaciones muy concretas nuestras: concretamente al peronismo, e incluso a las expectativas revolucionarias que aquí se despertaban o se despertaron con respecto a los héroes revolucionarios, incluso con respecto al Che Guevara”, en “Reportaje de Ricardo Piglia a Rodolfo Walsh”, reproducido en Walsh (2013: 508).

7. Walsh integró junto con León Rozitchner, Ricardo Piglia, y Francisco “Paco” Urondo, la delegación argentina que participó del evento. Además, participó como el jurado de la novena de la edición del Premio Casa de las Américas de ese año.

8. Las percepciones del escritor sobre el líder exiliado quedaron plasmadas en el relato “Ese Hombre”, disponible en Walsh (2007: 277-285).

9. Entrevista a Horacio Verbitsky, en Arrosagaray (2006: 68-132)

10. Semanario CGT, N° 1, 1 de mayo de 1968: 1-3.

11. Ibíd. p. 3.

12. “Las calles son del pueblo”, Semanario CGT, Año I, N° 4, 23 de mayo de 1968: 1.

13. Recordemos que la autodenominada “Revolución Argentina” suspendió el funcionamiento de los partidos políticos y de las instituciones democráticas, en aras de la consolidación del “tiempo social”, condición necesaria para el restablecimiento del “tiempo político”.

14. Cfr. “Los monopolios en el poder,” Semanario CGT, N° 1, 1 de mayo de 1968: 6; “Historia negra de los monopolios eléctricos”, Semanario CGT, N° 2, 9 de mayo de 1968: 6; “La dictadura de los banqueros,” Semanario CGT, N°3, 16 -5-1968: 6.

15. Cfr. “Los frutos de la colaboración,” Semanario CGT, N° 4, 23 de mayo de 1968: 3; “Dialogan, participan, traicionan,” Semanario CGT, N° 4, 20 de junio de 1968: 3.

16. ¿Quién mató a Rosendo? se publicó originalmente en seis entregas en el Semanario CGT, entre el 16 de mayo de 1968 y el 27 de junio de 1968. Un año después, un mes antes del Cordobazo, la investigación fue publicada como libro por la editorial Tiempo Contemporáneo. La variaciones de las notas publicados en el Semanario respecto al libro, han sido analizadas por Dawyd (2012)

17. El viernes 13 de mayo de 1966, en la pizzería La Real del centro de Avellaneda, un balazo mató por la espalda a Rosendo García, dirigente de la UOM local. García era calificado por el semanario Primera Plana como el “brazo derecho de Vandor” y posible candidato a gobernador de Buenos Aires en las elecciones de 1967. Las primeras versiones afirmaron que las balas iban dirigidas a Vandor y habrían provenido de un grupo de desconocidos que provocaron a aquél y a sus acompañantes. Esta versión fue sostenida por el dueño de La Real. Además de Rosendo García murieron Domingo Blajaquis, referente del Acción Revolucionaria Peronista de Avellaneda, caracterizado por el semanario como “un dirigente menor de la localidad de Gerli”, y Juan Zalazar. Primera Plana, Nº 177, 17 de mayo de 1966: 13.

18. Sobre la amistad entablada entre el escritor y los hermanos Villaflor ver la entrevista a Rolando Villaflor, Ibídem, p. 95. Acerca de las relaciones políticas con los Villaflor, ver Onrubia Rebuelta (2007: 35-47)

19. Las regalías anticipadas le procuraron la base del sustento material durante esos años.

20. Walsh integró el jurado del “Primer Premio Anual” al género testimonio de Casa de las Américas que se realizó en enero de 1969. Celebraba la iniciativa de la institución porque constituía “la primera legitimación de un medio de gran eficacia para la comunicación popular”, Casa de las Américas, Nº 200. 1969: 121.

21. Para un análisis pormenorizado de la cuestión véase Caruso (2014).

22. Carta a Donald Yates, 5 de junio de 1957, reproducida en Walsh (2007: 31-41). En el mismo sentido se expresa el autor en el relato inconcluso “Ese hombre”, elaborado luego de visitar a Perón en Madrid, en Walsh (Ibíd.: 279-285).

REFERENCIAS

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