Anhelo de sumisión, anhelo de libertad. Del círculo “interno” al “externo” de la Teoría Crítica y un paso más

ARTÍCULO

Anhelo de sumisión, anhelo de libertad. Del círculo “interno” al “externo” de la Teoría Crítica y un paso más

Desire of submission, desire of freedom. From "inner" to "outer" circle of Critical. Theory and one more step

 

Francisco Abril
franciscoabril_2@hotmail.com
Instituto de Humanidades, Facultad de Filosofía y Humanidades - Universidad Nacional de Córdoba. Argentina

Recibido: 30|06|17
Aceptado: 19|12|17

 


Resumen
En el presente escrito buscaremos reconstruir algunas de las diferencias conceptuales que mostraron los autores más representativos de la primera Teoría Crítica de Frankfurt. Estas diferencias remiten tanto al análisis de los procesos socio-históricos, como al del problema del poder y la dominación. Para su adecuada reconstrucción nos serviremos de los aportes realizados por Axel Honneth –actual director del Institut für Sozialforschung– en su artículo “Teoría Crítica”. Su principal tesis es que, a finales de la década del treinta, se produjo una escisión en el seno de la primera Teoría Crítica; escisión que suscitó un círculo “interno” -integrado, entre otros, por Max Horkheimer y Theodor Adorno- y uno “externo” -al que pertenecieron Franz Neumann, Erich Fromm y Walter Benjamin-. Honneth defiende a los autores pertenecientes al círculo “externo”, pero no desarrolla de manera extensiva sus argumentos. Nuestra intención aquí es, precisamente, desglosar esta defensa a partir de la relectura del libro de Erich Fromm El miedo a la Libertad. En dicha obra puede encontrarse una exposición “compleja” del proceso socio-histórico y, sobre todo, un modelo de poder / dominación “alternativo” respecto del que prevaleció en el círculo “interno” de la Teoría Crítica. Entendemos, por último, que el diálogo que se pueda establecer entre Honneth y Fromm señala caminos prometedores para renovar y dotar de actualidad al pensamiento social crítico.

Palabras clave: Teoría Crítica; Procesos socio-históricos; Poder/ dominación; Axel Honneth; Erich Fromm.

Abstract
In this paper we will seek to reconstruct some of the conceptual differences that showed the most representative authors of the first Critical Theory of Frankfurt. These differences refer both to the analysis of socio-historical processes, and to the problem of power and domination. For its adequate reconstruction we will use the contributions made by Axel Honneth –current director of the Institut für Sozialforschung– in his article "Critical Theory". Its main thesis is that in the late 30s there was a division in the first Critical Theory. This division gave rise to an "inner" circle -Max Horkheimer and Theodor Adorno, among others- and an "outer" circle -including to Franz Neumann, Erich Fromm and Walter Benjamin–. Honneth defends the authors belonging to the "outer" circle, but does not develop extensively their arguments. Our intention here is precisely to disaggregate this defense from the re-reading of Erich Fromm's book Escape from Freedom. In this work we can find a "complex" exposition of the socio-historical process and, above all, an "alternative" model of power / domination over that which prevailed in the "inner" circle of Critical Theory. Lastly, we understand that the dialogue that can be established between Honneth and Fromm points to promising paths for renewing and updating critical social thinking.

Key words: Critical Theory; Socio-historical processes; Power/ domination; Axel Honneth; Erich Fromm.


 

Hablar, hoy, de “Escuela de Frankfurt” puede inducir a algunos equívocos. Tiene, ciertamente, sus ventajas. Permite subrayar no sólo la relevancia del trabajo teórico y empírico del Institut für Sozialforschung [Instituto de Investigación Social] bajo la dirección de Max Horkheimer, sino también ciertas afinidades electivas entre sus colaboradores más cercanos y productivos. Pero al mismo tiempo corre el riesgo de generar una falsa apariencia de homogeneidad, esto es, la impresión de que se trató de una colaboración armoniosa, carente de fricciones, tensiones e incluso distanciamientos. Tanto los testimonios de sus miembros -ejemplarmente, Löwenthal (Dubiel 1981) y Marcuse (Habermas 2000)- como de sus principales historiadores -entre los más conocidos: Jay (1989) y Wiggershaus (2010)- demuestran enfáticamente que tal homogeneidad no existía.

Axel Honneth, actual director del Institut, escribió un temprano artículo titulado “Teoría Crítica” [1989]1 en el que pone estas fricciones en el foco de la atención. En sus páginas se encuentra una excelente -pero no por ello menos problemática y discutible- reconstrucción histórico-conceptual del arco de desarrollo de esta teoría a lo largo de más de medio siglo. La tesis de lectura que atraviesa el texto es que, a finales de los ’30, se produjo una escisión entre un círculo “interno” y uno “externo”. En el primero estaban Horkheimer, Friedrich Pollock, Erich Fromm y Theodor Adorno. En el segundo: Franz Neumann, Otto Kirchheimer, Erich Fromm -que, por razones teóricas y laborales, en el ’39 rompe con sus antiguos colegas- y Walter Benjamin. Los motivos de esta escisión son múltiples, pero aquel referido a la interpretación de la dominación nacional-socialista en Alemania ocupó un lugar privilegiado. Honneth sostiene que muchas de las limitaciones que, en retrospectiva, tiene esta tradición de pensamiento pueden sortearse recuperando los aportes de los autores del círculo “externo” (1990: 446, 464 y 480)

En el presente escrito, ampliaremos este argumento y trataremos de extraer algunas consecuencias inadvertidas. La exposición se dividirá en dos apartados que, a su vez, responden a dos ejes temáticos: (a) el concepto de proceso socio-histórico y (b) el modelo de poder / dominación. De manera que en el primer apartado expondremos sintéticamente las limitaciones que, referidas a estos ejes, Honneth encuentra en el círculo “interno” y que conducen a un modelo “estándar” de poder / dominación. Nuestro principal aporte se encuentra en el segundo apartado, el más extenso: intentaremos desglosar la defensa del círculo “externo” centrándonos en el clásico libro de Erich Fromm El miedo a la libertad [1941] y cómo del proceso socio-histórico expuesto allí puede extraerse un modelo “alternativo” de poder / dominación del que, hasta la fecha, no se dio debida cuenta.

LAS LIMITACIONES DEL CÍRCULO “INTERNO”

(a) En las últimas décadas, Honneth ha profundizado y a la vez matizado la reconstrucción del legado teórico en el que se inscribe2. Pero en sus textos del ’80, sobre todo en Crítica del poder [1985] y en el artículo ya mencionado, se muestra particularmente disconforme con el trabajo del círculo interno. Así, respecto al concepto implícito de proceso social que manejaron sus miembros, insiste en señalar que en el transcurso de más de treinta años no pudieron superar lo que llama un “sistema de referencia funcionalista” (ídem: 456), un “reduccionismo funcionalista” (ídem) y un “funcionalismo cerrado” (ídem: 458) que arroja en última instancia “la imagen de una sociedad totalmente integrada” (ídem: 456)

Quizá la principal nota distintiva de las diversas investigaciones del Institut, al menos desde que Horkheimer asumió su dirección en los años ’30, fue su “materialismo interdisciplinar” (ídem: 451), es decir, su intención de “ampliar interdisciplinariamente el marxismo” (ídem: 447). De manera que, sobre el trasfondo filosófico de una teoría marxista de la historia, se cubrieron tres grandes áreas de estudio: la economía política, la psicología social y la teoría de la cultura. La pregunta que tensionó y, al mismo tiempo, unificó los esfuerzos teóricos y empíricos refería a los mecanismos sociales que evitaban las crisis y conflictos y garantizaban la “integración” (ídem: 451) de las clases sociales más perjudicadas -sobre todo, la obrera- por el capitalismo avanzado. Dicho en otras palabras: si el proceso socio-histórico es traccionado por el desarrollo de las fuerzas productivas, esto es, por el desarrollo de una racionalidad instrumental que permite el dominio cada vez más acentuado sobre la naturaleza, ¿cómo es que este desarrollo, aún entrando en abierta contradicción con las relaciones sociales vigentes en un momento histórico dado, no genera descontento y conflictividad?

Desde las tres disciplinadas mencionadas y, según Honneth, mostrando una conexión sistémica o funcionalista entre los factores estudiados por ellas, durante los años ’30 se buscó responder a esta pregunta y a sus derivaciones. Nos limitamos a mencionar los nombres y conceptos más relevantes aquí, ya que una reconstrucción exhaustiva escapa a los márgenes de nuestro escrito3: Friedrich Pollock fue el autor que se abocó de lleno a los estudios de economía política y propuso el concepto de “capitalismo de Estado” (ídem: 453)4 para dar cuenta de una nueva forma de control centralizado en las élites que administran el poder político y económico; Erich Fromm se dedicó a la psicología social y a los mecanismos que garantizan el sometimiento subjetivo a través de la “formación social del carácter psicosexual” (ídem: 454)5; por último, el mismo Max Horkheimer y Theodor W. Adorno reflexionaron sobre los “«medios» y «aparatos» culturales que median entre las exigencias sociales conductuales externas y la psique del individuo, que se había convertido en un objeto manipulable” (ídem: 455)6 y sus reflexiones se sintetizaron a posteriori y de manera paradigmática en el concepto de “industria cultural”.

Lo que se observa en este punto, según la reconstrucción que realiza Honneth, es que los tres factores sociales estudiados se atenazan fuertemente entre sí, dificultando una comprensión de su dinámica propia -comprensión que no implica negar su interdependencia-. De ahí que se proyecte la imagen de una sociedad entendida como un contexto de ofuscación en el que los individuos parecen integrarse sin fricciones, pero con un alto costo anímico y humano. Los individuos se comprenden como “víctimas pasivas” (Honneth 2009a: 102) y no participantes activos en el proceso conflictivo de negociación y acuerdo que da forma al orden social y al horizonte normativo que lo legitima (Cf. ídem: 101). A fin de cuentas “la vida social se agota -como en las visiones de las teorías totalitarias- en un circuito cerrado de ejercicio centralizado de la dominación, control cultural y conformidad individual” (Honneth 1990: 456). El margen de autonomía y libertad que Horkheimer y sus colaboradores le atribuyen a los sujetos o bien es muy reducido o bien insuficientemente tematizado. Por lo que parecen haber comprendido el desarrollo socio-histórico en clave de un aumento exponencial de las técnicas de control e integración social7.

(b) En los años ’40, con la mayoría de los miembros del Institut radicados en Norteamérica, se produjeron cambios teóricos significativos, más no lo suficientemente sustantivos como para modificar el concepto de proceso social de fondo. Lo que se produjo -sobre todo, con el enigmático libro de Adorno y Horkheimer Dialéctica de la Ilustración [1944/47]- fue una inversión de los acentos: de una filosofía “productivista” de la historia en sentido marxista, se pasó a un pesimismo que escudriñaba la “lógica de la desintegración” (ídem: 460) característica del desarrollo civilizatorio. Ya no se muestra una confianza en el poder de la técnica y, en general, de la razón para vehiculizar transformaciones sociales a través de la maximización del control sobre el entorno natural, sino más bien una sospecha genealógica en clave de lectura nietzscheana8. Aún así, la cuestión de la dominación sigue estando en el centro de sus preocupaciones y marca una línea de continuidad no sólo a lo largo de la historia de occidente, sino también de las tres décadas de trabajo de algunos de los autores más representativos de la primera Teoría Crítica.

Por cierto, las repercusiones que tuvo este cambio de acentuación no fueron pocas y mucho menos irrelevantes. Hubo un claro debilitamiento de la investigación interdisciplinaria y empírica –que continuó, pero a contrapelo de las reflexiones filosóficas– e incluso, por diversos motivos además del ya mencionado, en el ’41 dejó de aparecer la Zeitschrift für Sozialforschung [Revista de Investigación Social] que era su principal órgano de publicación. De todos modos, se mantuvo un marco de referencia común para analizar la dominación social a partir de aquella ejercida sobre la naturaleza. Según Honneth, Adorno y Horkheimer extrapolaron el modelo de control instrumental sobre el entorno natural -que lo convierte en materia muerta o reificada a disposición del sujeto cognoscente- al plano psicológico -la constitución del sí mismo, de la identidad personal al precio de la satisfacción de las pulsiones biológicas- y al social -a través de diversas técnica que involucran tanto a la fuerza física como a la manipulación cultural–. Ya en Crítica del poder, el autor advierte con claridad este “puente argumentativo” que se levanta

[…] entre la construcción histórico-filosófica de partida y una teoría de la dominación social; el lugar de intersección entre estos planteamientos parciales representa el intento de dar forma a una idea de dominación social que guarde correspondencia con una concepción acerca de la dominación sobre la naturaleza […] Esta teoría de la dominación natural […] constituye también el marco hermenéutico de una concepción de dominación social muy vaga (2009a: 97 y 98, las cursivas son nuestras)

Lo que conduce, a fin de cuentas, no sólo a una concepción “vaga”, sino también “reduccionista” (ídem, 157) y “unilateral” (ídem, 160) de dominación social, en tanto y en cuanto parte de la equívoca analogía con el sujeto cognoscente y el objeto conocido, es decir, parte de una “filosofía de la conciencia” (Honneth 1990: 457). Esto les cierra el paso a una comprensión del carácter “interaccionista” y “bilateral” del fenómeno en cuestión.

A juzgar por estos cuestionamientos -no compartidos por todos los comentaristas de la obra de Adorno y Horkheimer9-, habría razones de peso para afirmar que en el círculo “interno” de la Teoría Critica prevaleció lo que Martin Saar denomina un “modelo ‘estándar’ de poder / dominación” (2010a: 1099 / Cf. 2010b: 9-10). Un modelo que parte de la identificación entre estos dos términos y pareciera reducirlos a una suerte de imposición unilateral de un grupo “sobre” otro. Es decir, poder equivale a dominación. Según Saar, esta forma de entender los términos tiene una larga historia en filosofía y sociología y podría remontarse a Hobbes y Weber. Autores que, hay que decirlo, ejercieron una influencia notoria sobre los frankfurtianos. Asimismo, hay consideraciones de orden etimológico que respaldan la identificación: se toma como punto de partida la palabra latina dominus y su traducción alemana Herrschaft10 que, en ambos casos, hacen alusión al poder despótico del pater familia sobre su mujer, hijos y esclavos.

Él énfasis puesto por Adorno y Horkheimer en la relación instrumental, coercitiva, dictatorial del sujeto cognoscente respecto del objeto conocido y su extrapolación al plano psicológico y social entra en consonancia con el modelo esbozado por Martin Saar. Es decir, habría una comprensión e identificación de la dominación como poder de una instancia sobre otra. Lo que está, por lo tanto, en el centro de sus preocupaciones es el desarrollo de una racionalidad instrumental que se torna omnipotente y que reduce la realidad externa a datos manipulables, a materia muerta puesta a disposición del sujeto. Su afirmación según la cual “la Ilustración se relaciona con las cosas como el dictador con los hombres” (Adorno y Horkheimer 2001: 64), resulta sugerente en este contexto y posiciona a los frankfurtianos –con sus bemoles– a la izquierda de Hobbes y Weber.

Honneth brinda numerosos indicios que apuntan en dirección a esta tesis de lectura, pero finalmente no la desarrolla en ninguno de los textos mencionados. Quien sí explicitó la proximidad entre el modelo “estándar” de poder / dominación y el que elaboraron los primeros Teóricos Críticos fue el pensador francés Miguel Abensour. En su trabajo “¿Por una filosofía política crítica?” [2001] subraya la significación que tuvo el trabajo teórico y empírico del Institut en el marco de una reflexión filosófica sobre la política. Y si bien reconoce su enorme importancia, advierte el riesgo que corrieron Horkheimer y algunos de sus colaboradores de quedar atrapados en los límites de un “paradigma de la crítica de la dominación” (Abensour 2005: 42). Paradigma que les dificultó el acceso a una diferenciación conceptualmente satisfactoria entre dominación y poder político. Así, “la Teoría Crítica, en su totalidad o no, apremiada por la urgencia o la necesidad de una crítica a la dominación en su época, perdió de vista la especificidad y la irreductibilidad del estar-juntos político y terminó arrojando erróneamente a la política del lado de la dominación y de sus instrumentos” (ídem)

Conectando, entonces, las interpretaciones de Honneth, Saar y Abensour se torna visible que a partir de una determinada comprensión de los procesos socio-históricos –primero productivista, después pesimista– se llega a un modelo instrumental de dominación social que dificulta en gran medida una comprensión diferenciada del poder político y la libertad. La afirmación que buscaremos argumentar en el próximo apartado es que, si se dirige la mirada hacia el círculo “externo” del Institut -en particular, hacia la psicología social de Erich Fromm-, es factible encontrar las herramientas conceptuales necesarias para superar estas limitaciones.

LAS POSIBILIDADES DEL CÍRCULO “EXTERNO”: EL CASO DE ERICH FROMM

(a) El Miedo a la libertad es sólo en apariencia un libro sencillo. Quizá lo sea en la primera lectura. Pero a medida en que el lector va adentrándose más y más en sus páginas, incluso releyéndolas y tratando de tener una imagen de conjunto, esta apariencia cambia drásticamente. No sólo aborda numerosas temáticas y dialoga con diversas disciplinas de las ciencias sociales, sino que sus tesis fundamentales involucran múltiples factores -relacionados entre sí, pero con cierta autonomía relativa- y detentan la ambigüedad propia de una reflexión “compleja”. Ello es así en la medida en que, como señala Edgar Morin (2004: 89), evita las disyunciones y los reduccionismos.

Tal complejidad se observa de manera ejemplar en la tesis histórica del libro. Fromm caracteriza la modernidad –la evolución de las sociedades occidentales en, por lo menos, los últimos cinco siglos– como un “proceso de individuación” (2010: 62) creciente. No sólo se suscita lo que el autor denomina una “emergencia” (ídem: 61) del individuo, sino un ensanchamiento considerable del margen de exploración de su singularidad y de decisión personal. De modo que en cada capítulo se expone y amplía esta tesis –que recorre todo el texto como el leitmotiv de una composición musical– situada en un contexto específico: desde la Reforma, pasando por las primeras formaciones del capitalismo, hasta llegar a las más avanzadas –la fase “monopolista” en donde prospera el fascismo europeo de la primera mitad del siglo XX–.

El autor extrapola, no sin antes justificarlo11, esta afirmación del plano ontogenético al filogenético. Así lo que se observa en relación con el desarrollo del individuo particular, también aplica a la evolución de las sociedades occidentales desde la época de la reforma protestante, alcanzando su máxima expresión durante el siglo XVIII y prolongándose con sus luces y sombras hasta nuestros días. Lo que sucede fundamentalmente es, por un lado, la ruptura inevitable de los “vínculos primarios” (ídem: 62) –con la madre o con el grupo de pertenencia identitaria– y, por el otro, el gradual abandono de una visión narcisista del mundo –característica de los primeros meses de vida de una persona y de ciertas concepciones religiosas y tradicionales de corte antropocéntrico–.

Hasta aquí la caracterización que hace Fromm del proceso socio-histórico podría considerarse optimista o irenista. La ruptura de los vínculos primarios -y de toda relación “simbiótica” con otra persona o con un grupo social o incluso con la “nación”- y del narcisismo en general, comportan un aumento del margen de autonomía y libertad individual. Si no son otros los que deciden por mí respecto a cuestiones tan relevantes como la familia, el trabajo y el ejercicio del poder político, esa responsabilidad recae ahora, finalmente, sobre mi persona. Lo que se gana es una libertad “de” (ídem: 75) –lo que los filósofos liberales, según señalaba Isaiah Berlin en el notable ensayo que dedicó al tema, denominaban libertad “negativa” (1988: 191 y 196)– ciertos obstáculos que antes restringían enormemente las esferas de decisión personal.

Pero considerar optimista esta exposición sería, cuanto menos, apresurado. Por no decir parcial, unilateral. Para Fromm el proceso de individuación tiene un carácter “dialéctico” (2010: 67) y limitar el análisis a lo que se gana en términos de libertad “de” es simplificarlo. Este proceso deja, también, profundamente desamparado al individuo. Privado no sólo de las personas que le brindaban afecto y seguridad, sino de las coordenadas existenciales y vitales que hacían del mundo su mundo. Es decir, hacían que no fuera extranjero en tierra de nadie, carente de los recursos afectivos e intelectuales para poder orientarse en y apropiarse productivamente del entorno. Los mismos recursos que, también, le permitirían ensayar una expresión espontánea con los otros. En palabras del autor:

[…] el proceso de crecimiento de la libertad humana posee el mismo carácter dialéctico que hemos advertido en el proceso de crecimiento individual. Por un lado, se trata de un proceso de crecimiento de su fuerza e integración, de su dominio sobre la naturaleza, del poder de su razón y de su solidaridad con otros seres humanos. Pero, por otro lado, esta individuación creciente significa un aumento paulatino de su inseguridad y aislamiento y, por ende, una duda creciente acerca del propio papel en el universo, del significado de la propia vida, y junto con todo esto, un sentimiento creciente de la propia impotencia e insignificancia como individuo. (ídem: 76)

De manera que el aumento de libertad negativa -en la medida en que no pase de ser meramente negativa- trae aparejado también un fuerte sentimiento de soledad, de aislamiento y de impotencia; el cual, a su vez, puede suscitar la necesidad de huída del yo y el anhelo de sumisión y de poder, esto es, el establecimiento de “vínculos secundarios” (ídem: 214) y de nuevas relaciones simbióticas. No otra cosa es, según el psicólogo alemán, la condición existencial del hombre contemporáneo. La encrucijada, a veces trágica, en la que se encuentra de modo inevitable, encrucijada que demanda, para no ensayar una vía regresiva que en última instancia está destinada al fracaso, de sus mejores fuerzas, del desarrollo de potencialidades abiertas por la historia. Básicamente, demanda el aprovechamiento de su libertad “para”.

Este proceso, al igual que sucede con el avance científico-tecnológico, es irreversible. El precio por desandar el camino es el sacrificio de la libertad. Pero lo decisivo de la tesis de Fromm es que torna comprensible las motivaciones detrás de esta actitud de huida y retirada. Recuérdese que el título en inglés del libro es Escape from Freedom: el autor está preocupado por el peso excesivo -Honneth, en una elogiosa reseña, habla al respecto de la “gran exigencia” (2006: 153)- que representa la libertad, además del grado de aislamiento y desorientación que trae consigo12. Es a partir de este escenario que deben tematizarse aquellos mecanismos de evasión que promueven -favorecidos por tendencias económicas, políticas y sociales- nuevas formas de servidumbre voluntaria. El fenómeno del autoritarismo -lo que llama también el “carácter sado-masoquista”- vigente en las sociedades fascistas y el conformismo reinante en las democracias occidentales deviene, en gran medida, inteligible cuando se lo conecta con dicho escenario.

Otro aspecto central del proceso socio-histórico de individuación es que puede no estar en “sincronía” (Cf. Fromm, 2010: 70) con las condiciones materiales e ideológicas vigentes en un momento dado. De aquí que, al comienzo, habláramos de una autonomía relativa de los factores intervinientes en el proceso social. Las condiciones económicas, políticas y sociales pueden -y de hecho lo hacen- obstruir la libertad positiva y la expresión y expansión de la propia individualidad. Esta es la clave de lectura para interpretar lo que sucedió en la Alemania Nazi, donde se combinó un régimen político totalitario que gobernó en favor de los grandes Trust industriales y en detrimento de la mayoría de la población. Población que en una proporción nada desdeñable -sobre todo si se considera a la baja clase media que sufrió las consecuencias de la pérdida de las autoridades monárquicas, la inflación y la merma de su estatus social durante el período de entreguerras- brindó un consentimiento activo a tales políticas.

Pero las condiciones materiales e ideológicas no sólo pueden obstruir la libertad y la individualidad. Pueden, asimismo, “condicionar”13 o “moldear” (ídem: 415) la estructura psíquica de sus miembros o clases sociales. Es decir, pueden propiciar la formación de un “yo” que resulte funcional y que interiorice y haga propia las necesidades, deseos y prohibiciones de la sociedad y grupo al que pertenece. Este “yo” o “carácter social”14 es un recorte de la multiplicidad de rasgos de carácter habilitados por el proceso socio-histórico en virtud de las exigencias sociales y económicas y, muchas veces, en contra de la felicidad y las necesidades del individuo. Así, se prioriza la constitución de un carácter ahorrativo; sumiso con las autoridades políticas y económicas, pero dominante y opresivo en la intimidad del hogar -al menos si se tiene en cuenta la organización patriarcal de la familia burguesa15-; competitivo y hostil en el mundo laboral y en las relaciones interpersonales; orientado fundamentalmente por fines egoístas; caracterizado por una fuerte represión sexual y afectiva; entre otros rasgos destacables.

El concepto de carácter social, que Fromm elabora sistemáticamente en el “apéndice” del libro del ’41, intenta explicar la adaptación “dinámica” (ídem: 49 y 390) del individuo al medio. Esto es: el modo en que un sujeto se ve llevado, ante la presión ejercida por el entorno, a suscitar cambios en su persona e incorporar pautas, actitudes e incluso ideas que le son ajenas. Si fracasa en el intento, en la medida en que es un ser social desde su nacimiento y necesita física y afectivamente de los otros, corre el riesgo de convertirse en un paria. Se expone al peligro de quedar aislado, lo que para el autor equivale a la enfermedad, cuando no a la muerte psíquica. Tal adaptación es lo que termina por “moldear”, “determinar” o “condicionar” la estructura psíquica de los miembros de una sociedad de modo tal de convertirlos en económicamente productivos y asegurar la “matriz emocional” (ídem: 392) que garantiza la pregnancia de los discursos públicos hegemónicos. El carácter social es, por lo tanto, un “eslabón” (Fromm, 2011: 89) entre la estructura material y la superestructura ideológica.

Aquí, ciertamente, se presenta un problema en el planteo del autor: si las condiciones de vida determinan16 la estructura psíquica de los individuos, entonces, ¿cómo puede hablarse de libertad y mucho menos de libertad “para”? ¿No es una suerte de argumento ad hoc o ex machina17? En este punto es donde Fromm insiste en señalar que los factores material, humano e ideológico que intervienen en el proceso social detentan una dinámica propia y nunca se subsumen enteramente unos a otros. Lo que marca un claro contraste, según vimos en el apartado anterior, con el círculo interno del Institut. Por ello es que la individuación que trae aparejada la modernidad capitalista habilita una serie de impulsos psíquicos que apuntan en una dirección distinta, cuando no contraria a los rasgos de carácter predominantes socialmente: la espontaneidad y la libertad positiva e impulsos tales como el amor, la productividad y la solidaridad que analizaremos más adelante. Honneth brinda algunos elementos sugerentes para responder a las preguntas recién formuladas:

Es cierto que Fromm […] siguió considerando el desarrollo de la personalidad, fundamentalmente, como una «adaptación dinámica» del potencial instintivo individual a los imperativos conductuales admitidos en el contexto sociocultural de las diversas clases […]. Sin embargo, puesto que ahora concebía la operación de socialización en su conjunto como un proceso de individualización comunicativa, no podía ya postular que estas influencias y expectativas sociales precipitan enteramente en la estructura de la personalidad individual; antes bien, las exigencias conductuales de la sociedad tenían efecto sólo mediante un instrumento y en un contexto que, en virtud de su estructura entera, se orienta a la autonomía del sujeto. En principio, el desarrollo del yo tiene lugar en un proceso en el que se ajustan una individualización progresiva y una socialización creciente (1990: 472)

Y Gino Germani, en su prefacio a la edición castellana de El miedo a la libertad, sigue una vía de lectura similar al hacer referencia al modo en que el desajuste entre los aspectos estructurales y los humanos motorizan el cambio social:

[…] los conflictos que empíricamente podemos observar no se presentan entre impulsos meramente biológicos y formas socialmente establecidas, sino entre lo que podríamos llamar dos dimensiones de lo social: por un lado, determinadas estructuras cristalizadas, por el otro, actitudes subjetivas (que incluyen y expresan culturalmente el sustrato biológico) que ya no se adecúan perfectamente a aquéllas y tienden a desbordarlas. Es de este conflicto de donde se origina —en una sociedad dinámica— la creación de nuevas formas sociales; de ahí que el estudio de este proceso, que permite sorprender a la sociedad in fieri, equivale a investigar la dinámica del cambio social en el acto mismo en que se verifica en la mente de los hombres. (2010: 18)

Esta explicación del proceso social no proyecta la imagen de una “sociedad totalmente administrada”, para usar la expresión de Horkheimer (1986: 65). En la medida en que los factores intervinientes en dicho proceso no se atenacen de manera indisoluble entre sí, puede identificarse un margen de autonomía y de libertad positiva de sus miembros. Lo que nos allana el terreno para dar un paso más en nuestra argumentación.

(b) La tesis que proponemos aquí se desprende de la exposición sobre el proceso socio-histórico: en El miedo a la libertad hay, volviendo a usar la expresión de Martín Saar (2010a: 1100 / Cf. 2010b: 9-16), un “modelo ‘alternativo’ de poder / dominación”. Un modelo que, a diferencia del que emplearon Adorno y Horkheimer, parte de la separación entre ambos fenómenos. Hay una consideración etimológica que justifica tal separación: la principal referencia no sería el término alemán Herrschaft, sino las palabras latinas potentia y potestas y todo el campo semántico que comportan. El poder es entendido así como potencia, capacidad de, poder “para”; la dominación, como ejercicio de la autoridad, imposición y poder “sobre”. Fromm -junto con una larga lista de autores que incluye a Spinoza, Arendt, Parsons y Habermas- suscribe a esta distinción y la explica de la siguiente manera

La palabra poder tiene un doble sentido. El primero de ellos se refiere a la posesión del poder sobre alguien, a la capacidad de dominarlo; el otro significado se refiere al poder de hacer algo, de ser potente. Este último sentido no tiene nada que ver con el hecho de la dominación; expresa dominio en el sentido de capacidad. Cuando hablamos de impotencia nos referimos a este significado; no queremos indicar al que no puede dominar a los demás, sino a la persona que es impotente para hacer lo que quiere. Así, el término poder puede significar una de estas dos cosas: dominación o potencia. Lejos de ser idénticas, las dos cualidades son mutuamente exclusivas (Fromm 2010: 240 y 241)

Honneth advirtió, en su artículo “Teoría Crítica”, lo prometedor que resulta el concepto de proceso social en el libro del ’41 –sobre todo, en comparación con el círculo “interno” del Institut– (1990: 446), pero no extrajo de ello esta conclusión sustantiva que nosotros buscamos destacar, a saber, la presencia de un modelo de poder / dominación no reduccionista ni unilateral dentro del mismo legado frankfurtiano18. Nuestro aporte, en este sentido, es señalar y desglosar esta consecuencia.

Hemos visto que la modernidad capitalista puede interpretarse como un proceso que, a la vez, favorece y obstruye la expresión de la individualidad y el ejercicio de la libertad. “Favorece” porque reduce el papel de la religión y la tradición -suscitando una suerte de “destradicionalización” (Honneth 2006: 153, la traducción es nuestra)- en la vida privada de las personas y, por ende, ensancha su margen de decisión. “Obstruye” por lo menos en dos sentidos: por un lado, porque las condiciones materiales y políticas de una sociedad determinada pueden restringir la individuación y la libertad; por otro, porque surgen una serie de “mecanismos de evasión” que libran al hombre de los dilemas que comporta su nueva situación histórica. En el libro de Fromm hay, entonces, una idea de libertad positiva y espontaneidad que conectaría explícitamente con el concepto de poder entendido como potencia. Asimismo, los mecanismos de evasión formarían parte de una reflexión sobre aquello que obstaculiza las prácticas de libertad y, en términos generales, sobre el ejercicio de la dominación en las sociedades contemporáneas. Si bien hay una relación y hasta una yuxtaposición entre un fenómeno y el otro, el autor nunca los toma como equivalentes ni los confunde en su trabajo.

La libertad “para” no es otra cosa que la actividad “espontánea” de los individuos y/o grupos sociales. “Espontáneo” viene del latín sponte y se traduce como voluntariamente, por sí solo, sin ser obligado (Cf. ídem: 365). Quiere decir que el sujeto puede darse a sí mismo sus propios fines. Que los elije activa y concientemente y no por interferencia de una autoridad externa o por conformidad al grupo. Para el teórico crítico sólo esta práctica de libertad fortalece al yo y constituye una respuesta no regresiva a su condición actual de aislamiento, desorientación e impotencia. Por lo que “la dicotomía básica inherente a la libertad –el nacimiento de la individualidad y el dolor de la soledad– se disuelve en un plano superior por medio de la actividad humana espontánea” (ídem: 369)

Fromm subraya tres esferas19 en las que dicha actividad es posible y necesaria: el amor, en la que se suscita una unión que -a diferencia de las relaciones simbióticas características del sadomasoquismo- lejos de anular las individualidades las reafirma; el trabajo, que en lugar de ser una actividad compulsiva puede ser “creativa” en el sentido que Hegel y el joven Marx le atribuían en tanto reconocimiento expresivo en el trato con la naturaleza; y la solidaridad y el compromiso político activo con la comunidad. Al respecto, dice el autor que “el único criterio acerca de la realización de la libertad es el de la participación activa del individuo en la determinación de su propia vida y en la de la sociedad” (Ibíd.: 384). Y más adelante completa la idea: “Tan sólo si el hombre logra dominar la sociedad y subordinar el mecanismo económico a los propósitos de la felicidad humana, si llega a participar activamente en el proceso social, podrá superar aquello que hoy lo arrastra hacia la desesperación: su soledad y su sentimiento de impotencia” (ídem: 387)

Ciertamente, para que esto sea posible y para que no se interprete su reflexión como un voluntarismo ingenuo, Fromm insiste en que las condiciones materiales y políticas deben cambiar en dirección a una economía planificada y un fortalecimiento del régimen democrático (Cf. ídem: 380 y 381), es decir, no depende enteramente del factor humano o psicológico.

Si bien es cierto que la parte normativa de El miedo a la libertad es la menos sistemática y justificada -tanto Wiggershaus (2010: 345) como Friedman (2013: 116) señalaron adecuadamente esta debilidad-, hay algo desmedido en acusar al autor de irenismo u optimismo -Marcuse lo llamó el Norman Vincent Peale20 de la izquierda (citado por McLaughlin, 1996: 241)-. Y ello porque uno de los capítulos centrales del libro, y quizá de los más logrados en términos expositivos, está dedicado a los “mecanismos” por los que se evade el peso de la libertad21. Quiere decir que el trabajo de Fromm no es una oda a la acción espontánea, sino que se aproxima a ella por una vía negativa: escudriñando lo que socialmente la dificulta y obstruye. Estos mecanismos son, fundamentalmente, dos:

(i) El sadomasoquismo o “carácter autoritario” que constituye la base humana del fascismo europeo y, sobre todo, del alemán. El término sadomasoquismo no es equivalente a neurosis o perversión, sino más bien a una actitud frente a la autoridad enraizada en el carácter social. Se trata de una admiración a la autoridad y una compulsión a someterse a ella, pero al mismo tiempo un deseo de ejercerla y obtener sumisión por parte de otros. Como masoquista, el individuo autoritario admira al más fuerte y voluntariamente se somete a sus dictados. Como sádico, busca dominar al débil y hacerlo sufrir. Son personas, por lo general, obsecuentes con quienes considera que son los “mejores” y despectivo y despreciativo con los “inferiores”. Están siempre dispuestas, además, a sacrificar su propia voluntad frente a las fuerzas impersonales de la historia o en función de fines externos y/o valores abstractos (Cf. Friedman 2013: 112)

Y (ii) la “conformidad automática” que el autor observa en la democracia norteamericana y que, a grandes rasgos, supone la sutil obediencia a una autoridad anónima y la conformación de un seudo deseo, voluntad y pensamiento en el ciudadano promedio que evita de manera por momentos desesperada la desaprobación de los pares y el ostracismo. El acento está puesto ahora, no tanto en restricciones u obstáculos externos, sino en factores internos que bloquean la realización plena de la libertad personal. Bajo el capitalismo monopólico, las personas se asocian crecientemente con grandes organizaciones y procesos sociales impersonales que demandan su conformidad. Así, mucho de lo que estas personas piensan y dicen es, básicamente, lo que todo el mundo piensa y dice. Pensamientos y sentimientos que emanan de estructuras externas al sí mismo son, engañosamente, asumidos como propios (Cf. ídem: 109)

También se puede situar, en el contexto de un análisis más abarcador sobre la dominación psico-social, la teoría del “carácter social” que el autor elabora en la base conceptual del escrito y sobre la cual ya dijimos algo. En dicha teoría -que recorre íntegramente, con algunas variaciones y revisiones, todo su pensamiento- se da cuenta del “condicionamiento” social de la estructura psíquica de los sujetos. Este condicionamiento se logra a través del encauzamiento de sus energías físicas y anímicas y la interiorización de los mandatos sociales -cuyo cumplimiento le reporta una considerable “satisfacción” (Fromm 2010: 396) interior- y con el propósito tácito de ajustar a los sujetos a las necesidades económicas e ideológicas de su entorno. Pero, insistimos, este condicionamiento nunca es total -se privilegian ciertos rasgos de carácter, lo que no significa necesariamente la desaparición de otros- y nunca se produce sin tensiones. Sobre todo, porque el desarrollo individual tiene, como vimos, una dinámica propia que no puede suprimirse sin ir en detrimento de tendencias vitales muy poderosas: la libertad es una de dichas tendencias.

Una última cuestión que remarca el contraste con el modelo de poder / dominación presente en el círculo “interno” de la primera Teoría Crítica, refiere al marco de referencia interaccionista del libro de Fromm (Cf. Honneth 1990: 473). De hecho, desde este marco de referencia se tornan inteligibles sus críticas al biologicismo freudiano –básicamente, a la teoría de la libido y las consideraciones que de ella se desprenden respecto del carácter anal– y la necesidad de diferenciar entre instintos fisiológicos e impulsos sociales. Téngase en cuenta que, para Freud, las pulsiones fisiológicas tenían un peso decisivo en la formación del psiquismo y el entorno representaba ora una ayuda ora un obstáculo para la satisfacción de dichas pulsiones; para Fromm, por el contrario, las pulsiones o instintos fisiológicos -como ser, la alimentación y la sexualidad- deben ser diferenciadas de los impulsos sociales que son los que se suscitan por la interacción de un individuo con su entorno y con las otras personas y los que, con un peso que no puede desestimarse, contribuyen al desarrollo de su carácter (Cf. Honneth 2006: 152 y 153). De manera que su reflexión se inscribe en una “psicología de las relaciones interpersonales” (Fromm, 2010: 406) que, al remarcar la centralidad del medio y las relaciones de objeto en la constitución de la psique, se vuelve subsidiaria más del materialismo histórico que del psicoanálisis ortodoxo.

Resulta sugerente, en relación con nuestros intereses, que Fromm no tematice la dominación como una extensión del control instrumental sobre la naturaleza, sino en virtud de un carácter social propenso al autoritarismo y al establecimiento de relaciones simbióticas. El epicentro en el que se entablan estas relaciones es la familia burguesa con organización patriarcal. Es decir, no se trata ya del trato unilateral del sujeto cognoscente sobre el objeto conocido, sino de una matriz emocional mucho más compleja que funciona como un campo de atracción de ideas y comportamientos autoritarios y vínculos interpersonales en los que tiende a desaparecer el margen de autonomía de las personas implicadas. Esta matriz emocional es, en gran medida, el resultado de las primeras experiencias del individuo en un ámbito familiar patriarcal que funciona, según Fromm, como la “instancia psicológica de la sociedad” (2011: 47)

Hay, entonces, en el libro de Fromm un tratamiento de la dominación como un fenómeno interpersonal y bilateral. Pero es un tratamiento en todo momento diferenciado, es decir, no se confunden ni sobrepasan las fronteras que separan a dicho fenómeno de su contra-cara: el poder entendido como potencia y como práctica de libertad.

CONSIDERACIONES FINALES

Siguiendo de cerca la reconstrucción realizada por Axel Honneth, hemos expuesto de manera sumaria las limitaciones que tuvo el círculo “interno” de la Teoría Crítica. Si bien resulta problemático considerar sus investigaciones como una propuesta sistemática y sin diferencias significativas entre sus autores, sostuvimos que: su concepción del proceso socio-histórico presupuso una relación “funcionalista” o “sistémica” entre los factores económicos, psicológicos y culturales; y esto los llevó a manejar un modelo “estándar” de poder / dominación que tendió a identificar ambos términos y a priorizar su carácter unilateral.

Ante tales dificultades es que se torna necesario, como expusimos en el apartado anterior, rescatar los trabajos del círculo “externo”. Especialmente, el de Erich Fromm. Observamos que en las páginas de El miedo a la libertad hay numerosos indicios que permiten, si no superar los límites referidos, al menos ganar matices y complejidad. Tanto en su libro del ’41 como en escritos anteriores, Fromm advierte una interdependencia entre los diversos factores socio-históricos, pero también una autonomía relativa de los mismos que habilita, por ejemplo, el desarrollo de la individualidad y el ensanchamiento de la libertad personal y social. Este contexto conceptual le permitió, asimismo, emplear un modelo “alternativo” de poder / dominación que lejos de identificar ambos conceptos los separa rigurosamente: el poder se asocia a la potencia, a la espontaneidad, a la libertad “para”; la dominación, a mecanismos de evasión -como ser, el autoritarismo y el conformismo- y al condicionamiento social del carácter.

Es menester subrayar, para concluir, la relevancia que tiene la tesis de lectura que hemos defendido a lo largo de nuestro artículo. Por un lado, porque posibilita repensar el problema de la dominación eludiendo ciertas simplificaciones y vaguedades en las que cayeron algunos de los miembros del Institut. Por otro, porque abre el camino a una continuación y renovación de la Teoría Crítica, sin por ello abandonar las contribuciones de sus primeros miembros como si se trataran de fases reflexivas ya superadas. La estrategia de continuación y renovación es sugerida por Honneth en sus textos de la década del ochenta, pero luego no es llevada a cabo de manera exhaustiva. De hecho, en sus trabajos más propositivos -aquellos en los que, desde la década del noventa en adelante, desglosa su propia teoría del reconocimiento- prácticamente no hay referencias a los primeros teóricos críticos, con independencia de que hayan pertenecido al círculo “interno” o al “externo”. Esta laguna es la que nosotros hemos intentado cubrir aquí.

Pero su importancia no se restringe a los confines de un legado teórico específico, sino que también puede darse un paso más allá de ellos. Permite un diálogo fecundo con perspectivas contemporáneas que buscan escrudiñar los efectos ideológicos del capitalismo actual y sus repercusiones en la subjetividad. El aporte de Erich Fromm marcaría un fructífero contrapunto con los estudios realizados por los sociólogos franceses Luc Boltanski y Ève Chiapello en El nuevo espíritu del capitalismo (2002), ya que ellos parten de un análisis weberiano de los discursos de gestión empresarial -y cómo estos insisten en que el sujeto, prescindiendo de dispositivos externos, interiorice el “control” en el ámbito del trabajo (Cf. 2002: 127)- y el teórico crítico permitiría uno de corte materialista. También podría servir para interpelar la hipótesis defendida por Richard Sennett respecto a que la cultura del nuevo capitalismo suscita una “corrosión del carácter” (Cf. 2012: 25); sería interesante utilizar los resultados de su libro en una dirección algo diferente y, a partir de ellos, sostener que en estos últimos años se está consolidando un nuevo carácter social “flexible”.

Dicho diálogo representa, así lo entendemos, una vía prometedora para explorar en futuras investigaciones. Nuestra intención aquí fue, principalmente, remarcar -continuando y ampliando los argumentos del mismo Honneth- el alcance que detenta el pensamiento de Erich Fromm para dar con un modelo no reduccionista de poder / dominación, si no en el centro, en los márgenes del legado de la Teoría Crítica.

Notas

1. Corresponde a la fecha de la publicación en su idioma original. De ahora en adelante la indicaremos entre corchetes.

2. Véanse, entre otros, los artículos “Una fisonomía de la forma de vida capitalista” [2005 / (Honneth, 2009b: 65-85)], “Sobre la posibilidad de una crítica alumbrante” [2000 / (Honneth, 2011: 147-165)] y la entrevista que le realizó el Grupo Internacional de Estudios Sobre Teoría Crítica: “La herencia de la Dialéctica de la Ilustración” [2005]

3. Trabajamos con más detenimiento estas críticas en el capítulo primero de nuestra tesis doctoral Repensar la dominación. Axel Honneth y el legado de la Teoría Crítica. Inédita. Sobre todo, en lo que refiere a los cuestionamientos a Adorno y Horkheimer.

4. La postura de Pollock puede encontrarse en dos artículos publicados en la revista del Instituto del año 1941: “Is National Socialism a new order?”, Studies in Philosophy and Social Science, Vol. IX, 1941, pp. 440-455; “State Capitalism: Its posibilities and limitations”, Studies in Philosophy and Social Sciences, Vol. IX., 1941, pp. 200-225; ambos artículos corresponden a la publicación de la revista por la Deutscher Taschenbuch Verlag del año 1980.

5. Dos de sus trabajos más relevantes de este período son “El apartado socio-psicológico” en Los Estudios sobre autoridad y familia y sus artículos publicados en la Zeitschrift fur Sozialforschung entre los que destaca “Método y función de una psicología social analítica” (Fromm 1970: 166-201). Además, cabe resaltar el rol crucial de Fromm en una de las primeras investigaciones empíricas del Institut: Obreros y empleado en vísperas del III Reich, recientemente traducido al castellano. Sobre la centralidad que tuvo este autor en el trabajo empírico, véase el estudio introductorio de Wolfgang Bonß en el libro mencionado: “Teoría crítica e investigación social empírica. Notas sobre un caso ejemplar” (Fromm 2012: 49-105)

6. De Horkheimer, ejemplarmente, su “Autoridad y Familia” (1998: 76-151); De Adorno su clásico artículo “Sobre el carácter fetichista de la música y la regresión de la escucha” (2009: 15-59). Aquí también se podría incluir los trabajos de sociología de la literatura de Leo Löwenthal. Es interesante remarcar, como el mismo Honneth lo hace (2009a: 58-62), las ambivalencias del concepto de cultura en Horkheimer. En un comienzo esbozó una idea más cercana a la de E. P. Thompson, pero gradualmente la fue dejando de lado hasta llegar a la noción que comparte con Adorno.

7. En el artículo “Dominación y lucha moral” (1995: 3-15), Honneth señala tres teorías marxistas predominantes durante el siglo XX: la teoría de juegos, la teoría de la cultura y la teoría del poder. La caracterización que hace de la Teoría Crítica en general en sus textos del ’80 pareciera situarla -aunque no lo afirme abiertamente- al interior de la teoría del poder. Donde lo que se observa, simplificando el argumento, es la autonomización del Estado y sus aparatos administrativos y se advierte una suerte de “lógica de implementación y refinamiento del poder social” (ídem: 8, la traducción es nuestra)

8. Honneth le atribuye a Adorno y Horkheimer este tipo de sospecha y la define como “el intento de criticar un orden social demostrando históricamente hasta qué punto se apela ya a sus ideales y normas determinantes para legitimar una praxis disciplinadora” (2009b: 58). Es decir, la crítica genealógica advierte como los ideales de la modernidad -la idea de razón ocupa aquí un lugar central y paradójico al mismo tiempo- acompañaron y terminaron por amalgamarse con prácticas sociales de dominación. Para una consideración más exhaustiva del método genealógico véase, entre otros: Geuss, Raymond. “Nietzsche and Genalogy”. European Journal of Philosophy. 2008. 2 / 3: 276-292; Saar, Martin. “Understanding Genealogy: history, power and the self”. Journal of the Philosophy of History. 2008. 3: 295–314; así como también el libro de Saar Genealogie als Kritik. Geschichte und Theorie des Subjekts nach Nietzsche und Foucault. Frankfurt: Campus Verlag. 2007.

9. Remitimos al foro “actualidad de la Teoría Crítica” que, en el año 2009, abrió la revista Constelaciones. Puede encontrarse el número entero en: http://www.constelaciones-rtc.net/01/CRTC_01_2009.pdf. Hay dos contribuciones particularmente duras respecto a la lectura que hicieron Honneth, Habermas y Wiggershaus de la mal denominada “vieja” Teoría Crítica: la de José A. Zamora y la de Jordi Maiso. Citamos en extenso a Zamora, para poner de manifiesto la aspereza de su crítica: según él, Habermas y sus discípulos construyeron diligentemente “un relato de historiografía intelectual que le permitía inscribirse en una línea de pensamiento como legítimo heredero y, al mismo tiempo, como consumador de un giro que resolvía todas las aporías y derivas negativas construidas ad hoc por esa misma historiografía. Los términos que daban el salvoconducto de actualidad y convertían el pasado en etapa de tránsito superada eran: ‘filosofía del sujeto _intesubjetividad/ giro lingüístico’, ‘filosofía de la historia _teoría de la evolución social’, ‘crítica de la razón instrumental _dualismo interacción/trabajo’, ‘dominación total _ colonización sistémica’, ‘crítica total autodestructiva _ fundamentación normativa de la crítica’, ‘mediación dialéctica _ contraposición de mundo de vida y sistema’, ‘pesimismo histórico/abstención de la praxis o mesianismo político _ utopía formal/democracia deliberativa’, etc.”. (Zamora 2009: 184). Si bien consideramos sugerente este cuestionamiento, entendemos que también corre el riesgo de desestimar los problemas señalados por Honneth y Habermas a la primera Teoría Crítica. Atribuirles la intención de construir un relato hegemónico y una lectura oportunista del legado frankfurtiano, afronta sólo tangencial y difusamente las críticas puntuales que se le dirigieron a Adorno y Horkheimer –por ejemplo, en lo que a nosotros nos concierne, referidas al carácter vago y reduccionista del concepto de dominación–. No hace falta ser un purista de la lógica para darse cuenta que se trata de una falacia genética: se desacredita el argumento atribuyéndole segundas intenciones o un origen espurio, pero sin abordar en detalle las razones explícitas de dicho argumento.

10. Tomamos esta referencia del interesante libro de Dolf Sternberger Dominación y Acuerdo. Allí remite al diccionario de los hermanos Grimm en el que se indica que “[…] a pesar de que todo el grupo de palabras Herr, herrschen, Herrschaft tiene su origen en raíces germánicas propias –Herr es un comparativo abreviado de hehr (=noble), es decir, el Hehrere (=más noble)– ya muy tempranamente en la Edad Media se ‘aproximó conceptualmente’ a las expresiones latinas dominus, dominari, dominatus y dominatio. La equivalencia se desarrolló tan perfectamente que el Herr alemán casi tomó más contenido del dominus latino que lo que conservó de su significado original local. Así, el Diccionario de los Grimm indica como su significado primero y más estricto el de ‘jefe de familia’ y señor de la casa y después el de ‘detentador de poder frente a los subordinados’” (Sternberger 1992: 72)

11. Lo cual obedece, en realidad, a un axioma de su psicología social según el cual no hay contraposición entre individuo y sociedad y sí una cierta correspondencia entre los procesos que atraviesan a unos y otros. Como dice Fromm en uno de sus artículos: “La sociedad y el individuo no se encuentran «cara a cara». La sociedad no es otra cosa que los individuos concretos, vivientes, y el individuo sólo puede vivir como individuo socializado” (2011: 73, las cursivas son del autor)

12. A este respecto sería sugerente plantear un vínculo con el libro escrito por Ulrich Beck y Elisabeth Gernscheim La individualización. El individualismo institucionalizado y sus consecuencias sociales y políticas. En este trabajo los autores caracterizan a la individualización como un proceso “sumamente ambivalente” (Beck y Gernscheim 2003: 30) que recuerda de manera notoria a la reflexión de Fromm.

13. En los noventa, Rainer Funk encontró el artículo que produjo la ruptura de Fromm con el círculo interno del Institut y en donde expone ampliamente su crítica a Freud -a raíz de la cual se suscitó la dura discusión con Horkheimer, Marcuse y Adorno-. Esto viene a colación de que dicho artículo, que Fromm llamaba “fundamental” ya que en él estaban los cimientos de su psicología y por el hecho de que constituye uno de sus textos más rigurosamente argumentados, fue titulado a posteriori como “El condicionamiento social de la estructura psíquica”. Iba a ser publicado en el número del año ’37 de la Zeitschrift, pero finalmente fue dejado de lado y Fromm no se decidió a publicarlo en vida, pese a su gran relevancia (prólogo de R. Funk a Fromm 2011: 15-19)

14. Para una síntesis muy completa del concepto de carácter social, véanse los textos de Rainer Funk “Erich Fromm’s concept of social character”, Social thougt and Research, 1998, vol 21, no.1-2, pp. 16-53 y la primera parte de su libro Erich Fromm – The courage to be human titulada “The socio-Phychological Insights and Philosophical-Anthropological Ideas of Erich Fromm”, pp. 16-53.

15. En esto hay una clara línea de continuidad con el trabajo que Fromm realizó conjuntamente con Horkheimer en el marco de los Estudios sobre autoridad y familia. Pese a la relevancia de estos estudios, aún no hay traducción al castellano. Para una reconstrucción del apartado dedicado al aspecto socio-psicológico de la cuestión, véase Friedman, 2011: 50-54.

16. El uso de este término por parte de Fromm suscita malentendidos e interpretaciones deterministas. En este sentido, consideramos que hablar de “condicionamiento” -al y como lo hizo en su artículo “fundamental” del ’37- se ajusta mejor a la propuesta general del autor, que supone en todo caso un grado de apertura y de diferenciación interna de los factores intervinientes en el proceso social.

17. Estas preguntas resumen, en alguna medida, el núcleo de la crítica que le hiciera primero Marcuse (1968: 236) y luego Wiggershaus (2010: 345)

18. Es menester aclarar que, pese a que Fromm se haya alejado gradualmente del posicionamiento de Horkheimer y sus colaboradores más cercanos, tuvo un lugar decisivo en la conformación y consolidación de dicho legado -tanto en sus aportes teóricos, como en sus trabajos empíricos- y debe considerárselo parte del mismo. De hecho, la expresión “círculo externo” -en el que Honneth sitúa a Fromm- alude a una pertenencia a la Teoría Crítica, mas no exenta de tensiones y discrepancias.

19. Podría ensayarse, en futuros escritos, una vinculación sistemática con los patrones de reconocimiento intersubjetivo -precisamente: el amor, el derecho y la solidaridad- que Honneth tematiza en la segunda parte de La lucha por el reconocimiento (1992: 114-160). Lo mismo, en términos generales, con los diferentes conceptos de libertad (individual, reflexiva y social) que elabora en uno de sus últimos trabajos: El derecho de la libertad [2011].

20. Autor y orador norteamericano. Vivió entre 1898 y 1993. Creador de lo que se conoce como teoría del pensamiento positivo.

21. Resulta sugerente en el contexto de nuestra argumentación que Gino Germani haya utilizado, precisamente, las consideraciones sobre los mecanismos de evasión en su ensayo “La integración de las masas a la vida política y el totalitarismo” (1965: 243). Para un análisis más detallado de la influencia de Fromm –y de la Teoría Crítica en general– sobre el pensamiento de Germani, recomendamos el libro de Alejandro Blanco, Razón y modernidad. Gino Germani y la sociología en la Argentina (2006: 133-160)

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