Louis Althusser y su temprana recepción de las notas carcelarias gramscianas

ARTÍCULO

Louis Althusser y su temprana recepción de las notas carcelarias gramscianas

Louis Althusser and his early reception of gramscian prison notes

 

Sebastián Gómez
sebastianjorgegomez@gmail.com

Judith Naidorf
judithnaidorf@gmail.com

Facultad de Filosofía y Letras – UBA; CONICET. Argentina

Recibido: 30|06|17
Aceptado: 30|03|18

 


Resumen
El artículo contribuye al abordaje de la temprana recepción de Louis Althusser (1918-1990) de los escritos carcelarios de Antonio Gramsci (1891-1937). De manera reiterada se ha asumido el vínculo de Althusser con Gramsci en los años 60 en términos de animosidad. Por el contrario, el artículo sugiere que la lectura althusseriana resultó, por un lado, ambivalente y productiva al indicar caminos para trabajar con el legado gramsciano y, por otro, un medio para obtener ciudadanía en los debates marxistas italianos de aquellos años.

Palabras clave: Althusser; Gramsci; Proyecto althusseriano; Historicismo; Estructuralismo.

Abstract
The article contributes to addressing the early reception of the prison writings of Antonio Gramsci (1891-1937) by Louis Althusser (1918-1990). Repeatedly, it has been assumed the Althusser’s link with the Italian Communist in the 60s in terms of animosity. On the contrary, the article suggests that Althusser's reading was, on the one hand, ambivalent and productive in suggested ways to work with his gramscian legacy and, on the other hand, a means to obtain citizenship in the Italian Marxist debates of those years.

Key words: Althusser; Gramsci; Althusserian project; Historicism; Structuralism.


 

INTRODUCCIÓN

Desde la historia intelectual, el artículo aborda la temprana recepción del comunista y filósofo frances Louis Althusser (1918-1990) de los escritos carcelarios de Antonio Gramsci (1891-1937). Asumido, en la mayoría de las ocasiones, como un vínculo despectivo y de franca animosidad, se pretende contextualizar y ahondar la precoz crítica althusseriana a las notas gramscianas, reparando en algunas zonas habitualmente opacadas. El escrito busca así contribuir a la historia intelectual de la recepción de Gramsci durante la segunda mitad del siglo XX.

En los años 60 la discusión en torno al carácter historicista o estructuralista del marxismo dio lugar a lo que André Tosel denominó “el último gran debate teórico del marxismo en el siglo XX” (1995: 9). Italia y Francia resultaron dos polos decisivos de esta contienda. En términos generales, en la historia intelectual latinoamericana sobre los años 60 se estableció una oposiciónn canónica que tendió a fijar al althusserianismo y al gramscismo no sólo como dos corrientes marxistas antagónicas sino también como referencias de alineamiento. Es frecuente sugerir que el auge del marxismo estructuralista por aquella época contrajo un conocimiento de Gramsci a través de la obra de Althusser y, por tanto, de una forma difusa, siendo un obstáculo para su recepción creativa y productiva. Esta tesis, compartida en Argentina por algunos autores1, se reitera en los estudios sobre la recepción de Gramsci en América Latina, tal como apuntó Starcenbaum (2011): Nogueira (1988) plantea que la obra de Gramsci se encontró con una intelectualidad inundada de estructuralismo y del efecto Althusser; Coutinho (1991) sostiene que el privilegio alcanzado por la supuestamente radical obra althusseriana relegó la producción gramsciana; Córdova (1991) apunta como lamentable el hecho de que la figura de Gramsci fuera conocida a través de las críticas althusserianas; Massardo (1990) considera que la legitimidad alcanzada por el althusserianismo conllevó una postergación de la recepción de Gramsci, impidiendo una valoración de la productividad de su obra; Hobsbawm (2011 [1996]) asegura que la actualidad de Althusser en América Latina en los 60 bloqueó el camino de Gramsci.

Presumiblemente el marcado tono antialthusseriano de algunas de estas interpretaciones esté atravesado por el balance crítico de la izquierda latinoamericana respecto del derrotero teórico de los años 60. El gramscismo descubierto entrados los 70 y los 80 daría respuesta a cuestiones obturadas por el althusserianismo clásico que por entonces se encontraba en crisis. Como es notorio, la tesis de una incompatibilidad entre gramscismo y althusserianismo se estructura cuando la izquierda latinoamericana llevaba a cabo un proceso de deconstrucción del marxismo y, en particular, del momento clásico althusserianismo, ensayando nuevos códigos a la altura de las exigencias de aquel presente.2

En los últimos años, resurgió un interés por los vínculos entre el pensamiento gramsciano y althusseriano. Así, no sólo se apuntaron articulaciones entre ambas corrientes por parte de autores/as o colectivos políticos de los años 60 y 70 (Starcenmbaun, 2016) sino también nuevas camadas de marxistas propiciaron novedosas intersecciones teóricas. En este sentido, seguramente sean casos emblemáticos el trabajo de Peter Thomas (2009) que ha reavivado el debate por el vínculo Althusser – Gramsci en el marxismo europeo y la labor de Vittorio Morfino (2012; 2015) cuya teoría de la temporalidad plural tiende a reducir la brecha entre la obra althusseriana y gramsciana. Como síntoma de este renovado interés, la revista de estudios althusserianos Décalages recientemente publicó un copioso dossier dedicado al vínculo Althusser – Gramsci.

Bajo esta estela, el artículo pretende regresar a la lectura propuesta por Althusser de los escritos carcelarios gramscianos, reponiendo algunos nudos del acalorado debate de los años 60. ¿Por qué reparar en aquel momento de la obra althusseriana? La consensuada línea historiográfica acerca de la incompatibilidad Althusser – Gramsci aludida, sugiere que el tratamiento extremadamente crítico del filósofo francés sobre el comunista italiano en los años 60, especialmente en Lire le Capital (Para Leer el Capital,escrito junto con Étienne Balibar y traducido al español por Marta Harnecker en 1969), habría sido tan rotundo que eclipsó a la obra gramsciana. En cambio, hacia los años 70 y en el marco de la autocrítica althusseriana, distintos intérpretes (De Ípola, 2007; Kanoussi, 2012; Panagiotis Sotiris, 2016) han insinuado ciertas afinidades teóricas entre el filósofo francés y Gramsci, superando así el desencuentro teórico de años previos. En este marco, el artículo se detiene en la temprana lectura althusseriana, (denominada clásica o estructuralista) que contiene una serie de críticas a Gramsci que suelen considerarse furibundas y despectivas, sugiriendo trazos habitualmente omitidos. Además, hacia fines de los 60, las sucesivas derrotas de los levantamientos obreros y estudiantiles en Europa occidental, las repercusiones de la invasión de Chescolovaquia por la tropas del Pacto de Varsovia, entre otros acontecimientos históricos, sedimentarán otro ciclo de lectura de Gramsci en el ámbito francés: se pasará a jerarquizar las reflexiones en torno a la superestructura (puntualmente, alrededor del Estado) de los Quaderni dal carcere, distanciándose de la polémica centrada en el plano filosófico o epistemológico, tal como proponía Althusser en los años anteriores.

Se asume que en el estudio de la recepción de una obra no se trata de develar operaciones correctas e incorrectas en referencia a una interpretación válida sino de comprender modalidades y condiciones de posibilidad socio-históricas de determinados empleos. La recepción guarda un carácter activo al operar sobre el texto y hasta implica una mutación: el/la lector/a pasa a ocupar el sitio de autor/a (Tarcus, 2007; Canavese, 2015). En definitiva, se trata de arrojar luz sobre las mediaciones o adaptaciones que determinados agentes realizan, atendiendo al campo de polémicas en el que están insertos.

El artículo consta de tres partes. La primera se consagra a delinear el proyecto político-teórico althusseriano en los años 60. La segunda repara en la interpretación de Althusser del legado gramsciano por aquellos años, mostrando algunas ambivalencias y su pretensión de situarse en el debate del marxismo italiano. Por último, a modo de cierre, se enfatiza la productividad de la temprana lectura althusseriana sobre Gramsci como así también la perseverante ambigüedad teórica del filósofo francés respecto al comunista italiano.

CONSIDERACIONES SOBRE EL PROYECTO ALTHUSSERIANO CLÁSICO

Si bien el asunto es sumamente espinoso, a los fines del artículo resulta interesante delimitar dos fases en el pensamiento de Althusser entre los años 60 y principios de los 70. La primera fase se encuentra constituida por los textos (algunos publicados en revistas con anterioridad) que se agrupan alrededor de dos obras principales: Pour Marx (traducido al español por Marta Harnecker como La Revolución teórica de Marx en 1967)y Lire le Capital, ambas de 1965. Entre los escritos de esta fase, existen otros que podrían asumirse como modulaciones de las tesis sostenidas en las citadas obras: “Teoría, práctica teórica y formación teórica. Ideología y lucha ideológica”, de abril de 1965 incluido en la revista teórica del Partido Comunista Francés (PCF), Les cahiers du communisme; “Materialismo histórico y materialismo dialéctico”, publicado en Cahiers marxistes-léninistes, núm. 11, abril de 1966; “Sobre el trabajo teórico”, La Pensée, núm. 132, abril de 1967. La segunda fase se caracteriza por un intento de rectificación de las tesis fundamentales sostenidas hasta el momento, que inaugura un derrotero que culminará en su reconocida propuesta del materialismo aleatorio. En esta línea de creciente revisión podrían ubicarse escritos como “Curso de filosofía para científicos” (expuesto en 1967 e inédito hasta 1974); Lenin y la filosofía(1968); “Ideología y Aparatos Ideológicos de Estado” (1969); “Respuesta a John Lewis” (1973); “Elementos de autocrítica” (1974).

El rasgo distintivo de la primera fase refiere a la fundamentación de la autonomía e irreductibilidad de la práctica teórica, configurando una interpretación de Marx y el marxismo en que se jerarquizaban cuestiones epistemológicas y filosóficas con derivas políticas imprevisibles. Aunque resulte embarazoso, entre otras razones, porque el propio autor rechazó dicho encuadre, es posible afirmar que en esta primera fase el proyecto prosiguió la axiomática global del estructuralismo levistraussiano (De Ípola, 2007).

El XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (1956), el primero después de la muerte de Stalin (1953), arrojó luz sobre atrocidades del régimen soviético, cuestionó profundamente el papel del fallecido líder y desencadenó levantamientos populares. La denuncia al culto a la personalidad abría un inédito escenario. Esta crisis del stalinismo se profundizó a través de la ruptura chino-soviética a inicios de los 60 que produjo la escisión entre las dos grandes potencias comunistas y polémicas en torno a la interpretación del marxismo por parte de la línea maoísta y soviética. Este marco abría, según Althusser, la posibilidad de volver a Marx y construir la filosofía marxista en su integralidad, alejada de la visión economicista y dogmática. Sin embargo, a la caída del dogmatismo, esgrimía Althusser, le había sucedido el oportunismo y pragmatismo basado en lecturas humanistas que se apoyaban en las denominadas “Obras de juventud”de Marx, especialmente, Los manuscritos económicos filosóficos de 1844 (que vieron la luz en lengua francesa en 1962). Esta corriente idealista, subjetivista, humanista historicista, voluntarista, contaba, argumentaba el autor, con diseminados teóricos.3 Roger Garaudy (1913-2012), el principal filósofo oficial del PCF por entonces era uno de ellos. El humanismo socialista, promovido por la propia URSS, se ponía de moda como alternativa al dogmatismo y la deshumanización de la política stalinista. Entonces mientras el período del culto a la personalidad había retraído el desarrollo de la teoría marxista, la alternativa surgida al calor de la crisis del comunismo no resultaba fructífera ya que, aseguraba Althusser, tornaba al marxismo un mero instrumento ideológico con el fin inmediato de la lucha política, socavando su indagación y estudio y, por extensión, la especificidad de la práctica teórica (Di Maggio, 2016). Este movimiento de supuesta renovación se restringía a un mero apego a la letra de Marx (lectura literal), sin una indagación profunda. En suma, Althusser trató de combatir la pareja economicismo-historicismo/humanismo. Se trataba de renovar al marxismo, sin desembocar en el revisionismo.

Althusser estructuró un vínculo tenso con el PCF (Anderson, 1985). Optó por evitar confrontar abiertamente con las directivas de éste en pos de mantener su actividad en el principal nucleamiento de la clase obrera francesa. A cambio, el Partido permitía su libre ejercicio de la reflexión teórica. Aunque el vínculo permaneció plagado de tensiones, el autor preservaba así su doble condición de comunista y de filósofo.

El filósofo francés contribuyó decididamente a la actualización y renovación del marxismo en la tradición francesa durante los años 60. Colocó en diálogo a la teoría marxista con elaboraciones teóricas de su tiempo en diversos terrenos: el psicoanálisis lacaniano, la antropología estructural levistraussiana, las contribuciones de Roman Jakobson desde la lingüística, los aportes epistemológicos de Gastón Bachelard o Georges Canguilhem. La obra gramsciana no le resultó ajena. Como es sabido, Althusser promovió el debate sobre Gramsci en el territorio francés. En términos generales, el PCF en los años 50 no había ahondado en el pensamiento del revolucionario sardo, ofreciendo en sus revistas esporádicos artículos consagrados a problemas literarios o pedagógicos que aludían conmemorativamente a Gramsci (Tosel, 1995). En 1953, Editions Sociales, la editorial del PCF publicó Lettere dal carcere (aparecida en Italia en 1947), con prefacio de Palmiro Togliatti y traducción de Jean Noaro. Recién en 1959 sacó a la luz un rico volumen, Textes choisis (traducido por Gilbert Moget y Armand Monjo, con prefacio de Georges Coignot), que escogía los principales escritos carcelarios de Gramsci. Pero la edición temática de los Quaderni dal carcere a manos del Partido Comunista Italiano (PCI) (entre 1948 y 1951) prácticamente se desconocía en Francia en los años 50. Tal demora, junto con la reticencia de la independiente editorial francesa Gallimard en relación con la traducción de la obra gramsciana, condujo a que en un intercambio epistolar entre Franco Ferri (director del Instituto Gramsci por entonces) y Althusser a fines de 1965, éste último sugiriera la izquierdista editorial Maspero (que había publicado Pour Marx y Lire le Capital). Pero la tentativa no prosperó (ver Lussana, 1997). Por su parte, la revista Arguments por aquellos años había publicado algunos artículos inspirados en los juveniles manuscritos de Gramsci correspondientes a L’Ordine Nuovo (Paris, 1979). También Denis Richet con Gramsci et l’histoite de Francia en 1954 promovió la llegada del revolucionario sardo a la cultura francesa. En definitiva, más allá de la elocuente demora en la publicación de los cuadernos temáticos, a inicios de los años 60 Gramsci no era un completo desconocido en el medio francés; en alguna medida circulaba en clave de un marxista abierto, profundo e inteligente entre intelectuales de izquierda como Jean-Pierre Vernant (1914-2007), Edgar Morin (1921), Emmanuel Mounier (1905-1950) o André Gorz (1923-2007).

Como decíamos más arriba, en su primera fase el proyecto althusseriano se caracterizó por volver a Marx fundamentando una singular apropiación que impugnaba tanto las corrientes dogmáticas como humanistas. Proponía una lectura sintomática de la obra de Marx. Esta modalidad de lectura suponía indagar, no tanto en las propias palabras de Marx, sino en inscribir esas palabras en la función confirmada de conceptos orgánicos, trascendiendo así el estado práctico en que podían situarse sus conceptos, esto es, conceptos dirigidos a la intervención en la lucha de clases, pero sin una elaboración teórica específica. La lectura sintomática no era una puesta en orden de las coherencias-incoherencias de una obra para restituirla o replantear su sentido, ni una generalización conceptual o abstracción a partir de hechos prácticos, sino una producción teórica hecha con preguntas nuevas sobre los desacoples y encadenamientos suturados por la problemática en que se encontraba el pensamiento (Lezama, 2012). De este modo, el principio de la lectura sintomática se fundamentaba en el concepto de problemática que Althusser reconocía haber tomado de Jacques Martin.

Para Althusser, la revolución teórica de Marx consistió en fundar sobre una nueva problemática su pensamiento teórico liberado de la antigua problemática: la filosofía hegeliana y feuerbachiana. La ruptura la ubicaba en 1845, es decir, a la altura de La Ideología Alemana, donde había emergido, por vez primera, la nueva problemática de Marx, aunque de una forma parcialmente negativa y fuertemente crítica y polémica. A partir de entonces, Marx había instituido la ciencia de la historia -el materialismo histórico- abriendo un nuevo continente para el estudio histórico; en el mismo movimiento, había dado nacimiento a una nueva filosofía teórica y prácticamente revolucionaria: la filosofía marxista o materialismo dialéctico. Según Althusser, esta filosofía se encontraba, desde el punto de vista de su elaboración teórica, aún retrasada respecto al materialismo histórico. Existía en estado práctico. Esto demandaba una lectura sintomática del momento maduro de Marx, para desplegar así al materialismo dialéctico. Fue en esta dirección hacia donde se dirigieron gran parte de los esfuerzos de Althusser en su primera fase, o sea, a indagar el pensamiento filosófico del marxismo que se situaba en el pliegue del materialismo histórico.

UNA INTERVENCIÓN EN LA CULTURA MARXISTA ITALIANA: LA CRÍTICA AL HISTORICISMO GRAMSCIANO

Presumiblemente el primer encuentro de Althusser con la obra de Gramsci transcurrió en el verano del 61 a través de Maquiavelo y su clásico manuscrito: El Príncipe. Recurrió tanto a la edición francesa como italiana de los escritos carcelarios gramscianos para trabajar aquella clásica pieza de la literatura política. En vistas del curso que ofrecerá en la ENS sobre El Píncipe, escribió una serie de notas. Apuntó cuatro interpretaciones de la obra de Maquiavelo. La última refería al revolucionario sardo: “Gramsci (Hegel) (impresionante)” (Althusser, 2007 [1961]: 190). En las notas dactilográficas del curso se ampliaba el apunte. Por un lado, refería al texto de Hegel, “Sur la constitution de l’Allemagne” (escrito entre 1799 y 1802) que comprendía a Maquiavelo como expresión de la ausencia del Estado en Italia y defendía la tesis maquiavélica de “utilizar el cinismo contra el cinismo”. Por otro, aludía al comunista italiano que a través de Maquiavelo daba cuenta del complejo proceso de constitución del Estado en la penínsulaa itálica. Con este preliminar trabajo sobre Maquiavelo de principios de los años 60, Althusser aseguraba “haber descubierto a Italia”. Entre las motivaciones de este descubrimiento, aludía a “la soltura que encontró en Gramsci” (citado por Matheron, 2007: 14)

En su reconocido ensayo “Contradicción y sobredeterminación”, de junio-julio de 1962, publicado en La Pensée en diciembre de ese año (y, luego, incluido en La revolución teórica de Marx), Althusser volvió a Gramsci. El artículo afirmaba que la tradición hegeliana había alimentado tanto al mecanicismo fatalista como al voluntarismo. En Hegel, el Estado era la “verdad de” la sociedad civil, la que, gracias al juego de la Astucia de la Razón, no era sino su propio fenómeno realizado en ella. Traducido en la interpretación hegeliana de Marx, la sociedad civil sería la “verdad del” Estado, su fenómeno, que una Astucia de la Razónn económica había puesto al servicio de la clase dominante; el Estado operaba como una “alienación”, como un engaño de la esencia situada en la sociedad civil. Para Althusser, esta identidad tácita de lo económico y de lo político había sido quebrada en las obras de madurez de Marx en provecho de una concepción nueva de la relación de las instancias determinantes en el complejo estructura–superestructura. Entre los dos extremos de la cadena era preciso buscar, de una parte, la determinación en última instancia por el modo de producción –económico– y, de otra parte, la autonomía relativa de las superestructuras y su eficacia específica. Existía pues una acumulación de determinaciones eficaces surgidas de las superestructuras sobre la determinación, en última instancia, por parte de la economía. El filósofo francés reconocía que tanto la elaboración de una teoría de la eficacia específica de las superestructuras como de la teoría del carácter propio de los elementos de la superestructura era una deuda pendiente en el marxismo, siendo Gramsci una relevante como solitaria contribución (Althusser, 2004 [1965]: 93-94). Continuaba el argumento a través de una nota al pie donde reiteraba la importancia de Gramsci, distinguiéndolo de otros autores provenientes del historicismo marxista:

Las tentativas de Lukács, limitadas a la historia de la literatura y a la filosofía, me parecen contaminadas por un hegelianismo vergonzoso […] Gramsci es de otra talla. Los desarrollos y las notas de sus Cuadernos de la prisión tocan todos los problemas fundamentales de la historia italiana y europea: económica, social, política, cultural. Uno encuentra allí visiones absolutamente originales y a veces geniales sobre este problema, hoy día fundamental, de las superestructuras. Se encuentra allí también, como ocurre cuando se trata de verdaderos descubrimientos, conceptos nuevos, por ejemplo, el concepto de hegemonía, notable ejemplo de un esbozo de solución teórica a los problemas de la interpretación de lo económico y lo político (2004 [1965]: 94).

Si bien las referencias a Gramsci en el artículo de Althusser fueron puntuales, es interesante la hipótesis de Fabio Frosini (2006): el revolucionario sardo aparece de manera oculta y animando la revisión del vínculo política-economía. En un sentido más preciso: Gramsci y su concepto de hegemonía, le sugieren al filósofo francés la asunción de la historia en términos de crisis y el decisivo rol de las superestructuras, de la instancia política. Probablemente, esta contribución llevó a calificar al concepto de hegemonía gramsciano en términos de “nuevo”, dado que la presencia de la categoría no sólo se remonta al siglo XIX. También animaba debates marxistas desde principios del siglo XX. Con todo, Althusser parecía encontrar en el comunista italiano un punto decisivo y novedoso de referencia teórica. La inclinación por Mao en lugar de Gramsci, como principal fundamento del artículo, es atribuido por Balibar (Frosini y Morfino, 2016) a la pretendida demarcación con el influyente PCI y su linaje gramsciano, como así también de la línea soviética.

Hacia mediados de los años 60, a la altura del seminario sobre El Capital, el juicio en torno a Gramsci cambió. Sin duda, resulta complejo determinar las razones de la mudanza. Pero es posible aventurar algunas hipótesis. Ya a principios de 1963, en un artículo titulado“Sobre la dialéctica materialista” (incluido posteriormente en La revolución teórica de Marx), el filósofo frances abordaba la Introducción general a la crítica de la economía política (1857) (reeditada a principio de los años 60) de Marx como un texto metodológico de primer orden que, aún inconcluso, ofrecía en estado práctico una dialéctica distinta a la hegeliana. También la Introducción, fundamentaba para Althusser, la autonomía de la práctica teórica y su escisión de la historia; la separación del objeto de pensamiento respecto al objeto histórico. Emergía así un desplazamiento respecto a la línea esbozada en “Contradicción y sobredeterminación”: la preocupación por la gravitación de la instancia política cedía, para centrarse en fundamentar la autonomía de la práctica teórica. En este marco, es entendible el quiebre en la referencia y acercamiento laudatorio a Gramsci.

En septiembre 1967 Althusser publicó “El marxismo no es un historicismo” en la revista italiana Trimestre (posteriormente, el artículo fue incluido en la segunda edición de Para Leer el Capital). El título no era azaroso sino estratégico. Althusser contaba con una considerable asimilación y vínculo respecto a la cultura política italiana: la primera edición de Pour Marx y Lire le Capital tuvo un rápida traducción, acogida e impacto en el ámbito italiano; su ensayo “Contradicción y sobredeterminación” había suscitado debates a principios de los 60 en la reconocida revista Critica Marxista; desde 1963 publicaba artículos en el semanario del PCI Rinascita; los viajes e intercambios con camaradas italianos eran fluidos (Guido, 2006; Lo Iacono, 2009; Crezegut, 2016). En 1962, el reconocido filósofo Nicola Badaloni había publicado Marxismo como storicismo que dio lugar a polémicas e intercambios entre marxistas italianos. Con su artículo Althussser se posicionaba en franco antagonismo. Consciente de la pregnancia del historicismo en Italia, es posible aventurar que la crítica althusseriana no apuntaba sólo a promover el debate de Gramsci en el ámbito francés sino fundamentalmente a obtener ciudadanía en la discusión italiana; una operación para persistir en su intromisión en el seno de una cultura marcada por el debate marxista y la influencia de los Quaderni dal carcere.

En el marco de su estudio sobre “El objeto de El Capital”, esto es, de la cuestión filosófica fundamental sobre el objeto de la teoría de Marx y su diferencia específica respecto de la economía política clásica, en el mencionado artículo Althusser arremetía contra la interpretación historicista del marxismo e involucraba a Gramsci. Sin embargo, y tal vez, en vistas a dialogar con la cultura marxista italiana, las referencias (aun críticas) al comunista italiano siempre eran respetuosas y prudentes (Althusser, 2006 [1967]: 138)4. De igual modo, es posible que esta moderación no obedezca simplemente a razones tácticas. El historicismo gramsciano es rico en su complejidad y se diferenciaba de otros historicismos, al tiempo que el reconocimiento a Gramsci en el dominio de la historia era recurrente en Althusser. El juicio althusseriano, además de cauteloso, sugería un camino para trabajar con Gramsci: en el terreno del materialismo histórico, el comunista italiano había dejado un cúmulo de conceptos dignos de atención que requerían despojarlos del historicismo, o sea, de la versión del materialismo dialéctico defendida explícitamente por Gramsci. En otras palabras, el argumento althusseriano no se detenía en cuestionar la filosofía gramsciana sino también, y de manera productiva, proponía desembarazar los conceptos gramscianos esgrimidos en el terreno del materialismo histórico de la problemática filosófica historicista. El filósofo francés proseguía sus principios hermenéuticos sobre la obra de Marx: se trataba de trabajar con los clásicos del marxismo en términos de problemáticas.

De igual modo, al adentrarse en criticar la filosofía gramsciana, Althusser no dejaba de reconocer la importancia de su estudio.5 Antes de exponer su cuestionamiento, dedicaba algunas páginas a subrayar contribuciones gramscianas de orden filosóficas. Sostenía que al presentar al marxismo como un historicismo, Gramsci puso el acento sobre una determinación central de la teoría marxista: su papel práctico en la historia real. Desde este ángulo se debían abordar sus notas carcelarias (2006 [1967]: 140). Althusser era prudente hasta con aquel polémico escrito juvenil de Gramsci, “La revolución contra ‘El Capital’”, publicado en Avanti! el 24 de noviembre de 1917, donde se criticaba a la obra magna de Marx. Instaba a historizar éstas y otras contribuciones que conformaban la reacción contra el mecanicismo y el fatalismo de la II internacional y promovían la intervención política (2006 [1967]: 140).

Recién luego de rescatar varios elementos del historicismo gramsciano, Althusser desplegaba su crítica. Se podría fijar las impugnaciones a Gramsci en los siguientes puntos: la supresión del término clásico de “materialismo dialéctico” por sus resonancias positivistas, pero sin discernir su contenido específico, esto es, la relación de la filosofía con la ciencia; la absorción de la filosofía y la ciencia de la historia –cuya teoría general era el materialismo histórico– bajo la expresión única de filosofía de la praxis y, por tanto, anulando su distinción; la consideración de la ciencia bajo una impronta instrumental –como guía para la acción, soslayando así lo propiamente distintivo, la producción de conocimiento– y como una práctica social más, inscripta en la superestructura; la indistinción ciencia e ideología.

En el marco del debate sobre la cuestión filosófica en torno al objeto de la teoría de Marx, o sea, la filosofía subyacente de Marx en El Capital, Gramsci era situado como paradigma del historicismo marxista. El revolucionario sardo expresaba una concepción historicista del ligamen de la teoría de Marx a la historia real, fundada sobre la teoría crociana de la religión como concepción del mundo. Gramsci tendía a asimilar la teoría científica de Marx y su filosofía, pensando esta unidad en clave de una concepción del mundo. De este modo, la totalidad marxista era dirimida en términos hegelianos, captando los diferentes niveles o instancias en un mismo tiempo. Para Althusser, “esta lectura ideológica de la contemporaneidad” no permitía divisar los efectos de distorsión y desajuste, los distintos niveles y regiones que conformaban la totalidad marxista. Puntualmente, la reducción de niveles de la totalidad se manifestaba en Gramsci en una doble fusión: a) ciencia e ideología; b) filosofía e historia. La primera consistía en volver a la ciencia una mera superestructura, una de esas ideologías “orgánicas” que formaban bloque con la estructura; que, en definitiva, tenían la misma historia que ésta. Gramsci no captaba la ruptura entre las antiguas religiones o ideologías (incluso “orgánicas”) y el carácter científico del marxismo. La segunda situaba a la filosofía marxista en relación directa con la historia presente; no establecía distinción entre filosofía y la teoría de la historia, configurando una relación de expresión directa entre política y filosofía. De esta manera, Gramsci identificaba la filosofía marxista (materialismo dialéctico) con la teoría científica de la historia (materialismo histórico). Con todo, en esta doble fusión, la práctica teórica perdía especificidad.

El cuestionamiento de Althusser a Gramsci resultó escueto y moderado. Pero la reacción inmediata y en amplia cantidad de los marxistas en Italia y del PCI no parecía proporcionada al tono crítico althusseriano (Badaloni, 1967; Paggi, 1967, entre otros). Además de permanecer marcada por el historicismo, la cultura marxista italiana se posicionaba en clave antagónica ante impugnaciones que alcanzaban a su figura emblemática: Antonio Gramsci. La profunda animosidad italiana contribuyó a una percepción despectiva del vínculo entre el filósofo francés e Italia que alcanzó a Gramsci en los años 60.6 Entre las reconocidas réplicas, sobresalía un breve comentario del italiano Rino Dal Sasso al “El marxismo no es un historicismo”. El comentario fue publicado en la revista Trimestre de Pescara el 1 de diciembre de 1967 (pp. 23-24), apenas dos meses después de aparecido el artículo del filósofo francés. Althusser respondió rápidamente a la crítica a través de un manuscrito titulado “La filosofía, la política y la ciencia” -originalmente denominado “Acerca de Gramsci (carta a Dal Sasso)”, con fecha del 11 de diciembre de 1967- publicado en el nº 11 (15 de marzo de 1968) de Rinascita. El número incluyó una breve respuesta crítica de Dal Sasso e intervenciones también críticas de Nicola Badaloni, Galvano Della Volpe y Luciano Gruppi (pp. 23-27). La réplica inmediata de Altuhsser era un modo de permanecer en la contienda italiana que, de hecho, continuó en números subsiguientes de Rinascita con la crítica, por ejemplo, de Lucio Lombardo Radice (n° 14, 5 de abril de 1968).

La respuesta de Althusser se encontraba a la altura del “Curso de filosofía para cientificos”, y denotaba una mayor preocupación por la práctica social. Enfatizó así el reconocimiento que ya había esbozado hacia Gramsci: la visualización de la relación entre la filosofía y la política. En otras palabras, encontraba en Gramsci el carácter concreto y operante de la filosofía en la historia; el atravesamiento de la lucha de clases en la filosofía; el vínculo constitutivo de la filosofía y la política. Sin embargo, reiteraba su impugnación central: el comunista italiano había desatendido la especificidad del vínculo entre la filosofía y la ciencia (2006 [1967]: 14).

La reiteración del sentido de la crítica al corpus gramsciano no quitó que Althusser continuara instando a salvaguardar, a pesar de las formulaciones dudosas y sus equivocaciones teóricas, aquello auténtico del historicismo gramsciano, y finalizara reponiendo los principios hermenéuticos de la lectura sintomática: aun cuando la historia de los conceptos teóricos (incluyendo los filosóficos y científicos) constituía verdaderamente una historia, no obstante, debía atenderse a que esta historia no sea concebida como un puro y simple devenir empírico o resultar reducida a la historia de las formaciones sociales sino que debía ser pensada dentro de los conceptos teóricos de la ciencia marxista (2006 [1967]: 17). La sugerencia alcanzaba al acervo gramsciano. Althusser reiteraba así caminos para trabajar productivamente con éste: impugnaba su historicismo, pero señalaba que en el terreno de la ciencia marxista o el materialismo histórico las contribuciones gramscianas contaban con un valor cabal. Para dar con ellas, era preciso despojarlas de la problemática historicista.

A MODO DE CIERRE

Se ha intentado situar la lectura de Gramsci por parte de Althusser en los años 60, particularmente en aquel momento de la obra althusseriana asumida como estructuralista o clásica. Para ello, se marcaron algunos trazos del proyecto político-teórico del autor y sus contrincantes principales. A contramano de aquella interpretación canónica que sugiere un vínculo despectivo y radicalmente impugnatorio de Althusser hacia Gramsci, se buscó no solo marcar desplazamientos en torno a la obra del comunista italiano por parte del autor en los años 60 y subrayar su juicio cauto y productivo. También aprehender su crítica al historicismo gramsciano como una intervención en la cultura marxista italiana. Asimismo, el artículo dialoga con la sugestiva hipótesis de Morfino (2015) sobre el conjunto del derrotero teórico althusseriano: una constante ambivalencia del autor respecto a Gramsci; una ausencia de juicio “definitivo”.7 Como una sombra persistente, el revolucionario sardo parece haber acompañado a Althusser, aún en los años 60, ya sea en términos de horizonte de debate o fuente de inspiración.

El vínculo productivo sugerido en la temprana lectura althusseriana del legado gramsciano fue influyente y proseguido. No sólo a fines de los 60 en su reconocido artículo “Ideología y Aparatos Ideológicos de Estado” (1969) Althusser recurrió a Gramsci para fundamentar su tratamiento del Estado. También sus códigos de lectura signaron el acercamiento de sus discípulos/as al comunista italiano en los años 60 y principios de los 70, tales como Christine Buci–Glucksmann y Nicos Poulantzas.8 Aún con sus diferencias y distancias respecto a su maestro, buscaron, desde el medio francés, establecer puentes productivos entre el gramscismo y el althusserianismo. En definitiva, echar luz sobre la ambivalencia de Althusser hacia Gramsci en los años 60, seguramente contribuya a comprender contribuciones que buscaron y buscan un principio de compatibilidad entre ambos autores.

Notas

1. En su investigación del colectivo Pasado y Presente, Burgos (2004: 191) califica la identidad althusseriana en términos de “contingencia”, mientras Crespo (2009: 193) habla de la “contaminación althusseriana” de José Aricó al fundamentar el propósito de los Cuadernos de Pasado y Presente (Starcenbaum, 2016). Estas interpretaciones son solidarias del canónico estudio de Terán (1991: 105) que al analizar la primera época de la revista Pasado y presente (1963-1965)le endilga un marxismo humanista y, explícitamente, la aleja de la propuesta althusseriana.

2. De todas maneras, este proceso no resultó homogéneo. En el mismo lapso, existieron intelectuales latinoamericanos que buscaron articular el pensamiento gramsciano con el registro althusseriano. Tal vez un caso emblemático haya sido el filósofo mexicano Carlos Pereyra (1940-1988). Militante de izquierda y profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México recurrió, fundamentalmente hacia fines de los 70 y principios de los 80, al legado gramsciano para corregir las limitaciones políticas de la filosofía de Althusser. Crítico de la filosofía de la praxis y cercano a la obra del comunista francés de quien recuperaba de manera positiva varios aspectos (por ejemplo, los conceptos de inversión y sobredeterminación), Pereyra se apoyará en Gramsci para ampliar la noción de Estado e impugnar el concepto althusseriano de Aparatos Ideológicos de Estado (Ver Ortega Reyna, 2015a; Ortega Reyna, 2015b).

3. Uno de los representantes de esta corriente era Jean-Paul Sartre (1905-1980) que ocupaba un sitio central en la Escuela Normal Superior (ENS) y constituía un polo de ineludible atracción para la intelectualidad crítica. A contramano del primado de la conciencia y la praxis individual sartreana, jóvenes intelectuales franceses como Michel Foucault (1926-1984), Pierre Bourdieu (1930-2002) o el propio Althusser configuraron sus constructos teóricos en los años 60. Uno de los pioneros en esta dirección fue el antropólogo francés Lévi–Strauss (1908-2009) que tempranamente polemizó con Sartre, iluminando la potencia incoercible de las estructuras respecto de la acción y el pensamiento humano.

4. También en las cartas a su amante italiana Franca Madonia en los años 60, Althusser expresaba dudas sobre su juicio a la obra de Gramsci (Morfino, 2015; Crezegut, 2016).

5. En un pasaje del artículo “Contradicción y sobredeterminación” ya había sugerido una línea similar (2004 [1965], p. 85).

6. Esto no debe soslayar la influencia y coincidencia de Althusser con determinados marxistas italianos, críticos del historicismo, como Cesare Luporini y, en cierta medida, con la orientación de Galvano Della Volpe.

7. Así, por ejemplo, mientras en sus conferencias en torno a Maquiavelo en los años 70, Althusser presentaba cercanías con Gramsci, prácticamente, en paralelo, impugnaba el concepto gramsciano de hegemonía que oficiaba de fundamento a la renovación eurocomunista de los principales partidos comunistas europeos (Althusser, 2003 [1978]). Tal vez, las propias palabras de Althusser en sus conferencias en torno al autor del El Príncipe a mediados de los 70 expresen este vínculo ambivalente: “De hecho, Gramsci también es inasible por las mismas razones que hacen que Maquiavelo nos resulte inasible” (2004 [1976], p. 68).

8. Otra línea para explorar las razones de acercamiento de Althusser hacia la cultura marxista italiana en los años 60 sería indagar en las polémicas que, imbuidos por la juventud comunista italiana, discípulos agrupados en la Unión de Estudiantes Comunistas (UEC) mantuvieron con la dirección del Partido entre 1963-1966. También para comprender el gesto althusseriano, sería interesante indagar el papel de una de sus discípulas: Maria-Antonieta Macciocchi, adscripta al PCI y simpatizante del maoísmo. El 1 de Febrero de 1968, esta periodista italiana publicó en el diario del PCI, L'Unità, una entrevista que le realizó a Louis Althusser con el título La filosofía come arma della rivoluzione. Aunque de manera escueta, en la entrevista Althusser aludió de manera benevolente a Gramsci. En Paris Macciocchi publicará en 1974 Por Gramsci, corolario de un curso sobre el revolucionario sardo que dictó en la Universidad de Vincennes entre 1972-1973.

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