Scheck

Páginas de Filosofía, Año XIX, Nº 22 (enero-diciembre 2018), 153-158
Departamento de Filosofía, Universidad Nacional del Comahue
ISSN: 0327-5108; e-ISSN: 1853-7960

http://revele.uncoma.edu.ar/htdoc/revele/index.php/filosofia/index

DISCUSIONES/DISCUSSIONS

LA FILOSOFÍA Y LAS POLÍTICAS DE INVESTIGACIÓN: LA UTILIDAD DE LA IMPRODUCTIVIDAD EN TIEMPOS DE CRISIS.

(Presentación).

Daniel Omar Scheck
Departamento de Filosofía
Universidad Nacional del Comahue

Los tres artículos que aparecen a continuación, reunidos bajo la sección denominada “Discusiones”, se corresponden con versiones más breves y compactas presentadas en la Mesa Plenaria inaugural del XVIII Congreso Nacional de Filosofía, organizado por la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de San Juan y la Asociación Filosófica de la República Argentina (AFRA), en la ciudad de San Juan, entre los días 4 y 6 de octubre de 2017. La mesa se titulaba: “El debate sobre políticas de investigación en las humanidades en el Siglo XXI”. Las ponencias originales fueron revisadas y ampliadas por los autores, y enviadas para su evaluación por Páginas de Filosofía.

El título de la mesa, para ser honesto, no se corresponde cabalmente con los temas desarrollados en las ponencias, ni tampoco, por ende, en los trabajos que aquí se publican. En general, el punto central es la situación particular y actual de la filosofía; por eso se dice un poco menos sobre las “humanidades” o “ciencias humanas”, y aún menos sobre las “políticas de investigación”. La relación de la filosofía con el resto de las humanidades, asumiendo que formamos parte de esa congregación -probablemente promovida por la propia filosofía-, es compleja y problemática. No parece que eso ocurra por una resistencia al rótulo mismo, o por cierto malestar frente a otros integrantes del grupo, mucho menos por algún resentimiento encubierto hacia el otro clan consolidado (el de las ciencias duras, exactas, formales, o simplemente “ciencias”). En rigor, los y las que hacemos filosofía no nos sentimos demasiado a gusto en ninguna estructura organizativa de las disciplinas. Los encargados de organizar el mapa de las disciplinas, por su parte, tampoco se sienten muy cómodos al momento de ubicarnos en algún lugar de la grilla. De hecho, nos cuesta incluso autodefinirnos, porque somos docentes e investigadores en filosofía, quizá “maestros universitarios” –como sugiere Claudia D’Amico-, pero raras veces “filósofos” o “filósofas”, porque esa etiqueta suena pretenciosa. Pero además, tenemos problemas para ubicar el tipo de conocimiento que producimos en el contexto que proporcionan las otras disciplinas humanas o sociales; peor aún respecto al que generan las “ciencias”. También nos pone en aprietos explicar en qué consiste “hacer investigación” en filosofía, justificar la inversión que recibimos, mostrar el impacto de lo que producimos, y dar cuenta de su utilidad y vigencia, entre otras perplejidades crónicas.

Hace unos años, dictando una asignatura filosófica en una carrera que no lo es, pregunté si alguien tenía alguna idea de lo que era la filosofía, una respuesta repetida fue “la madre de todas las ciencias” (Fabián Mié hace referencia a esta idea en su escrito). Nadie supo decir quién sería el padre y, luego de varios siglos engendrando sin un claro referente paterno, es poco probable que aparezca para hacerse cargo de los hijos mutuos. El sistema de subsidios y financiamiento estatal, conformado por personas que muy probablemente tengan títulos universitarios provenientes de alguna de las ciencias que son hijas de la filosofía, tampoco tiene problemas en abandonar a esta madre aturdida. De hecho, algunos funcionarios de turno, aquellos que deciden las políticas de investigación y los “planes estratégicos” de promoción y subvención, parecen ser los únicos que tienen claro qué es la filosofía y cuál es su rol en el futuro inmediato -que ya es una parte del pasado en el presente desde el que hacemos esta publicación. No hay demasiado lugar, ni demasiadas partidas presupuestarias, para lo que sea que hagan quienes se dedican a la investigación en filosofía. En ese sentido, podría pensarse que la filosofía es una suerte de “madre sacrificada”, soltera, abandonada y sin el apoyo estatal, que además se saca el pan de la boca para dárselo a sus hijos, que tienden a “romperle el corazón” y apartarse de ella muy tempranamente y sin remordimientos.

Para ser más justos con la filosofía -y con las madres-, tal vez sea mejor pensarla como una “raíz” o un “tronco”, desde el cual brotaron, crecieron, y luego se desprendieron, distintas disciplinas y áreas de conocimiento que fueron independizándose progresivamente, como también menciona en algún pasaje Fabián Mié. Aunque no estemos de acuerdo con esa caracterización, o función, que se le atribuye a la filosofía -que en algún momento fue claramente una autoatribución-, puede pensarse que algo como eso es lo que ocurre en gran medida. Una forma de ejemplificar este proceso, y a la vez mostrar alguna faceta del “impacto” y el rol de la filosofía, es fijarse en lo que acontece con el desarrollo de la ética, un área tradicional y con peso propio dentro de nuestro campo. La ética aplicada, una rama que con el devenir de las décadas se expandió de forma paralela a la ética teórica y normativa, se afianzó y logró enraizar en distintas disciplinas y prácticas profesionales. Es proverbial, en ese marco, el surgimiento y raudo ascenso de la Ética biomédica o Bioética. Primero brota la necesidad de reflexionar filosóficamente sobre algunos problemas éticos puntuales de la práctica médica, luego se conforman teorías éticas puntuales para enfrentar y dar distintas respuestas ante esos casos. Se reeditan y extrapolan, entonces, las corrientes éticas tradicionales de la filosofía al campo de la medicina: se desarrollan éticas basadas en principios, de corte deontológico y kantiano; algunas más enfocadas en las virtudes y en los compromisos afectivos, de corte más bien aristotélico; y otras con un marcado ingrediente utilitarista, preocupadas por las consecuencias y resultados.

Pero luego emergen problemas más específicos dentro del campo de la salud, vinculados a otras profesiones y prácticas puntuales. Para el caso, los profesionales de enfermería comienzan a cuestionar el alcance de los principios y normas que discuten los médicos para el ejercicio de su propia disciplina. Entonces, comienza a desarrollarse también una ética de la enfermería, con un enfoque específico que aborda temas propios de esa práctica. Nuevamente, las reflexiones se hacen desde posiciones que recuperan las teorías éticas clásicas, pero ahora hay que ajustar principios, normas y cálculos al marco de la enfermería. En todo este proceso, claro, se disparan otros interrogantes desde el interior de esa disciplina: ¿cuáles son los principios éticos que deberían guiar el ejercicio profesional de la enfermería?, ¿cómo plasmar las convicciones y las prácticas consuetudinarias en un código deontológico de amplia validez?, ¿cómo respetar la autonomía del paciente y a la vez cuidar los lazos afectivos con su entorno?, ¿qué situaciones pertenecen al ámbito de lo privado y cuáles al de lo público al momento de completar los “registros” de enfermería?; entre otras muchas que pueden mencionarse y que se asemejan a las que enfrentan los médicos, pero que requieren otras perspectivas y enfoques.

Para decirlo en jerga filosófica, surgen problemas epistémicos y gnoseológicos; preguntas sobre cómo interpretar o cómo aplicar ciertos principios; problemas metodológicos y axiológicos; formas divergentes de argumentar y sostener posiciones. Las cuestiones se subdividen, el interés se segmenta, los temas se multiplican y los problemas se vuelven cada vez más específicos (genética, fertilización asistida, eutanasia, aborto, decisiones anticipadas, etc.). Todo esto, además, en una vorágine arrolladora que comprende lo que viene sucediendo en el ámbito de la salud sólo en el transcurso de las últimas cinco décadas. Pero claro que procesos similares ocurren en otros campos del conocimiento, y en todos ellos participa la filosofía. Los “giros” que atravesaron, y siguen atravesando, a gran parte de las disciplinas y las prácticas científicas - como el giro lingüístico, el hermenéutico, el testimonial, el experiencial, o el afectivo-, dan cuenta de ello. La filosofía está presente en cada una de esas transformaciones, algunas de ellas verdaderamente radicales, desde el mismo momento en que se inician. Una vez comenzado el proceso, la filosofía acompaña y ayuda a consolidar las nuevas teorías o los nuevos enfoques. Cuando la inestabilidad se disipa, la reflexión filosófica colabora reuniendo los fragmentos, reacomodando las piezas o, al menos, ahogando la angustia existencial. En suma, la filosofía siempre tiene algo para aportar, para decir, para cuestionar, para preguntar, como señala Nicolás Lavagnino en su trabajo.

Más allá de lo anterior, si lo pienso más detenidamente empiezo a desconfiar de esa imagen de la filosofía como un tronco desde el que brotan y luego se desprenden ramas del conocimiento. Ni la medicina ni la enfermería son tales en relación a la filosofía, tampoco los genuinos problemas éticos o epistémicos que afrontan. Quizá entonces sea mejor recurrir a la imagen de algo más fluido y vital. En tal caso, para continuar con la analogía fitológica, podría pensarse en la filosofía como una suerte de savia que corre por los troncos y las ramas de muchas y muy variadas disciplinas, enriqueciendo las estructuras argumentales y nutriendo los rudimentos teóricos. Pero esta analogía también podría quedarse corta, porque los efectos de la filosofía no sólo son internos, para decirlo de alguna manera; porque también sirve para hacer podas y recortes teóricos, mantener a raya ciertos males dogmáticos y remediar los daños causados por desgracias argumentales propias y extrañas. Esta sería la “utilidad negativa” de la filosofía, para ponerlo en términos kantianos. Pero también positiva, porque si uno realiza una buena poda, el árbol crece con más fuerza y fructifica de manera más abundante en la siguiente temporada. Sin embargo, tengo depositada mi esperanza en que la lectura de los trabajos que aparecen a continuación expondrá las trampas de la utilidad, que es un arma de doble filo para disciplinas como la nuestra. Sobre todo porque el sentido de lo útil, y los parámetros de producción, se toman prestados de troncos y ramas del conocimiento que la propia filosofía nutre, pero que son ingratos al momento de reconocer la contribución recibida.

Para terminar, quisiera reflexionar sobre una dimensión de la crisis que nos afecta. En países como el nuestro, las crisis parecen cíclicas, como algunos fenómenos meteorológicos, aunque provocadas por agentes que las impulsan, las generan, y las agudizan. De alguna manera, entonces, somos autoculpables de una serie de cosas que, a la vez, hacemos y nos suceden, para utilizar una distinción ya clásica en filosofía de la acción o filosofía de la mente. Es cierto, quienes hacemos filosofía lejos estamos de ser emprendedores, al menos en el sentido que nos exigen con parámetros foráneos y desde políticas nocivas que se expanden como plagas; pero tampoco somos los primeros en sucumbir ante una situación crítica. Muchos sectores productivos, muchas disciplinas innovadoras, y muchas políticas científicas, van a rendirse antes que la filosofía siquiera empiece a marchitarse. Además de ser lamentable, esa situación nunca es ni será motivo de regodeo para quienes hacemos filosofía. No las disfrutamos, no las generamos, y las crisis que suscitamos sólo son teóricas, allí reside una ventaja de la inutilidad, en todo caso. Seguiremos leyendo, comentando, y organizando las discusiones; seguiremos cuestionando y desconfiando de la ubicuidad de ciertos términos; seguiremos promoviendo la cultura y el conocimiento en general mientras hacemos mucho más que lo indicado por esa infausta planilla. Un párrafo aparte merecen quienes no tienen una posición medianamente consolidada dentro de la academia, en las universidades y/o en el Conicet; o quienes comienzan a estudiar, o cursan ya carreras como la nuestra; o incluso quienes están intentando proyectarse en el posgrado y la investigación. Para esas personas el recorte llegó demasiado pronto, la poda fue extemporánea, los frutos serán exiguos.

Por último, en calidad de organizador de la Mesa Plenaria inaugural en la que se presentaron versiones preliminares de estos trabajos, quisiera expresar mi agradecimiento a los organizadores del XVIII Congreso Nacional de Filosofía por ofrecernos ese espacio central para exponer nuestras ideas, preocupaciones y argumentos. Por otro lado, en nombre del Comité Editorial de Páginas de Filosofía, quisiera agradecer muy especialmente a los autores por confiar en nuestra revista para publicar sus trabajos; tanto como a la inestimable contribución de los evaluadores y los miembros del Comité Asesor, Editorial y de Redacción. Como Director saliente, destacar la labor de la Secretaria de Redacción, quien se sobrecargó de tareas, ante la falta de recursos y personal de apoyo, para que este número salga a la luz, con la excelencia y calidad que ya son una sana costumbre.

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