Movilidad cotidiana: entre la producción y reproducción social. Una exploración a las prácticas de desplazamiento de dos mujeres en Temuco

ARTÍCULO

Movilidad cotidiana: entre la producción y reproducción social. Una exploración a las prácticas de desplazamiento de dos mujeres en Temuco1

Daily mobility: between production and social reproduction. An exploration of transportation practices of two women in Temuco

 

Hernán Riquelme Brevis
heriquelme@unap.cl
Universidad Arturo Prat. Chile

Recibido: 08|03|16
Aceptado: 05|10|16

 


Resumen
La vida social transcurre tanto en las relaciones de producción como en la reproducción de las condiciones materiales y simbólicas. De acuerdo con el consenso teórico existe una marcada tendencia político-cultural por separar los espacios productivos y reproductivos en la socialización de los sujetos. En la presente investigación reflexionamos en torno a las actividades cotidianas de dos mujeres en Temuco, Chile, con el objetivo de observar sus experiencias de desplazamiento por la ciudad. Existen prácticas y concepciones de mundo disimiles al momento de experimentar la ciudad, debido a condiciones socio-económicas, acceso a medios de transporte y actividades cotidianas que desempeñan las mujeres. El presente artículo, a través de un enfoque sociológico, busca contribuir en la discusión movilidad/género, a partir de una experiencia de investigación cualitativa.

Palabras clave: Producción social; Reproducción social; Movilidad cotidiana; Género; Desigualdad social.

Abstract
Social life passes by such as in the relations of production and reproduction of material and symbolic conditions. According to theoretical consensus political-cultural exists strong tendency to separate spaces productive and reproductive in the socialization of subjects. In this research we reflect on the daily activities of two women in the city of Temuco, Chile, in order to observe their experiences traveling around the city. There are dissimilar practices and conceptions of the world at the moment of experiencing the city, such as socio-economic conditions and relationships with transportation and daily activities that women develop. This article, through a sociological approach, seeks to contribute to the mobility / gender discussion, from experiences of qualitative research.

Key words: Social production; Social reproduction; Daily mobility; Gender; Social inequality.


 

INTRODUCCIÓN

La movilidad de las mujeres en la ciudad ha estado históricamente supeditada por la relación entre producción y reproducción social, de la síntesis se desprende un supuesto que ha sido corroborado en gran parte de las investigaciones alusivas a la temática: la mujer conoce menos la ciudad y se desplaza con menor frecuencia en comparación con los hombres debido a que cumple un papel significativo en la reproducción social de la vida cotidiana, por consiguiente, las labores asociadas al hogar restringen, desde una lógica espacio-temporal, su relación con los espacios productivos (Fagnani 1977; Sabaté 1984; Díaz 1989; Ferré y Serra, 2006).

Si bien existe una objetiva desigualdad en cuanto a la movilidad desde una perspectiva de género, cabe señalar que uno de los objetivos de nuestra investigación es reafirmar la no presencia de una homogeneidad de desplazamientos entre las mujeres. Variables socioeconómicas, territoriales y culturales inciden en la generación de diferencias entre las propias mujeres al momento de experimentar la movilidad. Para conocer en profundidad esta realidad desarrollamos un ejercicio metodológico con matices etnográficos en torno a dos mujeres, las cuales presentan algunas oposiciones sociales en cuanto a las rutinas de movilidad urbana y cotidiana.

La estructuración del artículo se compone de cuatro bloques. En el primero, reflexionamos teóricamente respecto a la producción y reproducción de la vida social, la movilidad cotidiana/reducida y la incidencia de la condición/posición de clase en los procesos de movilidad cotidiana urbana. En el segundo, presentamos el desarrollo metodológico cualitativo en torno a las formas que adquiere la movilidad por parte de dos mujeres residentes en Temuco. En el tercero, contrastamos analíticamente ambas experiencias de movilidad desde sus actividades cotidianas.

Finalmente, en el cuarto bloque ofrecemos consideraciones para el estudio de la movilidad y el papel de la mujer en la vida social desde la dialéctica producida entre reproducción social (la casa como el lugar primigenio) y producción social (recreación, trabajo y educación como variables históricas)

1. MUJERES: ENTRE LA PRODUCCIÓN Y REPRODUCCIÓN SOCIAL

Para comenzar, advertimos que resulta de suma necesidad adentrarnos en el concepto de reproducción social considerando el conocimiento de los sujetos en la vida cotidiana. Siguiendo a Rizzo (2012), la reproducción social es un proceso significativo y desigual. Significativo ya que permite analizar las interacciones sociales entre los sujetos desde la intersubjetividad cotidiana. Y desigual debido a los condicionamientos objetivos que operan desde la estructura social.

Comprendemos el concepto de reproducción social de forma diversa y diferenciada. Para nuestro caso, nos remitiremos a las implicancias biológicas, familiares y sociales, enfatizando tanto en la reproducción cotidiana de tareas domésticas como en las extra productivas dirigidas a la mantención del sistema social (Jelin 1984). En este sentido, las investigaciones existentes sostienen que las relaciones sociales se basan en principios estructurales históricos, donde la mujer ha sido un sujeto medianamente privado de espacios de participación pública, con una eminente carga cultural que la constriñe a los espacios privados y suprime su participación en la esfera política (Re 1997; Mazzei 2013; Aguilar 2013).

La vida social reproductiva está ligada a la posición socioeconómica de los sujetos, donde lo exterior condiciona la cotidianidad mediante lógicas de poder que promueven, entre muchas otras diferencias, desigualdades de género. En consecuencia, compartimos la definición de Soto respecto a que: “la ciudad es una fuente de regímenes urbanos de género, donde la lógica patriarcal produce y reproduce formas de coerción y dominio masculino” (2014: 204). Asimismo, el factor socioeconómico no logra explicar por si sólo la reproducción social debido a los elementos culturales que operan en las relaciones de dominación.

En tal sentido, al encontrarnos con la dicotomía producción/reproducción social en experiencias de movilidad particulares, se presentan dos posibles escenarios no excluyentes: la emergencia del desplazamiento cotidiano desde las posibilidades de concreción existentes, y los factores estructurales externos que influyen en la experiencia de movilidad. Por consiguiente, la movilidad cotidiana a partir de un enfoque productivo/reproductivo permite considerar los factores sociales tanto subjetivos como objetivos y, a su vez, el anclaje con las relaciones de poder que promueven la reproductividad desde la lógica de género, donde la casa pareciese ser el lugar por excelencia de la mujer y la reproducción de la vida social.

El estudio de la movilidad, desde una perspectiva de género en las últimas cinco décadas, refiere a las desigualdades sociales que se desarrollan en la ciudad. Por un lado, los estudios de mujer y movilidad, mediante un enfoque geográfico, desarrollados en Europa y Estados Unidos desde fines de la década de los setenta, priorizan la temática movilidad en sus respectivos análisis a partir de: la utilización del transporte público por las mujeres, diferencias en torno a la movilidad espacial entre hombres y mujeres, movilidad y trabajo femenino, movilidad reducida de mujeres y cuidado y movilidad (Sabaté 1984; Scott 1993; Molina 2002).

Para Sabaté los estudios desarrollados durante las décadas de los setenta y ochenta, coinciden en que “la mujer utiliza preferentemente los transportes públicos, la movilidad es escasa por la ausencia de relaciones exteriores en el ama de casa, mientras que la movilidad de la mujer trabajadora está fuertemente limitada por la falta de tiempo” (1984: 275), por consiguiente, para la autora la movilidad se apoya normalmente en la aceptación de división de funciones según el género, en un menor conocimiento de la ciudad por parte de las mujeres y una limitación de las conductas en el espacio público, donde el trabajo es una actividad básicamente masculinizada, y las actividades como compras y cuidados son feminizadas.

Un trabajo que resulta pionero lleva por título Activités féminines et transports urbains, Fagnani (1977) allí sostiene que las mujeres parisinas que trabajan fuera del hogar se dedican a empleos terciarios con localización en el centro urbano, lo que supone un desplazamiento originado desde su residencia suburbana. Respecto a los desplazamientos de dueñas de casa, señala que están determinados por funciones asociadas a llevar a los niños al colegio, asistencia sanitaria, compras, etc. lo que supone un desplazamiento a otras zonas periféricas con deficiente comunicación.

Planteamiento similar es el de Díaz (1989); en su estudio desarrollado en Madrid la investigadora sostiene que la menor frecuencia de desplazamiento por la ciudad de las mujeres se debe principalmente al papel reproductivo, en el cual los quehaceres vinculados con el cuidado y acompañamiento obligan a reducir su movilidad más allá del barrio de residencia.

Por otro lado, los estudios efectuados durante la última década se orientan al análisis de movilidad y género a partir de las desigualdades de desplazamiento experimentadas en la ciudad (Ferré y Serra 2006; Jirón 2007; Lazo y Contreras 2009; Scheiner 2014; Figueroa y Waintrub 2015), lo cual abre un surco en cuanto a la exclusión social y el carácter multidimensional al momento de practicar la movilidad (Jirón et al. 2010).

Las mujeres experimentan mayores barreras de acceso a lo productivo en relación con los hombres debido a que “deben al mismo tiempo preocuparse de las tareas domésticas. Esto último se pone en evidencia al comprobar una menor diversidad en los desplazamientos de los hombres en relación con las mujeres” (Lazo y Conteras 2009: 3). Como lo demuestran los estudios iniciales y recientes, la movilidad de las mujeres reposa en la reproducción y producción social, con fluctuaciones vinculadas a las consecuencias de la planificación urbana y la paulatina inserción de la mujer en el espacio productivo.

Desde una perspectiva de cotidianidad- en términos de actividades y relaciones sociales- la articulación de los espacios de vida permite superponer residencia, trabajo, espacios públicos y un sinfín de actividades, pero más allá de las generalidades que puedan encontrarse, los hechos materiales indican nuevas realidades, con lógicas particulares y formas de experimentar la vida cotidiana de manera disímil entre hombres y mujeres.

Un indicador contemporáneo se produce en la sociedad cimentada a partir de la Revolución Industrial, cuyo impacto en la organización de las relaciones sociales se experimenta hasta los días actuales. A pesar de un ser un proceso histórico relativamente reciente, en el cual se produjeron cambios en lo social, económico y político, la sociedad se ha forjado mediante premisas que refieren diferencias condicionantes en cuanto al desarrollo social de hombres y mujeres. Una de ellas es la división del trabajo, muy problematizada por las ciencias sociales y económicas mediante enfoques diversos (Marx 2005; Durkheim 2012; Smith 2011) que, de alguna forma, impacta en la división sexual del trabajo, comprendida como una oposición diferenciada en cuanto a los sexos donde lo doméstico y lo público entran en contradicción (Ortner 1979).

La sociedad continuamente ha necesitado de la combinación de diversas laborales para la subsistencia de los grupos sociales, por lo cual, tanto el trabajo productivo como el trabajo doméstico cobran igual relevancia en términos objetivos, no así en el plano subjetivo. La participación femenina en espacios reproductivos supone un primer acercamiento para develar las actividades que emergen en la vida doméstica.

El cuidado, la crianza y el bienestar de los sujetos que componen el núcleo familiar son atravesados por la división sexual y espacial de las actividades cotidianas (Riquelme 2014), lo cual origina una participación diferenciada en cuanto a los sexos (Bergesio 2006). Mientras las mujeres han sido estimuladas por preocuparse y ocuparse de actividades ligadas al hogar, los hombres son impulsados a interesarse por las actividades públicas, donde economía y política son temáticas de su interés (Batthyány 2010). Precisamente, a partir de la histórica división entre los espacios privados y públicos, se encuentra el primer condicionamiento de la práctica de movilidad y el desarrollo humano entre hombres y mujeres, sustentado por una división entre los sexos, por ende, en las formas de experimentar la vida social. En tal sentido Scott sostiene:

La historia de la separación del hogar y el trabajo selecciona y organiza la información de tal modo que ésta logra cierto efecto: el de subrayar con tanto efecto las diferencias funcionales y biológicas entre mujeres y hombres que se termina por legitimar e institucionalizar estas diferencias como base de la organización social[…] recibió ya el nombre “de ideología de la domesticidad” […] discurso que, en el siglo XIX, concebía la división sexual del trabajo como una división natural del mismo (1993:407).

Desde una perspectiva histórica, mientras que en la época preindustrial la mujer realizaba laborales relacionadas con la agricultura, manufactura y servicio doméstico, a partir de la industrialización de la sociedad se generó una profunda escisión en la relación trabajo-casa, reformulando la percepción hacia el trabajo y las pautas laborales femeninas.

McBride (1984) identifica tres estadios para analizar la escisión casa-trabajo: 1760-1880, periodo que se distingue por la producción artesanal y la expansión de la manufactura doméstica; 1880-1949, caracterizado por la industria minera y metalúrgica; y el tercero comprende el periodo posterior a la segunda guerra mundial y se define por la incorporación de la mujer en una diversidad de ocupaciones. Al tener en consideración los tres estadios, nos encontramos con marcadas fluctuaciones en cuanto a la percepción y acción de la mujer en el espacio público. Esto fue observado por Rendell (1998), quien analizó los modos de movilidad entre hombres y mujeres en el siglo XIX. En relación a lo anterior Ortiz-Guitart, parafraseando a Rendell, sostiene: “los hombres paseaban libremente por las calles, haciendo uso del control masculino del espacio urbano a través de su movilidad, las mujeres, sólo por el hecho de pasear solas por las calles, eran vistas como amorales y confundidas por trabajadoras sexuales” (1998:18).

A fines del siglo XX y pese a que no tenía un alto protagonismo en el espacio público, ligeramente se comienza a activar la movilidad de la mujer, accediendo a labores relacionadas con “ferias, las actividades artísticas, recreativas y deportivas, el comercio, además de su presencia en los recorridos al trabajo por haberse incorporado a la fuerza laboral” (Páramo y Burbano 2007: 5), alistamiento al mercado de trabajo que se gesta en la medida que las reivindicaciones políticas formuladas por las propias mujeres se materializan (Weinstein 1995; French 2000; Farnsworth-Alvear 2011; Tinsman 2009) y que puede considerarse un periodo que continúa con la lógica del tercer estadio formulado por McBride (1984).

La marginación socio-espacial y la asignación espacial operan desde una lógica binaria y posibilitan tres condiciones fundamentales para el desarrollo de los espacios reproductivos de la mujer: en la reproductividad biológica, en tareas domésticas y en la socialización y cuidados (Jelin 2000). Esta triada obliga a practicar la movilidad de manera reducida y desde la casa, como espacio que por excelencia fuerza una interacción corporal con dinámicas de privacidad, de propiedad y de reproducción hacia los sujetos que componen el núcleo familiar.

Si antes del siglo XX los espacios públicos eran mayormente controlados por los hombres, quienes confinaban la participación de la mujer a la casa como espacio privado por excelencia, durante la segunda mitad del siglo XX y hasta los días actuales las mujeres reconfiguran parcialmente la clásica división entre lo productivo y reproductivo, por ende, la división espacial, la división del trabajo y la división sexual del trabajo. Reestructuración política y urbana que propicia nuevos enclaves de movilidad y nuevos espacios de participación que no solamente se encuentran en casa, ya que al participar en los espacios productivos el espacio público se torna primordial tanto por las lógicas de interconexión que operan en la relación casa/trabajo-educación-ocio como por las actividades que permiten el desarrollo del cuidado familiar (compras, paseos, acompañamientos, etc.)

1.1 La movilidad reducida en la generación de cotidianidad

Para Hernández (2012), la accesibilidad responde a conceptos como equidad y derecho, encontrando una profunda relación con las opciones individuales para acceder a lugares y actividades desde un enfoque anclado en la territorialidad. Esta capacidad de los sujetos se torna relevante cuando se analizan las diversas formas de acceder a bienes en la ciudad. Para Jirón la movilidad responde, más allá del desplazamiento físico, a los “significados que estas movilidades generan en términos de sus consecuencias sociales, culturales, económicas, físicas, entre otras y por otro lado, las experiencias de las personas sobre estos desplazamientos. Este enfoque resulta fundamental para entender la relación entre sociedad y tiempo-espacio” (2015:49).

Tal como lo plantea Hernández (2012), un sujeto puede tener escasa capacidad para movilizarse pero una adecuada accesibilidad por cercanía. O bien, puede estar muy cercano a diversos puntos de la ciudad pero no al de frecuentación cotidiana o al que necesita llegar. Las mujeres transitan entre ambos casos, aunque los criterios se acentúan por factores socioeconómicos y culturales que agudizan desigualdades y exclusiones sociales.

La necesidad por vincular los espacios productivos y reproductivos en la sociedad actual posibilita la emergencia de factores particulares que inciden en la síntesis productiva y reproductiva articulada mediante la movilidad, como categoría que refiere el desplazamiento y conexión en un territorio específico (Kauffman 2006), lo cual está directamente relacionado con la accesibilidad a lugares y personas. Ante ello, el panorama de la movilidad puede sostenerse en dos perspectivas: movilidad cotidiana y movilidad reducida. Jirón (2007), sostiene que en la vida urbana se encuentra con mayor cobertura la primera, y como contraparte asoma la movilidad reducida, categoría que contiene una eminente carga de desigualdad urbana, definida mediante la restricción espacial por motivos ligados al género y la desigualdad social que influyen en las formas de practicar el desplazamiento por la ciudad.

Los espacios de reproducción social surgen en lugares con eminente carga de movilidad reducida, donde se condensa una amplia cantidad de servicios que deben ser realizados para contribuir con la estabilidad del hogar. Las tareas domésticas, al desconectar parcial y/o totalmente a mujeres con los espacios de producción social, obligan a una reducción de movilidad, no obstante, incluyen movilidades que representan la reproducción social como compras, recoger a los hijos del colegio, visitas al médico, paseos, etc. Por consiguiente, la configuración urbana “es especialmente negativa para las mujeres, en cuanto que sus características alteran de forma significativa el uso de los espacios y el empleo de sus tiempos debido a que la vida cotidiana de las mujeres se encuentra más cargada de actividades”(Rodríguez y García 2012: 107).

La desigualdad entre hombres y mujeres puede comprenderse en dos áreas. Por un lado, en relación con las implicancias biológicas2 que no representan una caracterización íntegra respecto a las desigualdades sociales. Por otro lado, mediante los factores que emergen producto de la construcción material y simbólica de la historia social (Ravelo 2001); en tal sentido la relación cotidiana con los espacios de socialización condiciona la emancipación igualitaria de la mujer en comparación con el hombre debido a la incorporación extrema de la mujer en la reproducción social (Engels 2013), aspecto central que refiere la generación de domesticidad mediante estructuras culturales.

La movilidad cotidiana está relacionada con capacidades y anhelos sustentados por economía, medios de transporte y capacidad física (Jouffe 2011), donde niños, dueñas de casa y ancianos se tornan población vulnerable y con reducida movilidad producto de factores asociados con la precarización económica, fisiología, cuidados con carga cultural hacia el género femenino y la localización de residencia que, desde una perspectiva urbanística, genera un efecto de validación en torno a los recursos vecinales y familiares disponibles, priorizando el barrio de residencia al momento de experimentar la movilidad.

1.2 El carácter de clase y las relaciones de género en los desplazamientos por la ciudad

Incorporar la variable género en los tiempos actuales para el análisis científico es fundamental. Los aportes de la Geografía del Género resultan esenciales puesto que apelan a dejar de reproducir la figura de la mujer blanca, de clase media y escolarizada, incorporando aquellas relegadas e invisibilizadas de la historia social. En este sentido, los aportes de Sabaté (1995) resultan reveladores. La autora sostiene que los países periféricos padecen una doble desigualdad: geográfica y de género. Producto de la masculinización de la vida cotidiana en la sociedad posindustrial, el impacto ha producido que las mujeres tengan una dificultad de acceso a medios de transporte público y la realización de trabajos dentro de la economía sumergida.

La movilidad, desde una perspectiva de género, refiere una relación desigual y ajustada a diversas variables (condición socioeconómica, imaginario social, edad, ocupación, etc.) que exacerban las condiciones y posiciones desiguales en las formas de concebir el desplazamiento mediante las relaciones de convergencia entre tareas productivas y reproductivas contraídas en la ciudad. La movilidad responde a las actividades remuneradas y no remuneradas que se desarrollan para acceder a otros espacios (Hanson 2010), los cuales generan prácticas de género fragmentadas que a su vez expresan la invisibilidad de la mujer en la ciudad moderna (Soto 2014).

Un trabajo que resulta altamente significativo en torno a los factores que inciden en la relaciones de género y clase, es el realizado por Falú (2002). En un estudio desarrollado en Argentina, logra dar cuenta de los factores que inciden en la generación de diferencias a partir de cuatro factores, a saber: trabajo reproductivo -con mayor presencia de mujeres-, remunerado- mayor presencia de hombres-, actividades personales y actividades de ocio. En el análisis la autora comprueba una fuerte tendencia en la división sexual del trabajo, donde el género está condicionado por la clase social; a mayor educación e ingresos se tiende a homogenizar los roles de género.

La movilidad cotidiana de mujeres que desarrollan actividades superponiendo lo público y privado, al presentarse en un escenario desigual producto de las implicancias socioculturales en la construcción social de la categoría género, aumenta la complejidad para el desarrollo productivo debido a la intercalación de espacios que deben desarrollar en una jornada habitual. Por lo cual, ser mujer, encargada de las actividades reproductivas y con laborales asociadas al espacio productivo, supone una práctica condicionada por las posibilidades temporales, materiales y culturales que inciden en las experiencias cotidianas de vivenciar la ciudad. Si a lo anterior le sumamos el carácter de clase, el panorama se torna aún más complejo.

Desde una perspectiva sociológica, la condición de clase se torna variable matriz para diagnosticar diferencias. Bourdieu (2002) sostiene que una clase social no puede ser definida únicamente por la posición y situación en la estructura social, puesto que las relaciones simbólicas expresan diferencias sustanciales. Junto con ello, y en términos objetivos, para Marx (2005) una clase social puede definirse por la división del trabajo, mediante la relación del individuo con el modo de producción capitalista. En Bourdieu y Marx los intereses económicos y las formas culturales cobran relevancia analítica, por ende, economía, cultura, objetividad y subjetividad conforman una clase social, donde el sentido práctico define la pertenencia.

Una primera diferenciación se origina desde el género, no obstante, una segunda oposición transcurre en la división de clase social, lo cual genera estados de movilidad diferenciados y particulares entre mujeres de clase hegemónica y clase subalterna, comprendiendo lo hegemónico, grosso modo, a través de la utilización del Estado y la cultura para el cumplimento, mediante el poder, de intereses unilaterales (Gramsci 2009). Aunque los antagonismos de clase y género no son temáticas centrales de nuestra investigación, cabe señalar que agudizan las desigualdades sociales, propiciando formas de experimentar el espacio social y, como consecuencia, impactan en las experiencias de movilidad cotidiana y conocimiento de la ciudad habitada.

A pesar de existir una distinción cultural e histórica en el desarrollo de la movilidad entre mujeres y hombres, en gran medida la movilidad transcurre en la relación del sujeto con el tiempo/espacio, medios de transporte y realidades socioeconómicas particulares, por ende, y como ya hemos reiterado, no todas las mujeres experimentan la movilidad de la misma manera.

Programar las actividades reproductivas supone un esfuerzo que recae generalmente en la figura femenina, mientras que las actividades productivas están socialmente enfocadas con lo masculino, sin embargo, en la sociedad actual esta dicotomía suele fragmentarse. En sociedades desarrolladas y principalmente en vías de desarrollo, las mujeres matizan ambos espacios, no obstante, los medios para conectar lugares y personas responden a la posición territorial, planificación urbana y poder adquisitivo, es decir, barrio de residencia, acceso y tiempos destinados al viaje en transporte público y el medio de transporte utilizado cotidianamente, lo que genera “sistemas de movilidad que resultan deficientes […] pueden llevar a aquellos con los medios a utilizar movilidades alternativas, mientras aquellos sin los medios, están de todas formas obligados a usar sólo formas disponibles o a quedarse inmóvil, generando mayores desigualdades” (Jirón 2007: 192)

2. DOS RUTINAS, UNA CIUDAD

2.1 Descripción sociodemográfica de Temuco

Temuco, ciudad fundada en 1881, es la capital de la región de la Araucanía y de la Provincia de Cautín. Está ubicada a 678.6 kilómetros al sur de Santiago. La ciudad de Temuco posee una superficie de 464 Km2 y una población de 245.347 habitantes (Censo 2002). Dentro de sus principales actividades económicas destaca la ganadería, explotación forestal e industrial. Actualmente, la Araucanía se ubica en el primer lugar a nivel nacional en lo que respecta a pobreza por ingresos, con un 23.6% (Casen 2015).

En términos socio-culturales, conviven diversas culturas. Mapuche, inmigrantes europeos y chilenos han aprendido a cohabitar desde el siglo XIX. Si bien el territorio cobijó históricamente al pueblo mapuche, con la llegada de españoles y chilenos la administración política sufrió importantes cambios, a tal punto que durante el periodo 1860-1883 se generó la ocupación de la Araucanía, proceso que terminó con la vida de miles de mapuche y cimentó las bases de la ciudad actual.

2.2 Metodología y técnicas de investigación

Para el abordaje práctico, presentamos dos rutinas cotidianas de mujeres en Temuco. Escogimos dos casos de clase social disímil con el objetivo de comprobar o refutar la incidencia de factores socioeconómicos, culturales y territoriales en la rutina de desplazamientos y quehaceres de la mujer en la sociedad actual. Realizamos un seguimiento diario con la finalidad de observar sus movilidades en espacios y lugares. Para efectos prácticos consideramos la técnica del sombreo que permite “acompañar a los viajeros en sus desplazamientos y ocupaciones cotidianas por un periodo de tiempo” (Jirón 2012:1) con la finalidad de profundizar etnográficamente en sus vidas cotidianas. Si bien el sombreo es una técnica etnográfica primaria ya que el tiempo de acompañamiento es acotado, en nuestro caso las fases metodológicas consideraron tres ejes analíticos, estos son:

-Situarse en el contexto: se explicó el objetivo de la investigación, se invitó a participar y se sostuvo una conversación con los sujetos de estudio.

-Preguntar: se acompañó durante una jornada habitual a ambas mujeres. En la jornada se observó, se realizaron preguntas semiestructuradas y se registró información clave en el cuaderno de campo.

-Comunicación de resultados: una vez desarrollado el trabajo metodológico de acompañamiento se analizó la información y se sistematizaron los resultados.

En todo momento fue de gran utilidad la metodología de sombreo, puesto que nos permitió observar, registrar y preguntar desde un enfoque cualitativo etnográfico, ya que al estar sometido a las condiciones habituales de movilidad estuvimos con los cinco sentidos siempre alerta. Olimos, miramos, escuchamos, tocamos y degustamos con el objetivo de vivenciar lo más detalladamente posible las experiencias de Jimena y Pilar en las jornadas de sombreo, para así profundizar y explorar las experiencias particulares, capturando momentos significativos de la movilidad cotidiana de ambas.

Amparándonos en la realidad descrita por Jirón donde “la mayor parte de los estudios que abordan la desigualdad urbana tienden a enfocarse generalmente en los pobres y excluidos, aunque no en la relación que tienen con otros grupos social” (2012: s/n), intentamos develar realidades localizadas en dos barrios específicos: Población Amanecer, habitado por personas en su mayoría de estrato socioeconómico precario, y Barrio Inglés, habitado por personas en su mayoría de estrato socioeconómico alto. Éramos conscientes que nos enfrentaríamos con realidades sociales distantes, no obstante, las preguntas que desarrollamos fueron las mismas para así evitar sesgos y estereotipos. Es así como poco a poco nos convertimos en su sombra, enfocándonos tanto en la corporalidad como en los desplazamientos realizados durante una jornada. Gran parte del trabajo de campo se desarrolló en un día laboral, lo cual nos llevó a observar sus actividades cotidianas dentro y fuera del hogar.

En términos descriptivos, por un lado, Jimena (caso 1) proviene de un estrato socioeconómico precario, cuenta con un trabajo informal, realiza labores domésticas, se moviliza en transporte público para realizar compras y se encarga del cuidado de los integrantes de la familia, por otro lado, Pilar (caso 2) pertenece a un estrato socioeconómico alto, no trabaja por opción, cuenta con un empleada doméstica que realiza las labores de su hogar, se moviliza para actividades recreativas y se encarga del cuidado de los integrantes de la familia en un plano más bien afectivo. Las oposiciones entre ambos casos son evidentes, no obstante, ambas son mujeres pero con experiencias de vida disimiles. Escogimos sujetos que experimentaran la vida cotidiana en la ciudad desde realidades diferentes para así, una vez que se contextualizó el campo, delimitar el espacio. En los tres momentos del trabajo (situarse, preguntar y comunicar resultados) consideramos pertinente acompañar los desplazamientos que realizan Jimena y Pilar por la ciudad.

El ejercicio metodológico cualitativo consistió en seguir la realización de sus actividades rutinarias, interviniendo en lo más mínimo, observando y explorando sus movimientos y actividades por la ciudad con el objetivo de analizar el solapamiento y/o diferenciación de las prácticas de movilidad en la producción y reproducción social.

2.2.1. Pilar: lógicas de barrios y rutinas de reproducción

Pilar vive en Temuco, lleva cinco años residiendo en la Población Amanecer, al sur de la ciudad. Cuando tenía cinco años de edad su familia, a mediados de la década de los ochenta, emigró del campo a la comuna de Victoria, el motivo principal fue que su padre perdió el trabajo. Pilar actualmente tiene treinta y seis años, estudios secundarios finalizados, es casada hace dieciséis años y casi siempre se ha dedicado a ser dueña de casa y al arreglo de ropas (salvo cuando trabajó de cajera en un supermercado). Por su calificación socioeconómica familiar, la escala de estratificación social chilena la ubicaría en el segundo quintil3, no obstante, dice pertenecer a la clase media.

Sus dos hijos, Diego de dieciséis y Miguel de catorce, asisten al liceo, y respecto a su marido, José, sostiene que: “hace pololitos4 por acá y por allá pero gracias a dios nunca nos ha faltado pan, y si es que nos falta está la familia. Mis suegros son un siete” (Pilar).

Pilar se levanta temprano, a eso de las siete de la mañana, prepara el desayuno para todos, tuesta pan, pone la tetera a hervir, saca mantequilla y paté del refrigerador y se dispone a preparar la mesa, mientras José y sus hijos se alistan para desayunar. En la mesa están los cuatro desayunando. José es el primero en salir de casa, hoy, como todos los días, tiene que viajar en microbús a la salida norte de Temuco, pues está trabajando de bodeguero en una empresa. José me comenta que empezó hace dos meses a trabajar por un contacto de un vecino, y tiene para cuatro meses más de trabajo seguro.

Pilar se queda con sus hijos y prepara la colación para cada uno de ellos: un sándwich que introduce en cada una de las mochilas. Se despiden con un beso y los chicos parten a estudiar. Pilar rápidamente levanta la mesa y ventila la casa, antes de prender la chimenea abre casi todas la ventanas mientras hace las camas, “así no perdemos leña, porque si la prendo con las ventanas abiertas se va todo el calor” (Pilar). Luego barre, con total perfección. Es un ritual que supone levantar sillas y dejarlas sobre la mesa, correr muebles, desarmar sillones, enrollar alfombras y pasar suavemente la escoba por cada rincón.

Son las diez y algo de la mañana. Pilar mira el reloj que está sobre una mesita decorada con varias figuras de porcelana y en sus movimientos, cada vez más ágiles, se observa precisión y pulcritud, a las once y quince ha terminado con las dos habitaciones y living-comedor. La casa, pequeña y de madera, se ve reluciente. Hoy debe hacer las compras y, como es día de supermercado, se prepara para salir de casa. Nos dirigimos a la parada de microbús, el número cinco nos llevará a la Feria Pinto, donde Pilar aprovecha de comprar una vez por semana frutas, verduras y mercadería. Luego de caminar tres cuadras llegamos al paradero y esperamos poco menos de cinco minutos antes de subirnos. Pagamos $450 por cada pasaje y nos sentamos en los asientos del medio. En Temuco hoy no llueve pero el cielo, siempre amenazante, pronto dejará caer algunas gotas. A medida que avanzamos en el viaje se incorporan estudiantes, trabajadores y artistas callejeros, si bien no está repleto, el espacio se hace reducido.

Tras veinte minutos de viaje, donde prácticamente atravesamos el centro de la ciudad, ya estamos en la Feria, una vez ahí, Pilar se dedica a escoger frutas en los puestos donde siempre compra, los feriantes la saludan amablemente, le hacen ofertas y hasta le preguntan por su marido, José. Posteriormente acude al supermercado, el cual está muy cercano a los bandejones (cinco minutos caminando), ahí compra arroz, tallarines, salsas, pan, jugos en polvo y algunos lácteos. Luego de treinta minutos de compra, aguardamos el microbús que nos llevará de vuelta a su casa. Esperamos en la calle Barros Arana, ni cuatro minutos pasan y, tras pagar nuevamente $450, estamos viajando rumbo a la Población Amanecer.

Durante el viaje Pilar saca cuentas, está contenta ya que hizo rendir de buena manera el dinero. Al llegar a la población me dice: “es lo único que utilizo para moverme por la ciudad cuando salgo de la casa. Los colectivos son más caros, por eso no el uso, pero son más cómodos. Uno se acostumbra y yo disfruto el viaje en micro, y cuando empieza el verano me gusta más caminar […] y eso que yo no salgo mucho de la población” (Pilar).

Ya son poco más de las doce del día, Pilar vuelve a salir, pero esta vez al almacén del barrio, olvidó comprar pastillas de caldo. A las doce y treinta se dispone a cocinar. Como Pilar todas las noches limpia la cocina y el baño no corresponde durante la jornada de día hacer aseo en aquellos lugares, sólo quedan los platos y tazas del desayuno que en un par de minutos ya están cristalinos, me explica: “Hoy el menú es estofado de verduras, yo le pongo harta papa aprovechando que fui a la feria, así me salen más fortachones los críos” (Pilar).

Entre picar carne, cebolla, ajo, zapallo, zanahorias, papas y acelga dice que está acostumbrada a pasar las mañanas limpiando, su mamá hacia lo mismo. Ella terminó cuarto medio en el Liceo de Victoria y en una fiesta conoció a José, pero le gustaba de antes, siempre lo veía jugar fútbol cuando iba a la cancha a apoyar a su hermano, y en uno de esos partidos él la invitó a salir. Como compartían equipo con su hermano ya había algo de confianza, motivo por el cual su familia no tuvo problemas en aceptarlo, un poco su padre al comienzo “pero finalmente lo terminaron hasta queriendo” (Pilar). Comenta que le agrada vivir en Temuco, y le gusta que haya muchas universidades para que cuando sus hijos terminen el liceo puedan elegir dónde estudiar. Está muy conforme con la ciudad razón por la que no se trasladaría, que sería perfecto si su marido encontrara un trabajo estable, a veces lo ha tenido pero esa inestabilidad le hace mal “hace un par de años me detectaron colon irritable, yo creo que fue porque estábamos pelando el ajo5 y me vinieron todos los achaques” (Pilar), a partir de ese momento comenzó a cuidarse de mayor forma.

José cuando puede viene a casa a almorzar, hoy no lo hará, sus hijos llegan más tarde, así se dispone a almorzar en compañía de la televisión. Por la tarde, Pilar acude a la casa de una vecina que vive a un par de cuadras, han conformado un tipo de grupo social donde ella ayuda en el arreglo de ropa, lo cual permite generar ingresos extra al hogar. Ya por la tarde-noche están los cuatros en casa y nuevamente reunidos en la mesa, comen y conversan de su día, Pilar les comenta que fue a la feria, los programas de televisión que vio y que fue donde la Señora Lidia (con quien arregla ropas), hablan de familiares, amigos y deudas. Para Pilar, ser dueña de casa es:

“preocuparse por la familia y que nada les falte, lo tomo como un trabajo más. A mí me gusta ver a mis hijos y mi marido contentos; somos felices acá y todo lo que tenemos nos ha costado […] yo me preocupo de todo, de las cuentas, remedios, compras, cumpleaños, aseo y cuando puedo de traer el pan y pagar la luz o el agua” (Pilar).

Descripción: ruta de Pilar por la ciudad de Temuco. En el día de acompañamiento se identificaron tres lugares de frecuentación: paradero microbús, Feria Pinto y el trabajo en arreglo de ropas.

2.2.2.  Jimena: entre el espacio recreativo y reproductivo

Jimena tiene treinta y ocho años, está casada hace diez años con Julián, con quien tuvo a Josefina, su hija de nueve años. Estudió Ingeniería en Santiago y por razones laborales que atañen a la empresa de su marido, la familia se trasladó a Temuco hace dos años. Viven en el Barrio Inglés, al suroeste de la ciudad. Por su calificación socioeconómica familiar, la escala de estratificación social chilena la ubicaría en el quinto quintil. Jimena, al igual que Pilar, se define de clase media “pero quizás soy media, media/alta” (Jimena). Actualmente está en un periodo que denomina “inserción en círculos sociales”. A dos años, el cambio de ciudad aún lo siente, no trabaja formalmente aunque considera un trabajo hacer vida social, puesto que para ella conocer gente requiere tiempo, dinero y ganas, lo mismo que un trabajo formal. Julián es el encargado de llevar a Josefina al colegio, pero ella asiste a reuniones de curso y actividades extra programáticas. Con Julián se conocen desde el colegio y comenzaron su noviazgo en la etapa universitaria.

Su día empieza a las nueve de la mañana. Carolina, la empleada doméstica que fue recomendada por un apoderado del colegio, le prepara el desayuno, que consta de un café capuchino, una media luna y un batido de frutas. Son poco más de las diez de la mañana y Jimena se dispone a ir al gimnasio, pero antes le deja las indicaciones del aseo y las compras a Carolina, quien hoy deberá aplazar su hora de salida ya que vendrá un matrimonio amigo a casa. Nos disponemos a salir de casa, nos subimos a su automóvil. Mientras viajamos rumbo al gimnasio, Jimena me comenta que: “nunca me gustó planchar, cocinar, ni nada que tuviese que ver con cosas de la casa, para eso hay gente preparada y que lo disfruta”. Me dice que su madre no la crió para eso y que ella, como profesional, no se merece limpiarle nada a nadie, salvo a su hija, para el resto está Carolina que: “con su juventud y encanto enamoró a Josefina que ya la siente como una hermana. Carolita cocina tan rico que estoy pensando proponerle que sea puertas adentro, es muy responsable y super inteligente. Me ha mostrado comida que en mi vida había probado, como el catuto y el piñón, que a Josefina le encantan”.

En el viaje, habla por celular con sus amistades, les comenta la rutina de ejercicio que está haciendo y que piensan ir a Frutillar con su familia el fin de semana.

Imagínate, arrancamos del smog de Santiago para venir a tragar más smog a Temuco. Tanta leña que ocupan acá; cuando paso en el auto por esta Avenida [San Martín] ya siento el olor a leña ¡si hasta veo el smog! Por eso, cuando podemos salimos de la ciudad y nos vamos a esos pueblitos lindos del sur, tan tranquilos que son (Jimena).

Poco antes de las once de la mañana, Jimena estaciona su auto fuera del gimnasio. Me dice que luego de hacer sus ejercicios rutinarios irá a visitar a una amiga que es la madre de una compañera de colegio de Josefina. Deben organizarle el cumpleaños, cumplirá diez años dentro de dos semanas más. La dejo en la puerta del gimnasio, de ahí puedo oír máquinas, respiraciones y risas, cuerpos bronceados y sudados en pleno invierno. Abro mi paraguas y me dispongo a caminar. Luego de un par de horas, a eso de las cuatro de la tarde, nos volvemos a ver, esta vez quedamos en un café del centro. Conversamos de lo que hizo luego de salir del gimnasio. Me dice que se juntó con Julián a almorzar en un restaurant y volvió a casa ya que debía esperar a un decorador, quien le haría un trabajo. Posteriormente pasó a hacer unas compras, fue a dejar a su hija a la escuela de natación y se vino al café. Por la tarde tiene programada una reunión con otras mujeres de la región para informarse de “Paz en la Araucanía”6.

Nos acomodamos para viajar en su automóvil con rumbo a la reunión. Será en la casa de una amiga que vive en calle Holandesa, al oeste de la ciudad. Una vez en el auto, Jimena aborda su situación laboral. Hoy en día trabajar no supone una necesidad de primer orden y piensa retomar su profesión en la medida que se acostumbre al cambio de ciudad, por lo cual, el tiempo disponible lo emplea en organizar actividades de recreación para su familia, conocer nuevas personas, preocuparse de su aspecto físico y cuidar de Josefina, cuidado que comparte con Carolina, la empleada doméstica que se encarga de las actividades de casa, mientras Jimena se ocupa de su bienestar emocional, educativo y lo que concierne al cuidado de madre. “Josita es mi sol, veo que el cambio de ambiente le hizo bien, ella está haciendo muchas cosas, entre colegio, natación y catequesis se ve cada vez más contenta con el cambio de ciudad”.

Para Jimena, el automóvil particular es el medio principal y usual de transporte. Intenta evitar el transporte público, pero cuando se ha visto en la urgencia opta por el taxi. Microbús y colectivo le parecen incómodos, inseguros y poco certeros en los tiempos, es por ello que su automóvil constituye el medio de transporte que ha utilizado en mayor medida desde que contrajo matrimonio. Para Jimena ser madre es:

estar atenta a lo que piensa y quiere mi marido y mi hija. Cuando me casé supe que ya no sólo tenía que pensar por mi […] ser madre es sembrar todos los días para el futuro”. Respecto a la ciudad, sostiene: “me parece tranquila, chiquitita y linda; a pesar que las calles están mal hechas, vas conduciendo y de repente se corta y empieza otra jajaja… eso me confunde.

Son poco más de las cinco de la tarde, llegamos a la casa donde se efectuará la reunión. Antes de despedirnos, Jimena me dice que cuando finalice el encuentro irá a buscar a su hija, darán un paseo y se irán a casa.

Descripción: ruta de Jimena por la ciudad de Temuco. En el día de acompañamiento se identificaron tres lugares de frecuentación: gimnasio, cafetería y casa de amiga (reunión)

3. CONTRASTE DE EXPERIENCIAS COTIDIANAS Y PRÁCTICAS DE MOVILIDAD

Ser madre, trabajadora informal, de situación socioeconómica precaria y contar con residencia en la periferia de la ciudad, supone una lectura particular en cuanto a la relación mujer/movilidad. Pilar, que cumple con las variables anteriormente señaladas, realiza escasos desplazamientos por dos motivos fundamentales: es dueña de casa y su trabajo ocasional (con Lidia en el arreglo de ropas) lo realiza a una distancia de doscientos metros de su residencia. Cuando se desplaza más allá del barrio lo hace para realizar compras, trámites o actividades específicas. Para ella, combinar el espacio productivo y reproductivo refiere enclaves de desplazamiento que permiten experimentar barrio, residencia y núcleo urbano, supeditado a la contingencia y la planificación de actividades cotidianas.

El caso de Pilar denota un desplazamiento por la ciudad que incorpora la dependencia familiar, su movilidad personifica el medio común para acceder a fines vitales de subsistencia reproductiva comunitaria. Las actividades domésticas del núcleo familiar están condicionadas por la disponibilidad temporal y física de Pilar, es ella quien vela por las necesidades de subsistencia familiar, lo que genera en su caso un eminente escenario de movilidad reducida.

La situación de Jimena representa una movilidad sustentada en la libertad individual, la reproducción social de su núcleo familiar es cubierta en gran medida por la empleada doméstica, por lo cual, existen implicancias socioeconómicas que permiten que el deseo individual de desplazamiento se concrete sin que estructuras de poder externas influyan mayormente En su caso la posición de clase desdibuja la aparición de movilidades reducidas (Soto 2014), favoreciendo la emergencia de movilidades cotidianas de corte recreativo. La rutina de Jimena, compuesta principalmente por espacios asociados a la recreación y esparcimiento, involucra actividades como gimnasio, compras, casas de amigos, actividades escolares de su hija y, en menor medida, quehaceres domésticos, lo cual supone que la relación entre residencia/espacios productivos sea menos estrecha. Si bien ambas viven distantes del centro de la ciudad, Jimena escogió donde vivir, por ende ello no se traduce en una problemática de accesibilidad, más bien lo utiliza como una ventaja para generar una diferenciación cultural y socioeconómica con el resto de los habitantes de la ciudad.

Las dicotomías presentes en ambos casos refieren, en términos de producción y reproducción social, consideraciones relevantes en cuanto a variables socioeconómicas, culturales y sociales (Jelin 2000; Jirón 2007; Falú 2002). Para una mujer de estrato socioeconómico alto, movilidad y accesibilidad responden a oportunidades asequibles (Hernández 2012), no así para una mujer de estrato socioeconómico precario. Esta debe someterse a las exclusiones sociales y desigualdades urbanas para realizar sus desplazamientos cotidianos. (Sabaté 1995; Gutiérrez; Bergesio 2006).

Pilar, si bien está conforme con la población donde vive, comprende que su lugar de residencia es de compleja accesibilidad, ya que la Población Amanecer no cuenta con una oferta amplia de servicios. Debe salir del barrio para realizar las actividades de dueña de casa, donde el transporte público y los recorridos a pie permiten la conexión urbana. El caso de Pilar reafirma la existen de factores culturales y económicos en los criterios de accesibilidad que permiten (o no) la movilidad (Hernández 2012; Jirón 2015). Consideramos que para Pilar la menor accesibilidad a lugares de interés desde su residencia incrementa el tiempo que destina a moverse por la ciudad. Aunque ambas son mujeres y experimentan espacios y tiempos de movilidad, la experiencia se torna disímil al incorporar rutinas y actividades que van desde la subjetividad al momento de pensar la ciudad, hasta la objetividad al momento de practicar el espacio reproductivo, el desplazamiento y su relación con los espacios productivos. En ambos casos afloran estereotipos femeninos que naturalizan el papel de dueña de casa, la madre y la mujer, provocando ideologías de lo privado-público (Soto 2011).

Los casos de Pilar y Jimena ejemplifican formas contrarias de relacionarse con la producción y reproducción social, no obstante, ambas son mujeres y practican el cuidado, aunque con matices, producto de las situaciones socioeconómicas y escala de prioridades cotidianas (Figueroa y Waintrub 2015). Mientras Jimena tiene mayores libertades al momento de ejercer la movilidad cotidiana, Pilar se encuentra ligada de manera permanente a las actividades de reproducción social, por ende, sus prácticas de movilidad son reducidas, con lógicas barriales y acotadas a circuitos asociados a la crianza, compras y cuidado simbólico y material, lo que se traduce en un menor conocimiento de la ciudad que habita.

Pilar, de algún modo, representa la reproducción de las lógicas de dominación, donde sus actividades cotidianas son residuos de la producción del espacio de comienzos del siglo XX (Ortiz 2007). Podemos sostener que la movilidad reducida de Pilar encuentra origen en una doble opresión: cultural y económica, lo cual la aleja gradualmente de los espacios productivos. La situación de Jimena simboliza el ideal de mujer de clase hegemónica emancipada de la segunda mitad del siglo XX, aquella que posee las libertades necesarias para desarrollar actividades recreativas producto de la solvencia económica de su marido, no obstante, reproduce la dominación cultural masculina desde la dependencia socio-económica, no así espacio-temporal. En consecuencia, Jimena se inserta en espacios productivos de ocio a partir de los circuitos que realiza cotidianamente, a su favor juega que gran parte de las actividades reproductivas no son realizadas por ella.

No obstante lo anterior, las desigualdades de género están presenten en ambos casos pero con diferencias de clase sustanciales en lo que respecta al cómo-dónde-cuándo se desplazan por la ciudad.

4. CONCLUSIONES

Las mujeres, como sujetos primarios en experimentar el espacio reproductivo con obligaciones socioculturales que fuerzan la naturalización de ciertas actividades en sus relaciones sociales diarias, se enfrentan a una ciudad en la cual lo privado y lo público adquieren una fragmentación con mayor acentuación, por consiguiente, distinguen amplias fronteras socio-espaciales en su experiencia de movilidad cotidiana. La movilidad, desde una perspectiva de género, deja entrever una forma de dominación diferenciada de las mujeres respecto a los hombres, con carácter de clase y con estructuras de poder que permean su corporalidad. Ante ello, la planificación urbana revela lógicas de dominio sustentadas en formas patriarcales de construcción de espacios públicos, las cuales se sostienen en dos factores: la vigencia de la división sexual del trabajo y la tendencia a naturalizar la feminización de las actividades realizada por las mujeres, principalmente en los que respecta a las labores reproductivas.

La reproducción social por sí sola no logra dar cuenta de las experiencias de movilidad, pero sí contribuye en el desarrollo primigenio de los circuitos de desplazamientos referentes a los espacios y lugares frecuentados. En tal sentido, género y clase social transforman las experiencias históricas de movilidad, dando paso a desigualdades sociales que emergen entre las propias mujeres en lo referente al conocimiento de la ciudad que habitan. Producción y reproducción social no son excluyentes, más bien constituyen prácticas conflictivas de dependencia respecto al desarrollo social de la mujer en la sociedad contemporánea.

Las estrategias de movilidad representan desigualdades de género que se enfatizan a medida que se develan las motivaciones diferenciadas en los respectivos desplazamientos de la mujer. La construcción social de la categoría género se torna relevante en todos los ámbitos de la vida social de la mujer. En consecuencia, los desplazamientos de las mujeres por la ciudad, como ya lo hemos observado en los estudios de caso, no son uniformes dado que la heterogeneidad de movilidades está representada por la relación que tiene cada mujer con su entorno próximo, con su experiencia vital y mediante la relación cotidiana que sostienen con los servicios que ofrece la ciudad.

La división entre productividad y reproductividad social se fundamenta en relaciones culturales y socioeconómicas que obligan a algunas de las mujeres sin mayores medios para realizar circuitos de movilidad cotidiana, a generar estrategias de movilidad relacionadas con la administración de los recursos familiares, tales como utilizar medios de transporte económicos, realizar circuitos pedestres, optimizar el dinero destinado a la compra de alimentos (aunque ello suponga salir del barrio de residencia), entre otras actividades. Todo ello con el fin de garantizar el bienestar físico y emocional del grupo familiar. No así las mujeres que poseen transporte privado, ostentan recursos familiares para solventar gastos básicos y destinan tiempo en recreación y ocio, estas logran mayor libertad espacial y temporal cotidiana. Mientras las actividades relacionadas con el cuidado sean culturalmente naturalizadas en las mujeres, los circuitos de movilidad cotidiana estarán condicionados por el lugar de residencia y por la relación que sostengan con los medios de movilidad disponibles. Por tanto, la mujer se desarrolla socialmente en un ribete móvil, una dicotomía entre movilidad cotidiana y movilidad reducida que se agudiza cuando la exclusión urbana penetra en su corporalidad.

Desplazarse por la ciudad supone un ejercicio íntegro que involucra el conocimiento de los espacios y una interrelación con las rutinas cotidianas. Las experiencias de desplazamiento no son homogéneas, por el contrario, se construyen a medida que las necesidades y posibilidades materiales y simbólicas posibilitan frecuencias temporales y conexiones territoriales.

Notas

1. El autor agradece las notables observaciones de los revisores anónimos, cuyas críticas permitieron enriquecer ampliamente este trabajo. También agradece a Guido Sandoval y Merlyn Orejuela por los comentarios realizados. Las insuficiencias y posibles errores son de mi absoluta responsabilidad. Las elaboraciones teóricas forman parte de la investigación doctoral UNGS-IDES dirigida por el Dr. Ramiro Segura.

2. A nuestro parecer el factor biológico no determina el papel hombre/mujer en la sociedad, pero sí promueve una mínima diferencia que termina acentuándose debido a factores culturales y sociales, los cuales inciden en la generación de masculinidades y feminidades.

3. Los quintiles son una forma socioeconómica para calificar a la población chilena según sus respectivos ingresos.

4. Trabajos que se realizan en un tiempo reducido de manera informal, y pueden complementar el ingreso económico formal.

5. Pasar por una situación económica compleja.

6. Movimiento ciudadano que refiere al conflicto Estado chileno/Pueblo mapuche.

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